4 de marzo de 2012 20:17 hs

Dicen, o por lo menos decían, que es tosco en el trato personal y que, por tanto, no es la persona más indicada para andar dialogando. Dicen, o por lo menos decían, que se anda pegoteando con el gobierno y que le salva la plata al presidente José Mujica cuando el ex guerrillero precisa algún apoyo opositor. Pero, a fuerza de empeño y de decisiones políticas arriesgadas, el líder blanco Jorge Larrañaga se plantó una vez más en el centro de la escena política. En el centro ideológico –con el cual quiere que se lo identifique– y en el centro literal, el resto de los líderes políticos lo flanquearon cuando se sentaron a la mesa en la sala de prensa de la Torre Ejecutiva para anunciar el pacto educativo entre el gobierno y la oposición.

Fuentes nacionalistas dijeron a El Observador que en el entorno de Larrañaga (Alianza Nacional)pero también en la interna de Unidad Nacional, del ex presidente Luis Alberto Lacalle advierten que –acaso sin querer– el empecinamiento del ex intendente de Paysandú con el acuerdo educativo finalmente alcanzado terminó por reconciliarlo con una parte del electorado blanco más conservador.

Es decir, Larrañaga logró algo que al votante más volcado a la derecha le encanta presenciar y tiene que ver con las dificultades internas que muchas veces refleja el gobierno de Mujica para encolumnar detrás suyo al Frente Amplio en asuntos más o menos trascendentes. Y si, además, a las escaramuzas se suma un sindicato de profesores con ganas de trancar toda iniciativa que provenga del sistema político, el espectáculo se vuelve más encantador para los antifrentistas.

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Como recordarán los que siguieron esta zaga de las negociaciones en torno al sistema educativo, Larrañaga le advirtió a Mujica cerca de fin de año que, si no había acuerdo sobre el futuro de escuelas, liceos y universidades, tampoco habría futuro en la “oposición constructiva” que es su seña de identidad.

Ante la amenaza, Mujica se apuró para transmitirles a sus compañeros que estaba jugado a firmar un acuerdo que finalmente abarcó, entre otras cosas, un plan descentralizador de los liceos, la duplicación del voto del presidente del Codicen, la creación de un instituto de evaluación y la instalación en el interior de una universidad tecnológica. Pero antes de que el jueves 23 de febrero por la tarde todos los líderes políticos firmaran el sobrio documento de una carilla, el acuerdo tambaleó por las embestidas sindicales y las idas y vueltas del Frente.

Cada vez que el gremio docente echaba fuego contra el plan “neoliberal” de los políticos, Larrañaga lo acusaba de corporativismo y se preguntaba si el presidente Mujica estaba dispuesto a ser tomado de rehén por intereses sindicales. Entonces Mujica tenía que salir a defender el acuerdo político y, mientras el vicepresidente Danilo Astori, apoyaba a su compañero de fórmula, el Movimiento de Participación Popular (MPP) y el Partido Comunista (PCU) se mostraban vacilantes ante la propuesta.

Y ahí Larrañaga estuvo pronto, a esa altura ayudado por el resto de la oposición, para reclamarle coherencia al oficialismo. Incluso, pocas horas antes de la firma del acuerdo, el propio presidente del FA, Jorge Brovetto, puso en duda el alcance de algunos de los puntos ya conversados.

Entonces, Larrañaga se comunicó de inmediato con Mujica y este no tuvo más remedio que desautorizar a Brovetto y ratificar, una vez más, su disposición al pacto. Es decir, usando como arma un discurso conciliador, el líder blanco le generó al Frente Amplio un evidente lío interno y desactivó las posturas más radicales.
Esto no pasó inadvertido para los militantes blancos que utilizaron la web para felicitar a Larrañaga por el resultado de su empeño, ni para aquellos otros correligionarios que lo tenían catalogado como un socio más de la izquierda gobernante. En su actividad parlamentaria, Larrañaga aprendió que el enfrentamiento directo y sin concesiones es lo peor que se puede intentar si lo que se quiere es abrir brechas en la coalición de izquierda. El Frente Amplio ha dado muestras más que suficientes de que cuando la oposición se junta para apalearlo, más se empeña en cerrar filas para defender su atalaya.

Por eso, Larrañaga no cree que, para recuperar la intendencia de Montevideo, la mejor idea sea la de armar una coalición blanquicolorada que coloque al Frente en una posición de víctima de una conspiración opositora. Pero esa es otra historia.

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