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Steven Pinker, al mal tiempo buena cara

Un optimista racional visitó Montevideo

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17 de noviembre de 2019 a las 05:00

Venecia arrasada por las aguas, tras la Amazonia, el Pantanal en llamas, Australia con los peores incendios de su historia, Nueva Delhi con las escuelas cerradas por la contaminación del aire. Estamos programados para que aquellos sucesos que nos atemorizan o preocupan tengan más impacto. Y por lo tanto, a que estos hechos tengan más destaque en las noticias que se publican día a día. Noticia es el avión que cae, no el que aterriza sin problemas.

Irán volviendo a enriquecer uranio, Israel bombardeando Gaza y viceversa, los yemeníes muriendo de hambre en su guerra interminable.  Los kurdos traicionados y masacrados una vez más ante la indiferencia global. Malas noticias, sí. Pero eso, tal vez, son excepciones a una tendencia a la pacificación global de la que Uruguay podría considerarse parte. A nadie se le ocurre poner una bomba o dar un golpe de Estado en este siglo. O al menos eso parece.

El psicólogo canadiense Steven Pinker, una de las figuras más reconocidas del pensamiento evolutivo contemporáneo, propone que la humanidad está progresando y que basados en ciencia, podemos seguir progresando.  Lo  explicó en su disertación en el Sura Summit 2019: “El mundo está mejor que nunca y pocos lo saben”. Lo ha argumentado en sus dos últimos libros Los Ángeles que llevamos dentro y En defensa de la Ilustración: el mundo va cada vez mejor pero la mayoría de la gente no lo sabe.

No es fácil ser optimista en estos tiempos. Hay estallidos sociales por todas partes, en Asia por ejemplo en Hong Kong, en Líbano, en Iraq, Ecuador, Chile y Bolivia. Por no hablar de la ausencia total de progreso en las dos dictaduras inconmovibles en Venezuela  y Cuba.

Tal vez nunca sea fácil ser optimista. Tiene razón el disertante cuando explica que ser optimista es exponerse a ser criticado por naif, mientras el pesimismo da un aura de profundidad en el pensamiento y sensibilidad. Cuando ese optimismo viene avalado por uno de los pensadores más escuchados en el mundo, un racionalista evolutivo, profesor de Harvard, el debate picante está asegurado. ¿Cómo es que alguien tan informado nos dice que vamos bien?

Argumenta racional y científicamente a partir de los datos. Lanzó al auditorio del Kibon una catarata de gráficas. Pero antes planteó su marco de razonamiento. Por un lado, su premisa es que el progreso es posible.  Todo problema es factible de ser solucionado, y en lo que debe la sociedad centrarse es en buscar esas soluciones.  En cuanto al método, afirma Pinker que “el método de la razón no es negociable”, es condición imprescindible. En su obra no se encontrará el más mínimo atisbo de misticismo o autoayuda.

Un siguiente paso del método es la ciencia, como herramienta refinada de la razón para entender el mundo. La revolución científica es revolucionaria por los artefactos que genera, los descubrimientos que permite, el motor cada vez más acelerado de la innovación.

Desde esos cimientos propone la construcción del humanismo, el desearle a los demás el bien, generar instituciones positivas, la convivencia democrática, el respeto por los derechos humanos, el libre comercio y las instituciones de cooperación internacional.

El privilegiar el bienestar de hombres, mujeres y niños por encima de otras entidades, ya sea la tribu, la raza o la secta. Son las personas las que sienten, sufren o son felices, no los grupos o las categorías.

A partir de esos tres conceptos llega el cuarto, la noción del progreso. El soporte de la razón y la ciencia, sumadas a la empatía que permite la cooperación y la resolución de problemas sociales.

Pinker propone que aunque persistan problemas, la humanidad está progresando como hipótesis comprobable empíricamente, medible, y  tiene una poderosa artillería de indicadores para apoyar su tesis que podría resumirse en “aunque persistan problemas, la humanidad va logrando el progreso en forma sostenida”.

Si algunos indicadores crecen en el tiempo, hay progreso, propuso y mostró por ejemplo que la expectativa de vida en 1770 era de 30 años, y ahora está llegando a 80 y creciendo. Una tendencia ascendente que sucede también en África a pesar del rezago. En parte originado por la mortandad infantil. En 1770 era 35% ahora menos de 1%, una caída que también es drástica respecto al fallecimiento de madres durante el parto. Las enfermedades infecciosas ya casi no matan, a ingesta de  calorías de 1500 por persona por día a 3.500, la malnutrición bajó de 35% a 10% desde 1970 en los países subdesarrollados. La muerte por hambruna  también baja. La mejora de la economía lleva a que la  pobreza extrema, que en 1820 era 89%, ahora es de menos de 10% en tanto que la inequidad, aunque se mantiene, es amortiguada porque los países pobres crecen más rápido que los  más ricos. El gasto social como porcentaje del PBI va en ascenso en diversos países del mundo. Que aunque pueda no parecerlo, es un mundo más pacífico. Con menos guerras, más cortas y las muertes son menos.  Hace 50 años la tercera guerra mundial entre EEUU y la URSS parecía inevitable e inminente. Hoy una guerra nuclear no parece cercana aunque las armas nucleares sigan sin eliminarse.

La expansión de la democracia, el comercio, el despliegue de fuerzas de paz –de las que Uruguay tiene la mayor proporción por habitante– son algunas de las herramientas que van desactivando los conflictos bélicos. La conquista de territorios, que en otros tiempos era habitual, no es reconocida internacionalmente y no es un motivo de guerra.

Sin embargo, Pinker no ha llegado a una América del Sur que sea un remanso de paz y un ejemplo que mostró en su presentación es por lo menos parcial. La foto de la firma de la paz en Colombia fue puesta como ejemplo de que la guerra terminaba en Occidente, pero al día de hoy, tras un plebiscito que rechazó ratificar el acuerdo, una parte de las FARC ha vuelto a las armas, mientras que la otra guerrilla colombiana, el ELN, sigue en pie de guerra.

Pinker avanza en afirmar que hay más países democráticos que autocráticos pero es evidente que en varios países muy grandes e  importantes el gobierno de líderes perpetuos sigue siendo la lógica, como en el siglo XX.

El canadiense sigue detallando avances sociales: la abolición de la pena de muerte en cada vez más países, la descriminalización de la homosexualidad cada vez más generalizada, el trabajo infantil abolido y con la mejora del ingreso de la población adulta, se ha vuelto innecesario.

El crimen violento baja en homicidios por cada 100.000 habitantes. Pero estamos en el peor continente al respecto.  América Latina lidera en homicidios, desde México a Brasil. Y Uruguay va contra la tendencia global. Los indicadores favorables siguen: cada vez menos violaciones y violencia doméstica

También presentó estadísticas de seguridad vial: hay un mejor diseño de carreteras, menos muertes por accidentes de tránsito, caída de aviones, incendios, ahogos, envenenamientos accidentales. La única excepción es el envenenamiento por opioides en EEUU.

En materia de conocimiento baja el analfabetismo, incluso en mujeres que hace 100 años en gran parte no accedían a la educación superior, incluso en Pakistán o Afganistán.

Las mejoras económicas permiten que una proporción menor de los ingresos se destinen a los gastos básicos y que las muertes por suicidio vayan en leve descenso en el mundo, una gráfica en la que Uruguay no sale bien parado, con una muy alta tasa.

El progreso sucede con sus vaivenes pero ¿podrá sostenerse?

Allí los gráficos de Pinker parecen forzados. Puede ser que se emitan menos gases de efecto invernadero por cada punto porcentual de PBI, pero eso a la atmósfera no le cambia demasiado. La temperatura sigue subiendo y mientras Pinker habla de Venecia inundada y Australia ardiendo.

El psicólogo no desconoce la gravedad de los problemas ambientales y llama como corresponde a una urgente descarbonización de la economía, poniéndole un precio al carbono, que paguen los que emiten y cobren los que lo guarden de nuevo en el suelo. Una idea que ojalá prospere, pero que por ahora parece lejana. Por supuesto que Pinker pone el énfasis en la ciencia y el cambio tecnológico para superar este problema. Y aunque es imposible no estar de acuerdo, los meteorólogos advierten que queda poco tiempo, se necesitan soluciones radicales muy rápidamente y no aparecen.

Varios quedaron con la impresión de que Pinker solo ve el “medio vaso lleno”. Y en términos de cambio climático cabe esperar que su optimismo sea consistente con el final de la película.  Por ahora no parece que los datos permitan optimismo alguno. Más allá de ese matiz solo cabe celebrar y felicitar a quienes permitieron que uno de las personalidades más formadas e influyentes haya recalado en estas tierras a argumentar su optimismo y someterlo al examen del criticismo casi pesimista que es inherente a la uruguayez. Sus lectores y quienes lo conocieron por primera vez, agradecidos.

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