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2 de enero 2024 - 5:04hs

Por Miguel Russo *

El 2 de enero de 1554, en La Habana, Cuba, los invasores españoles, que se llaman a sí mismos “autoridades”, ordenan que los indios que sean sorprendidos vagando por las inmediaciones de la ciudad sean detenidos y reducidos a servir en la fuerza policial de Guanabacoa.

El 2 de enero de 1962, los descendientes de aquellos indios, mezclados con los descendientes de aquellos españoles y con otros muchos que fueron viniendo y quedándose, caminan sabiendo que nadie los detendrá ni los reducirá a servir a nadie.

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El 2 de enero de 1877, José Martí sale de Veracruz rumbo a La Habana, Cuba. Para despistar a quienes no quieren que llegue, firma sus documentos como Julián Pérez, su segundo nombre y su segundo apellido. “Siempre es bueno ser, aún en casos graves, lo menos hipócrita posible”, dejó dicho por carta a su amigo Manuel Mercado antes de partir.

El 2 de enero de 1962, los que saben qué hizo Martí en Cuba y lo aman por eso, los que comprenden por qué esa plaza recibió el nombre de “De la Revolución”, se llaman entre sí “amigos”, “compañeros”, “hermanos”, y ríen con una risa que derrumba toda posibilidad de hipocresía.

Con todos los 2 de enero de la historia encima, el fotógrafo cubano Liborio Noval camina entre los miles y miles de amigos, compañeros, hermanos, mirándolo todo como siempre lo hace: con ojos nuevos. Camina y, entre su pueblo, escucha a Fidel Castro: “Nosotros no tenemos escuadras navales capaces de desarrollar ningún tipo de agresión contra nadie. Nosotros no tenemos ni necesitamos ni tendremos jamás medios para transportar tanques hacia el territorio de otros países. Sin embargo, dicen que nos convertimos en un peligro. Y sí, nos convertimos en un peligro para los agresores, en un peligro para los que alberguen intenciones agresivas contra nuestra patria. Si a ese peligro se refieren, tienen razón; si se refieren al peligro de que la revolución no podrá ser destruida, de que la revolución no podrá ser aplastada, entonces tienen razón”. Y en los festejos y el desfile por el tercer aniversario de la revolución en Cuba, los aplausos y los gritos inundan todos los 2 de enero de una larga historia.

Hace poco más de un mes de esta plaza por la que camina, exactamente el 7 de diciembre de 1961, Liborio Noval miró las lentes de su Nikon, una de 50 milímetros, otra de 35, y comprendió que la imagen de Fidel que quería obtener estaba fuera de su alcance. Esa imagen era muy similar a la que su abuela conservó durante muchos años (“los muchos años antes de que llegara Fidel”, escuchó mil veces Liborio decir a su abuela) al lado de la estampita de Cristo y las velas infaltables para producir el milagro.

Un compañero (un amigo, un hermano) le pasó su teleobjetivo. Y Liborio supo que ahí estaba la historia. Como dijo al día siguiente, al revelarla: “Esta foto de Fidel con boina me muestra el compromiso del líder con el pueblo, con la generación que se presenta al mundo como memoria colectiva ante los momentos de crisis y hostilidades. En ella comprendo la carga simbólica: Fidel siempre nos está mirando con orgullo”.

Son los primeros años de la Revolución cubana y los sucesos dejan de ser anecdóticos a través de su cámara. Sabe, Noval, que la complejidad de los hechos, tanto históricos como culturales, generan compromisos. Los asume. Y recuerda las palabras de Fidel una noche, tarde, muy tarde, en la redacción del periódico Revolución: “La transformación social y cultural en Cuba podrá comprenderse si a través de la fotografía fijamos la atención”.

El fotógrafo

Liborio Noval nació el 29 de enero de 1934 en La Habana Vieja. A los 10 años, perdió a su padre y tuvo que mudarse a la casa de un tío para malvivir con los escasos ingresos del ínfimo almacén que tenía su madre. Caminando en busca de algún trabajo, empezó a comprender la realidad cubana: niños como él con barrigas de hambre, campesinos al borde de las rutas expulsados de las precarias tierras que trabajaban, la prostitución por un plato de sopa o una copa de ron malo, la falta de hospitales y de escuelas.

A los 17, consiguió un empleo en la agencia de publicidad Siboney para realizar investigaciones de mercado. Nunca había salido de la ciudad, y con el nuevo empleo empezó a caminar por toda la isla. “Cuando digo caminar, digo gastar a conciencia la suela de los zapatos –cuenta–; caminábamos por todo el país y ahí empezamos a ver que la miseria que había en La Habana era nada comparada con aquello que ocurría en los sitios más alejados”. Cuatro años caminó la tristeza de Cuba. Un día le preguntaron si quería pasar al departamento de fotografía y, a pesar de que jamás había tenido una cámara en sus manos, Liborio dijo que sí.

En el laboratorio le enseñaron a imprimir fotos. Su primera pregunta fue si los negativos se tiraban. Y cuando le contestaron que no, ya que con ellos se podían hacer todas las copias que se quisieran, comprendió que amaba ese oficio. Dice Liborio: “Teníamos un cliente, las tiendas Mc Gregor. Y yo debía recorrer todas las sucursales para fotografiar sus vitrinas y entregarle las fotos al director al día siguiente”. En la agencia conoció a Raúl Corrales, que llegó en 1957 para trabajar en una campaña publicitaria de los cigarrillos Regalías El Cuño. Corrales sería su mejor amigo y su primer maestro en fotografía.

En 1959, el 3 de enero, exactamente dos días después de la entrada de Fidel y su ejército a La Habana, unos amigos del movimiento 26 de julio le pidieron que trabajara como laboratorista en el periódico Revolución. Noval recibía los rollos en la agencia Siboney y en sus talleres los revelaba e imprimía. Un año después (junto a Corrales, Osvaldo y Roberto Salas y Alberto Díaz, ya conocido como Korda), entró de lleno a la redacción.

“Todo se hacía en la calle –cuenta Noval–, en el vértigo de todos los cambios. El periódico tenía 28 páginas, y en Cuba había un millón de analfabetos. Debíamos hacer reportajes muy gráficos para enseñarle a quienes no sabían leer por qué y para qué se hacía la revolución”. Después, el miedo de los capitalistas los dejó sin anunciantes. Y Noval tenía que cubrir los huecos con fotos. Era algo cotidiano, y no se imaginaba que estaba haciendo historia.

Las crónicas de la alta sociedad, las señoritas que se casaban o cumplían quince años, las tertulias de los senadores o los autos nuevos de los ministros habían quedado atrás. Era el tiempo de documentar todo lo que ocurría de nuevo en el país: “Una fábrica, una cooperativa agrícola. La fotografía era el medio perfecto de difusión, esa era nuestra opinión y había que hacerlo”.

La fiesta era llegar a la redacción y poner todas las fotos arriba de una gran mesa. Korda, Corrales, los Salas y Noval husmeaban en las imágenes hasta que alguno de ellos doblaba una foto dejando afuera lo innecesario y logrando un nuevo y maravilloso encuadre. Fidel en camiseta estudiando un mapa, Guevara cargando una carretilla con una sonrisa grande como el futuro, obreros relucientes de transpiración y orgullo, chicos que descubren el sabor del chocolate, mujeres y ancianos que aprenden a leer y leyendo enseñan sus vidas.

El testigo

Liborio Noval camina por la plaza De la Revolución y busca y refleja. De vez en cuando mueve la cabeza para que la cámara capte mejor la luz. Nadie le dijo cómo había que retratar a Fidel, nadie le dijo cómo había que retratar al pueblo. Camina y mira.

Recuerda aquella noche, tarde, muy tarde, en la redacción, cuando Fidel les dijo a él y a sus compañeros que nada de lo que se había hecho en Cuba hubiera existido sin ellos. “Sin sus fotografías nadie hubiera conocido la revolución”, suena aún en su cabeza mientras camina y mira esa enorme masa de amigos, compañeros, hermanos que caminan como él y, entre el desfile de los tanques, como él, lo miran todo. Sabe que el que escribe acerca de la historia tienen un punto de vista. Sabe que, a veces, uno estuvo presente en un hecho y leyó, luego, cuatro versiones distintas, contradictorias, de ese mismo suceso. Y sabe que, entonces, está la imagen. Y que allí sí no hay más discusión.

Por eso sonríe a la masa de amigos, compañeros, hermanos que caminan junto a los tanques haciendo flamear su orgullo y sus banderas. Escucha el eco de las palabras de Fidel hace segundos: “Vimos desfilar hoy por aquí nuestras unidades de combate; nuestras brigadas de artillería antiaérea, antitanques, nuestras brigadas de lanzacohetes múltiples, nuestras brigadas de tanques. Y el pueblo los aplaudió. El pueblo los miró con cariño, porque el pueblo sabe que la suerte de la Revolución, su destino, su libertad, su porvenir y su independencia están defendidos por esas armas”.

Sonríe, Liborio Noval, y mira. “El pueblo, ante su presencia, se siente seguro y se siente optimista, porque sabe que tiene con qué defenderse, porque sabe que tiene con qué derrotar a sus enemigos. Sabe que tiene con qué hacer morder el polvo de la derrota a los mercenarios y a cualquier tipo de agresores. Y el pueblo, el pueblo marcha hacia esta plaza detrás de los tanques, detrás de los últimos tanques, confundido con los tanques y aun delante de los tanques. Porque no son tanques contra el pueblo, sino el pueblo con tanques”.

 

* Del libro Más que mil palabras, Emecé, 2015.

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