Economía y Empresas > EL APOCALIPSIS

Una época de bonanza para el negocio de los búnkeres y los capitalistas del fin del mundo

La preparación personalizada para el desastre ha crecido hasta ser un negocio multimillonario que crece gracias a amenazas modernas 

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16 de agosto de 2019 a las 05:03

Por Julie Turkewitz, New York Times News Service

Sesenta y un metro bajo tierra, Kansas- En su propuesta para potenciales compradores, Larry Hall ofrece los techos altos y las espaciosas salas de estar de su condominio. Luego está la piscina, las saunas y la sala de cine. Sin embargo, lo que en verdad distingue al desarrollo, en su opinión, es su capacidad para sobrevivir el apocalipsis.

Hall ha transformado una bóveda que servía para almacenar misiles nucleares del Ejército en un condominio de lujo construido quince pisos bajo la corteza terrestre. Hall lidera un nuevo grupo de desarrolladores de inmuebles que están invirtiendo en las praderas centrales y las faldas occidentales de la nación: los capitalistas del fin del mundo.

Durante generaciones, los estadounidenses se han preparado para el colapso de la sociedad. Construyeron refugios nucleares durante la Guerra Fría y escondites con suministros en los sótanos antes de Y2K. No obstante, en años recientes, la preparación personalizada para el desastre ha crecido hasta ser un negocio multimillonario, que recibe su estímulo de un aparente flujo interminable de nuevas y modernas amenazas, desde el cambio climático hasta el terrorismo, pasando por los ciberataques y los disturbios civiles.

Los constructores y los agentes inmobiliarios de los búnkeres han surgido como actores clave en este campo. Además, consideran el interior del país, con sus espacios muy abiertos, como un excelente lugar para construir. La historia está a su favor. Durante la Guerra Fría, el Ejército gastó miles de millones de dólares en la construcción de ojivas nucleares y las escondió en guaridas bajo tierra por toda la nación, a menudo en Kansas, Nebraska, Oklahoma y Nuevo México. Estos escondites, ya sin ninguna bomba, ahora están a la venta y hay civiles emprendedores que los están comprando por precios (relativamente) baratos para transformarlos en propiedades. Abundan los clientes que desean una.

El precio de los doce apartamentos en el Condominio de la Supervivencia de Hall, como él lo llama empieza en US$ 1,3 millones. Recordó que, cuando comenzó a venderlos más o menos en 2011, todas las unidades se vendieron en cuestión de meses.

Para Hall, y para muchos en su campo, este es un llamado, no solo un negocio. “Estoy salvando vidas”, comentó en una visita reciente a su búnker, cuya ubicación exacta insistió en mantener en secreto. Entró al ascensor del edificio para que comenzara su largo descenso al interior de la Tierra. “Esto es algo que me hace sentir orgulloso”.

Estos proyectos tienen muchos escépticos, entre ellos John W. Hoopes, un profesor de antropología de la Universidad de Kansas que pasó años estudiando el mito de que el mundo acabaría en 2012. Hoopes acusó a los inversionistas del fin del mundo de vender “pornografía de supervivencia”, la cual describió como una “fantasía hipermasculina” de que el peligro está cerca y solo unos pocos elegidos podrán salvarse y a sus familias, si están preparados.

“El miedo vende mejor que el sexo”, afirmó Hoopes. “Si puedes hacer que la gente tenga miedo, puedes venderle todo tipo de cosas”, agregó, “y eso incluye búnkeres”.

Sin embargo, las casas de supervivencia ahora proliferan al interior de Estados Unidos, y atraen clientes que son parte de un movimiento más grande de gente que está eligiendo retirarse de la sociedad, o al menos prepararse para el escape.

Kiki Bandilla, una vendedora de seguros de salud de 52 años que vive en Castle Rock, Colorado, se distanció de la gente a la que llama “Chicken Little” quienes piensan que “el cielo se está cayendo”. Bandilla describió su membresía en una comunidad de supervivencia llamada Fortitude Ranch como una póliza razonable de seguro.

“No me gusta depender de nada, ya sea el gobierno, las grandes fuentes de alimentos o la industria farmacéutica”, comentó. “Mi interés no surge de un lugar de miedo. Mi interés se origina en un lugar de libertad”.

En años recientes, Prepper Camp, una exposición de tres días celebrada en Carolina del Norte que se especializa en la preparación de desastres y en la vida autosuficiente, se ha convertido en el festival tipo Burning Man de los preparacionistas. PrepperCon, montada a las afueras de Salt Lake City, ha atraído a miles de visitantes. Han proliferado las empresas de búnkeres para llevar, las cuales envían refugios preparados a las puertas de los hogares suburbanos. Agentes de bienes raíces de gama alta ahora están en busca de escondites para tecnólogos de California y ejecutivos petroleros de Texas.

En Indiana, Robert Vicino, un promotor inmobiliario de California, ha convertido un sitio que era del gobierno en una mansión bajo tierra llamada Vivos, la cual, según Vicino, es “como un hotel de cuatro estrellas muy cómodo”. También ha comprado 575 sótanos que se usaban para guardar armas en Dakota del Sur, los cuales está convirtiendo en una subdivisión a la que llama la “comunidad de supervivencia más grande de la Tierra”.

Los clientes de los búnkeres aseguran que no los une su ideología —liberales, conservadores y agnósticos políticos conviven hombro con hombro en este mundo—, sino una creencia de que las fuerzas globales han dejado cada vez más vulnerables a las sociedades frente a un desastre a gran escala.

En Kansas, Hall, de 62 años, del Condominio de la Supervivencia, se ha vuelto uno de los empresarios más reconocidos de esta industria, en esencia por la complejidad de su operación y sus hábiles iniciativas de promoción.

El bloque de apartamentos se ubica más allá de un camino de terracería, de ganado que pasta, de una reja de alambre y de un guardia con ropa militar y un rifle en mano. Los visitantes entran a través de un domo de concreto; debajo se encuentran los apartamentos, equipados con ventanas falsas hechas de pantallas digitales; la piscina subterránea; un parque para perros; una provisión de armas; y almacenes para comida. Los compradores pagan cuotas mensuales de unos US$ 2.600 por los apartamentos.

Hall equipó el edificio con cinco filtros de aire, lo conectó a la red eléctrica, construyó un pozo que depende del acuífero local e instaló generadores de diésel, una turbina de viento y un banco de baterías, todo esto para tener energía de respaldo.

Las puertas que cubren toda la operación pesan dieciséis toneladas, y se azotan detrás de los visitantes con un estruendo.

Hall pasó su carrera construyendo centros de datos para contratistas de defensa como Northrop Grumman. Después del 11 de septiembre, perturbado con los ataques, Hall planeó construir centros de información protegidos; cuando vio que el mercado estaba saturado, optó por proteger a la gente.

Hall gastó US$ 20 millones para remodelar algo que de hecho era un hoyo en el suelo, dinero que recaudó de la preventa de las unidades. Debido a que pocos bancos dan préstamos para búnkeres, sus clientes financiaron los apartamentos por sí mismos, mediante transferencias de efectivo a Hall.

Hace poco, Hall compró una segunda bóveda en Kansas. Comentó que en esencia había cubierto las pérdidas del proyecto inicial, y jura que el interés en el segundo “está al alza”. Mencionó que entre los compradores potenciales están representantes del Ejército saudita, quienes le han pedido que dibuje planos para un helipuerto in situ y una mezquita subterránea.

La Embajada de Arabia Saudita en Washington se rehusó a dar comentarios.

Sin embargo, la construcción del nuevo búnker, el cual es tres veces más grande que el primero, ahora ocupa la mayoría de su tiempo. Falta mucho por hacer, afirmó, y el final podría llegar en cualquier momento.

(Sheelagh McNeill colaboró con la investigación).

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