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Varones con miedo

Gracias a los movimientos feministas existe hoy una fortísima puesta en cuestión de las estructuras tradicionales

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23 de octubre de 2017 a las 05:00

Por Rafael Porzecanski
Especial para El Observador

Políticamente hablando, 2017 debiera ser catalogado como "el año del feminismo uruguayo". Aunque la instalación de la llamada "política de las identidades" ya tiene algunos años en el país, este año la agenda feminista alcanzó un inédito pico de visibilidad, éxito e impacto. Son varios los hechos y mojones que retratan su contundente triunfo en la arena doméstica: la multitudinaria marcha por la igualdad de género del 8 de marzo (la más importante desde el acto del Obelisco de 1983); la renovación de la cuota parlamentaria femenina; la aprobación legal del femicidio como factor agravante del homicidio y la gran victoria judicial en el sonado caso de la niña sobre cuyo padre español existen denuncias de violencia y abuso por parte de su expareja.

Guste o disguste, gracias a los movimientos feministas existe hoy una fortísima puesta en cuestión de las estructuras tradicionales de relacionamiento entre varones y mujeres. En este proceso, los más interpelados son obviamente los varones, concebidos como los privilegiados representantes de una cultura machista de larga data. La lista de interpelaciones es larga y ambiciosa.

Antes que nada, se nos interpela por matar y maltratar físicamente a nuestras parejas o exparejas con muchísima más frecuencia que a la inversa (un hecho estadísticamente inapelable). Se nos interpela también por piropear a las desconocidas, por desviar nuestros ojos hacia un par de senos en la vía púbica, por consumir con avidez los servicios de la prostitución o por mofarnos de la vejez y la gordura de nuestras ministras. Se nos interpela por sentarnos plácidamente frente a la TV, vaso de whisky en mano, mientras nuestras parejas cambian pañales o planchan camisas. Se nos interpela por sostener que hombres y mujeres tenemos diferencias psíquicas y biológicas inmutables, por considerar más apropiados el asado, el fútbol y el azul para los varones, y el rosado, el ballet y la cocina para las mujeres. Se nos interpela incluso por nuestras más elementales convenciones lingüísticas, por decir "todos" en lugar de "todos y todas" y "señorita" en lugar de "señora". Nada de nuestra identidad varonil, ni nuestros actos, ni nuestras palabras, ni siquiera nuestras miradas y pensamientos, parecen estar a salvo de la embestida feminista, que mucho recuerda a la empresa marxista de crear un "hombre nuevo" (solo que en este caso sería un "varón nuevo"). Por si fuera poco, esa interpelación se ejecuta o se percibe a veces exenta de toda ternura, proveniente desde un irritante lugar de prepotencia y exagerada victimización.

No debería sorprendernos que ante tanta crítica hasta el hueso de nuestro viejo orgullo en parte masculino y en parte machista, exista hoy una contraofensiva que invierte los roles y arrastra al feminismo al banquillo de los acusados, enfrentándolo a cargos tales como fundamentalismo, manipulación mediática, utilización de datos estadísticos alterados y presión indebida sobre los poderes del Estado. Hoenir Sarthou y Gabriel Pereyra son quizá los principales embajadores mediáticos de este contrataque y el grupo "Varones Unidos" la reacción colectiva más manifiestamente misógina hasta ahora conocida.

Detrás de este contrataque y de la legítima discusión argumental y fáctica que plantea, tengo el convencimiento que también se esconde un componente de carácter puramente emocional: el miedo. Mejor dicho, se trataría de una diversidad de miedos aglutinados en una confusa sopa: el miedo al cambio y a la pérdida de viejos privilegios, el miedo a la emergencia de nuevas injusticias por causa de combatir otras viejas, el miedo a la consolidación de una sociedad idiotizada y amordazada por los protocolos de lo políticamente correcto. Quizá allá en el fondo de la bolsa descansa incluso el miedo más importante de todos: el de la castración de todo aquello que hace de nuestra masculinidad tradicional un lugar seguro y confortable.

Al referirse a un tema diferente, el escritor israelí Amos Oz escribió hace un tiempo: "Podemos tratar de desmantelar el miedo. Quizá podemos calmarlo. Compartir parte del miedo probablemente no haría daño... Hay buenas razones para tener miedo. De una u otra manera, una persona que tiene miedo, justa o injustamente, no debería nunca merecer el desprecio, el ridículo o la falta de respeto".

Creo que estas agudas palabras debieran tomarse en cuenta al pensar en nuestra ondulada penillanura. Es tiempo que los varones asumamos explícitamente nuestros múltiples temores en este contexto de significativos reajustes en las relaciones de género. Quienes abrazamos la igualdad de oportunidades y la libertad como valores fundamentales, deberíamos además estar alerta que en la actual contraofensiva al feminismo se libran simultáneamente dos batallas muy diferentes: una batalla conservadora cuyo objetivo es perpetuar una marcada desigualdad entre hombres y mujeres y otra batalla libertaria que advierte que los aspectos más problemáticos del feminismo pueden terminar distorsionando por completo su causa original.

Mientras los varones reconocemos nuestros miedos y contradicciones, sería también deseable que nuestras interpelantes públicas y privadas admitieran sus excesos, sus manipulaciones y sus consignas distorsivas (no tiene pies ni cabeza, por ejemplo, afirmar que Uruguay es un patriarcado donde a las mujeres se las mata como moscas). Sin estos mutuos reconocimientos, dudo mucho que salgamos de una cancha retórica cada día más embarrada.
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