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Végh Villegas puso la casa patas arriba y se fue de viaje

Una historia del dinero en Uruguay (XXXVII)

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20 de junio de 2018 a las 05:00

A fines de 1973 ocurrió el primer "shock" petrolero: una enorme subida de precios provocada en parte por una nueva guerra entre árabes e israelíes: la guerra de octubre o de Yom Kippur. En pocos meses el barril de 159 litros multiplicó su precio por cuatro, impulsado por el cartel de la OPEP. Y con ello la principal cuenta de importaciones de Uruguay se fue a las nubes.

Semejante cambio en los precios relativos, y la consiguiente depresión económica internacional, redujeron la demanda y el precio de las carnes uruguayas. El país, en síntesis, pasó a importar mucho más caro y a vender más barato.

El petróleo y sus derivados significaron el 20% de las importaciones de 1974, que eran rigurosamente controladas, y saltaron a más del 40% del total en 1975, una proporción enorme.

La inflación trepó a 107% en 1974 pues, además del salto de precios provocado por los combustibles, el gran déficit fiscal se financió con la usual expansión de la masa monetaria. Más dinero, menos valor.

Pero precisamente en 1974 la economía uruguaya inició un largo período de recuperación y crecimiento, uno de los más largos de su historia, que se extendió hasta 1981 inclusive. Fue posible gracias a una radical liberalización de ciertos mercados internos, a una tímida apertura económica y a un sustancial aumento del comercio exterior.

Planes para regresar a una economía abierta

Hasta entonces, y por décadas, Uruguay había sido un fracaso económico, lo que alimentó las tensiones sociales y políticas. La economía cerrada debía dar paso a una más abierta, y los mercados administrados debían soltarse. Ese fue el espíritu básico que animó el plan de desarrollo 1973-1977, trazado aún en democracia, con la colaboración principal de Ricardo Zerbino y Alberto Bensión, dos técnicos afines a la Lista 15 de Jorge Batlle que dirigían la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP). Ellos se fueron del gobierno de Juan María Bordaberry en noviembre de 1972, después que los militares encarcelaran a Batlle.

Entre otras cosas, el plan trazado en 1972 proponía más mercado y menos Estado, más comercio exterior (exportaciones e importaciones), la reducción del déficit fiscal a cotas manejables, un tipo de cambio realista, tasas de interés positivas que alentaran el ahorro, estimular a los empresarios hacia la creatividad y sacarlos de la búsqueda de beneficios políticos o administrativos, promover la inversión extranjera y la modernización de las tecnologías aplicadas a la producción, y mejorar en el largo plazo la distribución del ingreso mediante una mayor inversión en educación, salud y vivienda.

El ministro se fue de viaje

Alejandro Végh Villegas asumió como ministro de Economía y Finanzas el 12 de julio de 1974. Él le imprimió al régimen autoritario un marcado acento liberal en la faz económica.

Végh Villegas, ingeniero industrial y doctor en Economía por Harvard, era hijo de Carlos Végh Garzón, un empresario y también ingeniero de larguísima actuación pública, desde la Gerencia General de Ancap al Ministerio de Hacienda bajo el gobierno de Óscar Gestido.

Végh Villegas, vinculado a la Lista 15 del Partido Colorado, fue subsecretario de Industria y Comercio en 1967. Luego, entre fines de junio y el 29 de agosto de 1968, ya bajo el gobierno de Jorge Pacheco Areco, dirigió la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP).

Entre sus intereses se contaron la historia, incluida la historia militar. Fue destituido de la OPP después que justificó la intervención soviética para ahogar la "primavera de Praga" debido a las "zonas de influencia" pactadas en la posguerra entre Estados Unidos y la URSS.

Antes de asumir, Végh Villegas le había propuesto a los mandos militares las grandes líneas del viraje: "Apertura de la economía, simplificación tributaria y liberación cambiaria, aunque no di detalles. Las discrepancias estaban en el ritmo. Yo quería hacer la cosas más rápido, sobre todo en la liberación financiera, porque si no se hacen las cosas en los primeros meses, no se hacen más", contó en una entrevista que el diario El Observador publicó el 11 de setiembre de 1999.

La voluntad del presidente importaba. "Con Bordaberry no era fácil la cosa", contó en 1996 el general Julio César Rapela, uno de los líderes del régimen, en una entrevista con Álvaro Carballo para un trabajo de un curso de historia de la Universidad Católica. "Los comandantes presionaban y presionaban pero no eran ellos los que mandaban", sostuvo Rapela. Las cosas cambiarían mucho a partir del 1º de setiembre de 1976, cuando asumió Aparicio Méndez. Él debió su cargo enteramente a los militares y fue muy manejable.

El 24 de setiembre de 1974 se liberó por completo el mercado de cambios, que permanecía bajo control burocrático desde octubre de 1931 (salvo el período del intento liberalizador que Juan E. Azzini inició en enero de 1960, aunque, en los hechos, se mantuvo un tipo fijo hasta 1963). Para recomponer el mercado libre hubo que derogar unas 400 normas de todo tipo. Y luego, para evitarse reclamos y presiones militares bajo pánico, Végh Villegas simplemente se fue de viaje.

Más adelante, por la ley 14.500 de marzo de 1976, se eliminó el curso forzoso de peso uruguayo, que entonces había pasado a llamarse "nuevo peso", y se estableció explícitamente que las deudas se cancelarían de acuerdo a los términos que fijaran los contratos, fueran cuales fueran: pesos, moneda extranjera, oro o cláusulas de reajuste.

En ese período también dejaron de controlarse los precios de casi todos los artículos de consumo, salvo los más básicos, que estaban bajo administración oficial desde 1947; en julio de 1974 se liberaron los alquileres de viviendas y locales, regulados desde 1943; se derogaron las cuotas de importación, fijadas a partir de 1935 y 1941 (aunque anuladas durante algunos períodos); se propuso reducir gradualmente los aranceles aduaneros, aunque no se hizo casi nada en ese sentido hasta 1978; se quitaron los impuestos a las exportaciones, que le restaban competitividad; y se promovió la industria y las exportaciones no tradicionales, en una tentativa resuelta de regreso al comercio exterior como estimulante de la economía.

Todavía una elevada protección arancelaria

En 1975 se firmaron dos acuerdos de intercambio con los países vecinos: el PEC (Protocolo de Expansión Comercial) con Brasil y el Cauce (Convenio Argentino-Uruguayo de Cooperación Económica). El objetivo fue eliminar las barreras arancelarias y no arancelarias. Ambos acuerdos fueron un antecedente del Mercosur.

También se redujeron los aranceles para las importaciones, aunque el máximo todavía quedó establecido en un exorbitante 150% (el máximo actual, relativamente elevado, es 35%), en beneficio de industrias como la automotriz, que producía vehículos carísimos y de baja calidad.

Los coches fueron tan onerosos en Uruguay entre las décadas de 1930 y 1990 que el parque automotor llegó a parecerse a un museo andante. Sólo los ricos o las reparticiones públicas podían acceder a vehículos nuevos; el resto emparchaba lo que tenía o heredaba. La cantidad de vehículos per cápita era muy baja. Los neumáticos, producidos por una industria también protegida, eran tan apreciados que los avisos de compra-venta de vehículos incluían una calificación sobre su estado: "cubiertas nuevas" o "a medio uso".

Las medidas liberalizadoras adoptadas a partir de 1974, que se profundizaron tras la apertura democrática y que hoy son naturales y que casi ningún sector político significativo cuestiona, entonces parecieron revolucionarias. En rigor, era sólo un intento de regreso, aunque más bien timorato, al Uruguay abierto que se pobló y prosperó en gran forma entre el fin de la Guerra Grande en 1851 y las primeras décadas del siglo XX.

Fuentes ideológicas

El rescate del liberalismo económico fue en parte una consecuencia del fracaso del nacionalismo y el delirio estatizante que campeó por América Latina a partir de la década de 1930, y que dejó al subcontinente por fuera del enorme desarrollo del comercio internacional de posguerra.

Una de las paradojas de aquellos impulsores del liberalismo –o "neoliberalismo": nuevo liberalismo, como lo denominaron algunos a partir de la década de 1930 y que la izquierda luego repitió como un mantra– es que lo hacían en dictadura, incluso en algunas particularmente vesánicas, como la chilena, cuya economía socialista fue refundada por los "Chicago boys", egresados de la Universidad de Chicago y predicadores de la palabra de Milton Friedman.

En parte los liberales se impusieron porque eran la única alternativa coherente a décadas de fracaso estatista en América Latina. Pero ese liberalismo económico triunfante fue sólo cierto en Chile. En Uruguay, fiel a su estilo, se adoptó a medias, en tanto en Argentina, y sobre todo en Brasil, el nacionalismo desarrollista mantuvo amplios cotos de caza, con militares al mando de casi cada oficina.

Los dictadores brasileños fueron un ejemplo principal para los golpistas uruguayos y de otras naciones. Ellos tuvieron su gran "milagro económico" entre 1969 y 1973, basado principalmente en la obra pública y el enorme mercado interno. Pero se derrumbaron con el shock petrolero de 1974. Aún hoy Brasil es un país que se mira el ombligo: de industrialización tardía y poco competitiva en el exterior, salvo con sus clientes cautivos del Mercosur, de atraso relativo y promesa incumplida.

Los tecnócratas que empujaron el liberalismo en América Latina, con distinto grado de convicción y éxito, esgrimían que históricamente los Estados liberales crecían más que las naciones cerradas y estatistas, tenían menos pobreza y distribuían mejor.

Sin embargo, por mesianismo y falta de contradictores y frenos, las experiencias dictatoriales de América Latina terminaron en horrendos fracasos sociales y económicos –salvo el caso chileno, que en medio siglo pasó de un puesto modesto a la punta de la tabla de casi todos los indicadores económicos, y en parte el caso brasileño–.

Aún los historiadores discuten si Colón trajo la sífilis a América o si fue al revés. Pero casi nadie discute que la falta de libre debate y representación proporcional lleva a cualquier idea al despeñadero.

Liberalización incompleta

En agosto de 1978, cuando Valentín Arismendi era ministro de Economía, se liberaron en Uruguay los precios del sector agropecuario, hasta entonces regulados. Se abrió el abasto de carnes a Montevideo, una isla monopólica y de escasez, y se resolvió cerrar las plantas del Frigorífico Nacional, una empresa pública gestada en 1928, ineficiente y profundamente distorsiva. Fue otra medida de enorme impacto económico de largo plazo, que se mantiene hasta hoy, cuando a nadie se le ocurre ponerle precios máximos o mínimos a la soja, la cebada o la carne vacuna.

La reforma tributaria realizada por Végh Villegas persiguió una mayor sencillez y eficacia y una menor evasión. "Yo pedí que me identificaran los 80 o 100 tributos que recaudaban menos del 1% del total y los eliminamos en una ley ómnibus porque evidentemente son impuestos que no rinden", contó Végh. El sistema tributario pasó a basarse en pocos impuestos de recaudación elevada y más sencilla.

La primera estadía de Alejandro Végh Villegas en el Ministerio de Economía y Finanzas, que se prolongó hasta poco después que los militares destituyeran a Juan María Bordaberry el 12 de junio de 1976, significó el inicio de un proceso gradual de liberalización económica, que sin embargo fue acotado e incompleto. Al fin, los militares eran funcionarios y afectos al estatismo de cuño batllista. Tenían una interpretación paternalista del Estado, con ellos mismos en la cúspide. Gustaban de los mercados administrados, de los grandes planes y de las empresas públicas, que respondían a órdenes de mando, como en el cuartel.

En todo el período el salario real público y privado, que cayó a la mitad, fue empleado como variable de ajuste, aunque el desempleo se redujo más de 50%, hasta llegar a un históricamente bajo 6,2% en 1981. Luego vendría un desastre general, que será tema de futuros capítulos.

De hecho, la mayor apertura y desregulación de la economía uruguaya se realizó en la década de 1990, en parte debido al tratado del Mercosur, en parte debido al fracaso trágico de los regímenes del "socialismo real" y al abandono en Occidente, a partir de la década de 1970, del intervencionismo de inspiración keynesiana.

Próxima nota: Végh Villegas y los generales; el auge económico entre 1974 y 1981

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