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Vietnam: cinco sentidos

Un país que entra al cuerpo por todos los sentidos. Nuevos sabores, olores penetrantes, silencio, un paisaje diferente y tacto para tratar con personas de cultura diferente

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01 de noviembre de 2012 a las 18:03

Vietnam: aquella foto en blanco y negro de una niña corriendo desnuda, llorando, en medio de la guerra. Apocalypse now. La Conchinchina. Y basta de nombrar.

Llegué de casualidad. Dormida por la diferencia horaria y sin muchas expectaciones. Nunca se me ocurrió llegar a Vietnam. Nunca tuve intenciones de llegar. Sin embargo, una vez allí, conocí personas que pusieron un pie en ese país por motivos totalmente diferentes los unos de los otros. Jubilados de guerra que volvían después de décadas y que eran capaces de dejar a los guías turísticos sin palabras en medio del río Mekong. Esta vez llegaban con su familia; esposa, hijos y nietos escuchaban con atención las anécdotas de aquella persona que supo pelear una guerra ajena en un país tan lejano. Que llegó al paraíso y lo volvió un infierno.

Porque el sureste de Asia es lo más parecido al paraíso que he visto. Y los túneles, vestigios de aquella guerra, tienen el olor húmedo y hediondo que Dante encontró en el infierno.

Vietcong ya no significa lo mismo: ahora es un banco, no el partido de liberación, organización guerrillera. Pero los arrozales siguen allí.

Vencer las expectaciones

Bajé del autobús detrás de mi amigo Carlito. Él es un fotógrafo filipino con intenciones de recorrer el mundo y que se da mañas para comunicarse cuando las palabras no son de ayuda. En aquellos momentos, cuando estábamos en su zona del mundo, estaba convencido de que la vida comunicacional para él iba a ser mucho más sencilla. Ese día que bajamos del autobús en Phu My cambió de opinión.

La calle estaba abarrotada de vendedores ambulantes que se abalanzaban sobre los autobuses cada vez que estos abrían sus puertas y contaban en su idioma lo que vendían sin respiro y en forma aturdidora. Cuando bajó, a Carlito, en cambio, lo dejaron tranquilo. Yo tuve que escuchar todo ese palabrerío al que no le encontraba sentido. Él me sacó del meollo.

Phu My es una ciudad portuaria. Es el puerto más cercano a Ho Chi Min City, antiguamente llamada Saigón. Me había dicho que no esperara mucho de ese lugar, trataron de bajarme las expectativas de lo que podía encontrar allí. Lo que no sabían era que, sinceramente, no tenía muchas expectativas. Así que Phu My superó todo.

Mi primera impresión de Vietnam fue un KFC. El olor a pollo frito y las muchachas vietnamitas vestidas con el uniforme occidental de la cadena multinacional. Entramos al local para comprar coco. Nunca había tomado jugo de coco de un coco antes. Carlito no me creía: una sudamericana que no hubiera tomado jugo de coco no entraba en su cabeza. Pero era la realidad. Y justo vengo a comprar el primero en un KFC de Vietnam. La muchacha agarró el coco de la heladera (una vez que señalamos lo que queríamos) y con una cuchilla cuadrada le dio un golpe seco a la parte superior.

Coco no fue la única nueva fruta que vi en el lejano este. De algunas ni siquiera sé el nombre. Fruta del dragón o pitahaya, maracuyá, sandías de todos los colores, melones de diferentes tonos. El mercado de frutas de Phu My tiene uno de los aromas más deliciosos que he sentido. Todo es fresco (aunque no muy higiénico) y todo luce artificial, sin embargo, esos colores son auténticos.

TACTO: Scooters en Vietnam

Tengo libreta para conducir scooter desde los 14 años. Estar en un lugar extraño y hacer algo que se conoce de antemano provoca un sentimiento de que se puede manejar la situación, de que no todo es tan ajeno a uno. Es esa sensación de que el mundo está allí, al alcance de la mano y uno nada más tiene que animarse a dar un paso adelante.

Carlito quería comer huevos de pato. Preguntó por ellos en cada comedor, mercado y restaurante y no tuvo suerte.

Scooters: abundan en las calles del centro de Phu My. Por cada una, un vietnamita con casco de color llamativo y otro colgando en el volante. Persiguen a todas las personas que parecen turistas y ofrecen llevarlas a donde sea. Con tal de conseguir clientes, son capaces de subir veredas y aumentar la velocidad. Nos seguían a diestra y siniestra. La situación nada más me daba gracia, hasta que un señor entrado en años paró su moto delante de nosotros y Carlito le preguntó si sabía dónde conseguir los huevos de pato. El hombre, que tenía un inglés muy pobre (pero mucho mejor que nuestro vietnamita), dijo que sí y nos ofreció llevarnos. Carlito, que además de ser un gran fotógrafo es el mejor regateador, peleó el precio hasta llegar a un acuerdo. Mi futuro conductor levantó la moto como si fuera una pluma, la dio media vuelta y comenzó a gritarles a sus colegas que estaban en la esquina. Un rato después me acomodaba un casco demasiado grande, detrás de un vietnamita que no hablaba inglés pero con quien tuve una gran conversación sobre los arrozales vietnamitas.


Vietnam es el único país del sureste de Asia que usa el alfabeto latino


Carlito en una moto, yo en la otra, encomendados al Señor. Él me preguntaba si estaba bien y yo le mentía asintiendo. Intentábamos mantener las motos a la par, pero el tránsito a veces no lo permitía. Durante la media hora del recorrido que nos sacó de la ciudad hacia campos de arrozales, cada vez que miraba para atrás veía el brazo de Carlito señalando para adelante con fuerza: otro que tampoco estaba muy convencido de la situación. Pero mi conductor estaba seguro de que sabía dónde vendían estos huevos.

Entre nervios y desvíos llegamos a esta calle con pequeñas tiendas.

SABOR: Huevos de pato y personas locales

Balut, así se llaman los huevos que buscamos por todas partes.

Nuestras motos se detuvieron frente a una casa. En lugar de puerta tenía un mostrador con gaseosas y cerveza. En lugar de ventanas, huevos y vegetales en exposición. A un costado había una mesa de plástico con sillas pequeñas, tamaño infantil.

Carlito reconoció los huevos enseguida. Para mí eran iguales a los de gallina, pero vaya que no. La señora que atendía el puesto era joven, aunque, a decir verdad, las personas del sureste asiático no parecen envejecer nunca, nada de arrugas en la frente ni marcas en los ojos.

Ella no hablaba inglés, así que uno de los moto-taxistas que nos llevó tradujo el pedido: cerveza Tiger (de Singapur) para nosotros, Coca Cola para los conductores y dos huevos de pato. Cocidos.


Elefantes, tigres y osos habitan la selva monzónica de Vietnam


El lugar no tenía nada de atractivo. Era una ruta con comercios sin paredes. La tierra de la calle y el calor del verano daban la sensación de suciedad. Sin embargo, no podía estar pasando un mejor momento, sentada con dos personas con las que casi no compartía idioma en común, tratando de explicarles que yo era de América del Sur, que no es Estados Unidos. Todo el esfuerzo se fue a la basura cuando les mostré mi libreta de conducir moto y lo único que leyeron fue el “USA” de “usa lentes”. “Ah, USA, América”, dijeron. Y bueno. ¿De qué valía seguir insistiendo?

Entonces llegaron los huevos cocinados. Carlito abrió un hueco en la parte superior de uno y tomó el jugo. Abrió un hueco en otro y me dijo que tomara el jugo yo también. La verdad es que no soy muy audaz con los sabores nuevos.

Pocas cosas me gustan y prefiero quedarme con eso. Pero allí estaba, tan lejos de casa, después de pasar medio día buscando esos huevos.

Darle una probadita no me iba a hacer nada. El jugo no estaba mal. Era salado y algo aceitoso. Íbamos bien con eso de probar cosas nuevas, hasta que Carlito terminó de abrir el huevo.

Tanto tiempo preguntando, entrando saliendo, pasando peajes. Todo para ver media yema de huevo amarilla y medio patito apenas formado.

Terminé con los nuevos sabores casi cuando comencé.

VISTA: Más allá de los resorts

Nah Trang es uno de los mayores destinos turísticos de Vietnam. Como tal, en la costa, justo frente a la playa de folletín, están todos los resorts cinco estrellas que venden all inclusive para personas que no tienen interés en llegar más allá del spa y de la playa. Como en todos esos lugares, a dos cuadras nace la verdadera ciudad. Esa que, en este caso, tiene vietnamitas caminando por la calle.

El puerto de Nah Trang es pequeño. Barcos pesqueros y vestigios de buques de guerra, algunos más hundidos que otros. Desde el muelle, el paisaje multicolor no da descanso a los ojos. Casitas no tan cuidadas con techos de diferentes colores suben una colina. También hay una feria de baratijas amontonadas (todo por un dólar) que desvían la vista de un lugar al otro.

El autobús me dejó cerca del centro. La verdad es que nunca me preocupé por saber qué era lo que había para hacer en ese lugar.

Únicamente quería caminar por ahí. Tal vez hasta ir a la playa. Sacar fotos. No mucho más que eso.


Cuando Francis Ford Coppola presentó Apocalypse Now en Cannes dijo: “Esto no es sobre Vietnam, esto es Vietnam”. La película, obviamente, se filmó fuera del país, en Filipinas


En este lugar, nada de moto-taxistas. Aquí me enfrenté con hombres de tobillos grandes que pedalean bicicletas con pasajeros. Cero inglés (y, repito, no hablo vietnamita), pero folletos plastificados con destinos turísticos y precios en moneda local y en dólares. No, gracias. Yo solamente quería caminar por allí.

El paisaje, una vez que se dejan los resorts atrás, es descuidado. Una cantidad increíble de cables cuelgan de modo muy débil de postes y paredes. Las casas descascaradas y, otra vez, esa impresión de suciedad que generan la tierra y el calor. Nah Trang me mostraba aquello que esperaba ver de Vietnam.

Un hombrecito se me tiró encima con su folleto plastificado. “Sleeping Buda”, me dijo. Señalaba una foto de un buda blanco y gigante. Tenía frente a mí dos opciones: o seguir recorriendo calles poco interesantes o subirme a la bicicleta con ese hombrecito que parecía no poder con el peso de mi cuerpo. Precio va, precio viene, llegamos a un acuerdo.

Suerte que me subí a esa bicicleta. El paisaje cambió por completo, de cables que no soportarían el siguiente monzón a calles arregladas por el año nuevo. A monumentos de la guerra y templos católicos que llegaron con la colonización francesa, cuando Vietnam fue parte del imperio y era conocido como la Conchinchina. También templos locales, taoístas y budistas, como el que era nuestro destino final.

OÍDO: El Buda dormido y pinturas estudiantiles

Mi conductor me dejó en la entrada y dijo que me esperaba allí. En la entrada había muchas personas vendiendo mercaderías a los turistas. Seguían y perseguían mostrando, refregando y abanicando los diferentes productos que tenían para vender. Lentes de sol, adornos para el pelo, pulseras y collares.

Dos niños vieron el paquete de galletitas (que era mi almuerzo) en un costado de mi mochila. No me dejaban caminar, señalaban el paquete y hablaban en vietnamita (supongo), hasta que lo saqué de la mochila y se los di.

Una vez que se pasan las puertas del templo, todo es calma. No más vendedores, no más griterío ni persecuciones.

Silencio.

El sonido de las campanas de algún devoto que las golpea todas. Para liberar las angustias, dicen. También hay escalones, porque cada paso hacia arriba que se da ayuda al espíritu a soltar lo que le pesa y le hace mal. Hay muchos escalones.

Más escalones que lo que le pesa a mi espíritu, al menos.

Paré en un descanso. Había un templo con dragones y una campana mucho más grande que las demás. Los dragones son figuras comunes en el este de Asia. Son animales justos, protectores y de buena suerte. Siempre están delante del Buda, con boca abierta y lengua afuera, alejando a todo aquel que no tenga buenas intenciones.

Alguien me tocó el hombro y al darme vuelta había una niña que me sonreía de oreja a oreja. Me habló en inglés: se ofreció a llevarme hasta el Buda si a cambio le compraba una de sus pinturas. Me señaló una y me pidió 20 dólares. Era una acuarela de un paisaje típico vietnamita: una plantación de arroz con varias personas trabajando en ella. Muy bonita, la verdad, pero yo no tenía la intención de cambiar 20 dólares por una pintura. Al recibir la negativa, la niña me dijo que me acompañaría igual y después arreglábamos.

Subió demasiados escalones más conmigo, contándome que esa estatua del Buda era bastante reciente y que ese Buda no está dormido, en realidad está muerto. La estatua tiene varios metros de largo y sus pies son casi tan largos como la mitad de mi cuerpo (no soy tan alta, aclaro). En las plantas de los pies está grabado el símbolo de la vida eterna. Mi guía niña me dijo qué era lo que significaba ese símbolo y luego, muy ofendida, aclaró que no tiene nada que ver con Hitler.

OLFATO: Inciensos

Le dije que no le iba a pagar 20 dólares por la acuarela. Otra vez. Pero ella pareció mucho más interesada en tener dinero de otros lugares que moneda local. Así que terminé comprando una pintura por tres dólares coreanos y algunos dólares de Hong Kong. Hecho el intercambio, me tocó seguir subiendo escalones sin compañía.

En la cima de la colina, adornando el templo, estaba el Buda sentado que vi en la foto. Aquella foto plastificada que el conductor de bicicleta me mostró para venderme un servicio. Gigante, blanco y, por supuesto, protegido por dragones. Más que nada había turistas.

Fotos en todos los ángulos, básicamente, y luego a comprar souvenirs. Las personas locales se reconocen con facilidad. Primero, son los que venden esos souvenirs. Segundo, no llevan cámaras de fotos colgando al cuello. Tercero, están arrodillados frente a la estatua del Buda, algunos con la cabeza en el piso, otros (y aquí fueron su mayoría) con inciensos.

Todo el templo es al aire libre. Sin embargo, al llegar al Buda sentado, el aroma que se percibe es totalmente artificial. Los inciensos lo cubren todo. Un aroma dulzón impulsado por aquellos seguidores de un príncipe que dejó su familia y fortuna para descubrir el secreto de la vida.

De regreso al origen

El conductor me esperaba afuera del templo, a la sombra. Le compré una botella de agua antes de volver con él. Luego tuve que insistir para que la aceptara. La verdad sea dicha, me sentía bastante culpable de que alguien ajeno a mí tuviera que pedalear para llevar mi cuerpo por los alrededores.

Según habíamos acordado, me iba a llevar al punto donde me había recogido, sin embargo, se extralimitó en sus obligaciones y me llevó al puerto. Fue conversando todo el viaje, mitad inglés, mitad vietnamita. Me paseó por monumentos, por la playa y por un parque de diversiones que está en la costa. De toda la conversación, lo único que rescaté como entendible fue que durante la guerra, él era un niño.

“No entiendo por qué”, dijo al final.

Entonces llegué a mi punto de partida en Nah Trang: el puerto. En aquel mercado de baratijas donde todo costaba un dólar estadounidense. El mismo paisaje de casas de techos coloridos y barcos medio hundidos. Todo se veía igual. Pero nada se percibía de la misma manera.

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