Historiador egresado de la Universidad de Buenos Aires y Doctor en procesos Políticos Contemporáneos de la Universidad de Salamanca.
Desde la Transición hasta el presente, ninguno de sus presidentes logró salir indemne de un final de desgaste y desconfianza. Pero, los últimos gobiernos parecen haber ido más allá en la erosión de límites éticos y democráticos.
Con un ataque quirúrgico a las instalaciones nucleares iraníes, Trump logró su primera victoria internacional desde su regreso al poder. Pero el impacto duró poco. Los aliados europeos no se alinean y sus rivales geopolíticos toman nota.
Tras darle oportunidades al régimen iraní para entregar su plan nuclear y, al constatar que eso no ocurriría, Donald Trump ordenó un ataque que intenta ponerle fin al sueño nuclear de los Ayatolás.
Las trayectorias de Cristina Fernández de Kirchner y Pedro Sánchez exponen la misma parábola: del apoyo popular al triste y solitario final. Mientras una enfrenta el ocaso político en clave judicial, el otro aún resiste, aferrado al poder.
Occidente vive una era de sobresaltos políticos y sociales que ya no sorprenden por su intensidad, sino por su continuidad. El orden global se muestra obsoleto frente a nuevas formas de poder. ¿Asistimos al fin de una época?
Mientras el presente se desliza velozmente y el futuro se vuelve incierto, el pasado es el insumo favorito de las élites políticas. Franco, el comunismo y las nostalgias mal digeridas sirven más para dividir que para comprender.
A cuatro meses desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ya siente en carne propia los límites entre el show electoral y la gobernabilidad real. Prometió velocidad, pero la realidad es resistente a los guiones escritos en campaña.
Desde Chamberlain hasta el Brexit, pasando por la arrogancia de Bruselas y los nuevos outsiders políticos, Europa se repite en subestimar los síntomas del malestar social hasta que la realidad se impone como una bofetada.
Si el papa Francisco representó el liderazgo de los sectores de la izquierda global, el estadounidense Robert Prevost encarna el equilibrio de una Iglesia más moderada ante un mundo amenazante.