30 de julio 2025 - 18:47hs

En la pista central de la Sociedad Rural, el presidente Javier Milei se sube al escenario como un domador de cifras. Habla del superávit fiscal con tono mesiánico y fe descomunal como si estuviésemos con el agua al cuello, el faraón detrás y el mar rojo aún sin abrirse. Promete reducir retenciones a las exportaciones agropecuarias, y el aplauso no se hace esperar: el campo, en su tribuna más influyente, festeja no tanto el dato económico como la restitución simbólica. Porque no es el 0,2% del PBI lo que se discute: es el lugar en la narrativa de la nación.

Horas antes del discurso, el aire olía a dudas. Se discutía en voz baja si los anuncios iban a estar a la altura de las expectativas, si serían suficientes para compensar lo que el campo sintió como una traición anterior: la baja temporal que no se prorrogó. Aquella baja de retenciones, cuyo vencimiento se ejecutó con frialdad gubernamental, había dejado herida la piel sensible de un sector que se percibe a sí mismo, no sin razones valederas, como el motor histórico de la Argentina productiva. Para los zorros más viejos de esa tribuna nacional no importaba tanto que la rebaja fuera mínima. Lo esencial era recuperar el gesto, el lugar simbólico.

Esa es la clave para comprender la arena movediza en la que se libra la batalla discursiva argentina: el poder, en este país no se disputa sólo en el plano de los hechos, sino en la administración del agravio. Y en este caso, Milei lo gestionó con eficacia quirúrgica. Volvió al palco donde en algún momento le retiraron la confianza, y logró que lo ovacionen. Les habló de libertad, de impuestos como castigo, de un país que debe dejar de penalizar a los que producen. Y el campo, que quizás esperaba menos -discursivamente hablando-, se encontró con más: se vio confirmado como sujeto histórico.

Del otro lado, el Congreso le aprueba leyes para subir las jubilaciones. Un paquete que representa entre 1,5% y 1,7% del PBI. Milei ratifica el veto, y habla de un “torpedo a la línea de flotación del superávit fiscal”. Se presenta como el guardián del orden contable. Acá no hay escenas de feria ni palco ovacionado, sino comunicados y veto seco. El contraste es brutal. No porque los jubilados no merezcan más, sino porque la discusión deja de ser sobre necesidades y pasa a ser sobre relatos de prioridad.

La clave no está en decidir quién es víctima y quién victimario. La clave está en entender que todos construyen su trinchera con el mismo material: la queja moral. Y que muchas veces, como dice mi amigo Emilio, en este país el que más se queja es el que está cuidando un curro. Como los teros, gritan acá, pero tienen los huevos allá. En eso, el agro no es distinto de los bancos que apostaron a la continuidad de las LEFI o los senadores que votan aumentos que saben imposibles de financiar. Cada sector tiene su escena de épica y su dosis de autocomplacencia.

La política se vuelve así una dramaturgia de la escasez, donde los aplausos no siguen a las soluciones, sino a las gestualidades. Milei, con la retórica del superávit como escenografía moral, y la argumentación del ajuste como salvación fiscal, entiende ese registro como pocos. Sabe que, en la opinión pública, un recorte no es un recorte si se acompaña con narrativa de sacrificio y defensa de los que “trabajan de verdad”. Y que un beneficio, por justo que sea, si no viene con relato, se transforma en gasto.

Lo interesante es que, mientras se juega este ajedrez de percepciones, la estructura de fondo sigue igual de rota: un sistema previsional inviable, una economía informal gigantesca, una clase política que sigue administrando los síntomas. Pero a nivel simbólico, el gobierno logra que se discuta la nobleza del campo antes que la matriz del sistema jubilatorio.

Tal vez esa sea la verdadera destreza: no gobernar la realidad, sino el reparto de sentidos. Construir un escenario donde el sacrificio tiene dueño, el ajuste tiene relato, y cada gesto fiscal es una declaración moral.

Y así seguimos en la pista central. Con discursos que no solucionan a la velocidad que exigen los corifeos de la sensiblería populista, como los definió el presidente, pero que plantan bandera en la arena simbólica y reordenan el mapa del poder. Con gestos que duelen menos si llegan acompañados de aplausómetro y doble refuerzo moral. Y con trincheras que se construyen, no alrededor de los hechos—que este gobierno deja hablar por sí mismos—, sino de las ficciones que los envuelven.

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