En 2026, la bandera del cine latinoamericano será verdeamarela. Y ya lo dijo Charly García: la alegría no solo es brasilera, pero vaya si están de parabéns allá en el norte.
Es probable que esta nota llegue tarde y que el ruido que envuelve a El agente secreto se haya adelantado hasta usted, lector, pero vale la pena repasar las postrimerías de su estreno oficial, allá por el segundo semestre de 2025, para tener claras las dimensiones de esta película: premios en el Festival de Cannes, loas internacionales, multinominada al Oscar —¿se llevará el de Mejor película internacional? Todo indica que sí—, el protagónico de la mayor estrella brasileña de esta era —el hipnótico Wagner Moura— y la firma singular de Mendonça Filho, que ha sabido construir una obra sólida y personalísima siempre con la ciudad de Recife, capital del estado de Pernambuco, como telón de fondo.
Así las cosas, es justamente la apropiación cinematográfica de su ciudad natal lo que ha hecho que el cine de Mendonça Filho se distinga del de otros nombres y perfiles más cariocas y paulistas —descentralización que, por otro lado, es una de sus principales luchas cuando toca el tema de lo que implica filmar en su país—, y también lo que le permitió construir un escenario ideal para historias donde el tiempo y la memoria dejan huellas en la gente, pero también en las calles y en los edificios. Sonidos vecinos (2012) y Aquarius (2016), película que protagoniza de manera excelsa Sonia Braga, ya mostraban esas intenciones, pero es el fantástico documental Retratos fantasmas (2024) el mayor ensayo/carta de amor que este director ha filmado sobre Recife. Vale la pena verlo —está en el sitio de streaming Mubi— antes de sentarse ante El agente secreto. La conexión, al final, será muy evidente para el espectador.
Embed - EL AGENTE SECRETO | Tráiler oficial | En cines ahora
Once upon a time in BRASIU
Año 1977. Un fusca amarillo frena en una estación de servicio en el medio de la nada o, mejor dicho, en medio del estado de Pernambuco, a las afueras de Recife. De él baja Marcelo, pide que le llenen el tanque, pero antes ve al muerto: un cadáver rodeado de moscas, tapado con cartones, que se pudre al sol. “Está ahí desde el domingo”, le dice el pistero. “Llamé a la policía pero siguen sin venir”. Casualidad o no, aparece la policía. Sin embargo, esquivan al muerto y van directo a Marcelo. Le revuelven el auto, no encuentran nada y al final le piden una coima. Él les da, en cambio, un cigarrillo. Se van. El muerto sigue tapado por los cartones, ahora rodeado de perros sarnosos. Marcelo y el espectador han entrado oficialmente al extraño universo de El agente secreto.
El agente secreto
Esa primera escena, que despierta muecas de asco y algunas risas entre los espectadores, plantea el tablero de lo que vendrá: una historia donde la dictadura brasileña no muestra sus colmillos más evidentes, sino que predomina el dolor de fondo, la suciedad malsana de la corrupción y el olor a podrido. Digamos que el horror del terrorismo de Estado, en El agente secreto, se arrastra entre carnavales y esquinas mal iluminadas, en recortes de diarios y piernas mal digeridas que emergen de los estómagos de los tiburones muertos. El arranque de la película revela, además, otra cosa, y es el peculiar registro que la película de Mendonça Filho tiene: un aire de ligera comedia, un gusto por la abyección y el absurdo que por momentos de desboca, claves del thriller de espías, cierto ambiente de película de terror y una deuda con el cine como elemento transformador de las vidas y las ciudades. Que todo eso funcione hace que esta historia, mientras se desarrolla, se sienta única.
Volvemos a Marcelo: acaba de llegar a Recife, entonces. ¿De dónde? No sabemos, pero empieza a contactarse con otras personas que, como él, son “refugiados” del régimen, y también se reencuentra con su hijo Fernando, que ha quedado al cuidado de sus suegros. Pronto, el hombre empieza a quedar envuelto en una investigación sobre un hecho del pasado que más vale no revelar, pero que lo obliga a moverse en las sombras de una ciudad que late por el miedo y la fiesta. Su pasado, a la vez, reclama su sangre y una venganza pendiente.
El agente secreto (2)
Mendonça filma con maestría y viveza. Algunas secuencias de El agente secreto son de una factura técnica que deslumbra, y la película en sí tiene un colorido poco común que confronta, además, la realidad gris y deslucida de esos años de fascismo. En ese esquema, el cineasta brasileño pule sus tics y obsesiones —los registros fotográficos, la acumulación de personajes secundarios fascinantes (¡doña Sebastiana!), los apartamentos y las casas, los split diopter que tanto recuerdan al cine de Brian De Palma, la banda sonora cuidadosamente diseñada— y entrega su mejor película, o por lo menos esa que resume su cine y lo eleva. Tiene socios de peso para hacerlo: Wagner Moura, el brasileño más hollywoodense del mundo, prueba su talento y carga todo el peso de la historia (y esa tristeza inherente del personaje) en sus ojos caídos.
Captura de pantalla 2026-03-02 174116
El agente secreto puede parecer extraña a primera vista, una especie de pastiche inclasificable de géneros y referencias que tarde en mostrar sus verdaderas cartas y que tiene escenas que pueden desconcertar —esa maravillosa (sí) secuencia de la pierna— pero todo forma parte de la manera de entender al cine que tiene su responsable, y también es un reflejo de la forma en la que se construyen las historias y, también, la Historia en mayúsculas. ¿De qué está hecha la memoria colectiva? De lo mismo que las películas: rostros congelados de gente que ya murió, registros de todo tipo, mitos, leyendas, canciones, verdades, mentiras, recuerdos desperdigados, visiones superpuestas y, ocasionalmente, relatos fantásticos que provocan un instante de calma y felicidad en una comunidad. Puede ser un grupo de espectadores uruguayos en el marzo montevideano de 2026, o una familia perseguida por la oscuridad en la Recife de 1977.