Entre túneles futuros y grúas que crecen como yuyos, ¿dónde podemos encontrar la Montevideo que ya no existe?
Montevideo se transforma y sus versiones se superponen; el cine, la música, la fotografía y otras plataformas terminan siendo un reservorio de la memoria
Son épocas de suelo fértil para las grúas y los debates por túneles soterrados en Montevideo. Pero aunque el cemento esté fresco, nada es muy nuevo en realidad: la ciudad está en transformación continua y cada cambio, por mínimo que sea, mueve los sedimentos de quienes la habitan. Es indudable, eso sí, que en estos días la discusión está cerca del punto de ebullición; aparece en el horizonte otra idea de revitalizar Ciudad Vieja, los lamentos por la depresión crónica del Centro se acumulan, de vez en cuando brota alguna nueva bicisenda y el gremio del auto se queja, un senador quiere prohibir los monoambientes, los edificios de yeso y papel siguen germinando sin control y modifican la silueta de barrios enteros, un grupo de ciudadanos organizados pinta un callejón vandalizado y lo vuelven a grafitear a los días, la idea de una obra grande, pesada, que ocupará meses y meses en el corazón de la ciudad, se enquista en el debate público y genera contrapuntos políticos y la idea de que lo que es dejará de ser.
En ese esquema, poco a poco la huella de la ciudad empieza a tener otro contorno, otra superficie, y la memoria de los ciudadanos llena sus espacios en blanco con versiones de Montevideo que ya no existen. Una capital se arma sobre otra, los edificios se reemplazan, los paseos se transforman, la planta urbana encuentra otros caminos para relacionarse con sus habitantes. Es la misma ciudad y a la vez no. ¿Y a dónde vamos a buscarla cuando ya no la tenemos bajo los pies, cruzando de vereda, doblando en la esquina? ¿Qué hacemos cuando queremos pensar en una Montevideo que ya no es esta Montevideo?
Hace un tiempo, el cineasta Pablo Stoll decía en una entrevista con El Observadorque el cine era un buen lugar donde buscar esa respuesta. En ocasión del vigésimo aniversario de su película Whisky, Stoll explicaba que cuando él veía sus películas y las de otros colegas que usaron como escenario a Montevideo podía acceder a “las cosas como eran antes con una naturalidad dentro del verosímil que arma la ficción”, y que eso daba “una pauta de los cambios en el mundo, en el Uruguay y en la ciudad específicamente”.
“Cada vez más reafirmo la importancia y la necesidad de que haya películas que recojan una forma de hablar, de vestir, de pensar, una forma de verse, la forma de los carteles, de la ciudad. (...) Pienso que está bueno hacer películas porque está bueno acordarse de cómo era esto, porque nos olvidamos, cambia todo el tiempo y más rápido de lo que pensamos”, decía Stoll.
“Cuando ves Whisky, que tiene veinte años y no son tantos, la ciudad está completamente distinta y decís ‘claro, esto era así’. Está bueno tener un lugar a donde ir a buscar esos recuerdos y esas informaciones. Cuanto más tiempo pasa, lo que más queda, independientemente de las historias, es la parte más material del cine. Y eso es lo que más reivindico de ver Whisky veinte años después: ver cómo éramos y qué nos pasa ahora. Es como una especie de cápsula del tiempo. Me parece que es importante que sigan existiendo estas películas y que no haya que ver un pedacito de Montevideo a través de un personaje que en realidad está haciendo de cuenta de que la ciudad es La Habana o París.”
La Montevideo de Whisky es dolorosa porque muestra las cicatrices urbanas de la crisis económica del 2002 en la clase media, pero sus paisajes reconocibles también exceden a ese recuerdo funesto. Esa película, que lo consagró a él y su colega Juan Pablo Rebella con un premio en Cannes, es un lugar al que que volver para recuperar a una ciudad de cercanías, barrios extensos, árboles y techos bajos, avisadores y calles desnudas, persianas de metal y otras formas de vida autóctona casi desaparecidas. Al menos a simple vista.
Pasando raya: el cine es un buen espacio para guardar la memoria ciudadana. Para revisarla. Porque además de Whisky, Montevideo tiene un espacio preponderante en unos cuantos títulos más. ¿Quiere recordar cómo era ser adolescente en esta ciudad a fines del siglo XX? 25 watts. ¿Añora los circuitos de los cines de antes y la oscuridad de salas y galerías que no existen más? La vida útil. ¿Se sienta a tomar mate en la Rambla por las tardes y piensa en qué forma tenía a principios de los años 20? La primigenia Almas de la costa. ¿Quiere otras calles, otros edificios, otras marquesinas e iteraciones de esta ciudad? El dirigible, Gigante, Reus, Mr. Kaplan e incluso hay un montón de Montevideo encapsulada en la ridículamente icónica Acto de violencia en una joven periodista.
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Jorge Ameal / Archivo CdF
Pero la idea del cine como reservorio de la memoria urbana no es patrimonio nacional. Está anclada allí desde sus comienzos. Por eso es tan estremecedor ver la Berlín Oriental demacrada en Posesión de Andrzej Zulawski, la Nueva York sucia y turbia de Taxi Driver, la París floreciente de la Nouvelle Vague, la San Francisco brillosa y acartonada de Vértigo. De hecho, este tema está presente en el principal foco cinematográfico mundial por estos días: El agente secreto, fascinante película brasileña nominada a cuatro Oscar, establece un diálogo evidente entre memoria y ciudad, en su caso Recife, capital del estado de Pernambuco. Y su director, Kleber Mendonça Filho, abordó esa cuestión con mayor ahínco en el documental Retratos fantasmas, documento extraordinario que da cuenta de cómo el olvido se puede combatir desde la sala de montaje.
De imágenes y canciones
La memoria de la ciudad también se guarda en museos, por supuesto, y Montevideo tiene su acervo desperdigado en varios de ellos que no serán mencionados porque esto no es una nota sobre museos. Pero de todos modos hay un acervo en particular al que vale la pena echarle un vistazo si tiene ganas de bucear en blanco y negro: el archivo histórico del Centro de Fotografía.
Las imágenes que lo integran son de consulta libre y pública, y documentan la ciudad desde mediados del siglo XIX hasta finales del XX, principalmente de su zona céntrica y costera. Fueron producidas por el gobierno municipal, a través de la contratación de fotógrafos por la Comisión Municipal de Fiestas y la Oficina de Propaganda e Informaciones, y dan cuenta de todas esas versiones de la capital que confluyeron en esos años. De vez en cuando, estas fotos llegan a las fotogalerías de la ciudad, o terminan siendo parte de proyectos editoriales del Centro. Las fotografías que acompañan esta nota pertenecen a ese archivo y fueron hechas por el fotógrafo Jorge Ameal.
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Jorge Ameal / Archivo CdF
En esas fotos hay muchos detalles en los que perderse y encontrarse, o calles que no existen más que vuelven con tanta fuerza como lo hacen, por ejemplo —y hablando de memoria registrada en la cultura popular—, en el cancionero propio que la ciudad construyó a través de las décadas. ¿Se ha dado cuenta de hasta qué punto los recuerdos colectivos terminan impresos y guardados en versos como los de Durazno y Convención, El tiempo está después o Candombe de la Aduana? Eso mismo pensó el periodista Daniel Machín cuando junto a Gabriel Bentancor pusieron en marcha el proyecto Montevideo Sonoro, que incluye una web, un libro y más.
“Las ciudades no solo están hechas de cemento —dice la web de Montevideo Sonoro—. También son moldeadas por la memoria y los hábitos de sus habitantes así como por el legado de sus artistas. Se puede recorrer Montevideo por sus avenidas y se puede pasear por sus historias, sus leyendas y, por supuesto, por sus canciones. A través de esta iniciativa queremos destacar la ciudad en la que vivimos así como a sus autores y en ambos casos servir de puerta de entrada.”
Hace poco más de año y medio, el músico Sebastián Casafúa y el periodista Carlos Dopico se unieron a Machín para llevar esa investigación a la calle con una serie de paseos inmersivos (muy exitosos) que recorren los barrios y las calles moldeadas en las canciones montevideanas.
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Jorge Ameal / Archivo CdF
"Cuando empezamos Montevideo Sonoro teníamos (y tenemos) dos ideas fuerza: que detrás de cada barrio hay una historia, y detrás de cada historia una canción, y que las canciones no se pueden demoler", dice Machín a El Observador.
"Ahora que estamos recorriendo los barrios y poniendo cara a cara esas canciones con el lugar que mencionan o el sitio que homenajean, lo comprobamos. La canción va guardando cosas, recogiendo esquinas, edificios, personajes que ya no están pero que siguen ahí en estas cápsulas del tiempo. Pero además de este vínculo con espacios concretos, la canción también guarda una memoria emotiva. Suena una e inmediatamente te va a llevar al momento en que te hizo feliz o te produjo otra emoción. Y eso también es la ciudad: los recuerdos, la convivencia. Todo eso va quedando guardado en estas cápsulas fabulosas que todo el mundo las decodifica. Esa es otra gran ventaja de la canción como artilugio cultural."
Por su parte Dopico, narrador de los paseos del proyecto, dice lo siguiente: “La memoria de las canciones es uno de los insumos fundamentales del proyecto Montevideo Sonoro.Cada una de las que conforman nuestro repertorio abre un cofre de historias, detalles, personajes, y hasta aromas de la ciudad. El barrio fundacional, Ciudad Vieja, por ejemplo, contiene quizá una de las más notables. La obra de Roberto Darwin, Calle Yacaré es tremendamente elocuente. Su compositor elabora un relato repleto de imágenes que su retina capturó en la adolescencia y que describió tres décadas más tarde, en 1987, cuando estaba radicado en Francia. Calle Yacaré, calle de nunca hay domingo / A no ser cuando entran barcos chinos, polacos o gringos. / Las muchachas van temprano a ver si cae algún gil, / ganan cinco en cada copa de agua verde peppermint. En una sola estrofa logra pintar toda una escena portuaria de burdeles y marinos a mediados de la década del 50.”
“¿Qué decir de Adiós mi barrio? Aquella pieza de Víctor Soliño y Ramón Collazo estrenada por la Troupe Oxford —que había fundado este último— en 1930. La canción relata con nostalgia las últimas horas del bajo Sur, cuando estaban por comenzar las obras de demolición y provocar todo un exilio de aquella comunidad. Viejo barrio que te vas te doy mi último adiós ya no te vere más. / Con tu negro murallón, desaparecerá toda una tradición. / Mi viejo Barrio Sur, triste y sentimental, la civilización te clava su puñal. La piqueta fatal del progreso, citada en la lírica de la obra, borraría finalmente el rastro de aquel lugar, pero la canción mantendría eternamente la memoria en sus versos”, agrega.
Los próximos recorridos programados para marzo del proyecto son el jueves 12 a las 19 en Ciudad Vieja; el sábado 14, 17.20 en Malvín y el sábado 21, 17.20 por Palermo.
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Jorge Ameal / Archivo CdF
Esta es mi ciudad
En este mapa de ciudades perdidas o recordadas o recobradas, podría ser buena idea ir a quienes trabajan en el mundo del urbanismo, la arquitectura y el patrimonio con una pregunta: ¿a dónde van ellos, los idóneos en la materia, cuando tienen que pensar en esas Montevideo propias que quedaron ancladas en otros pasados?
El presidente de la Comisión de Patrimonio de la Nación, Marcel Suárez, por ejemplo tiene claro que esa búsqueda está vinculada a su memoria sentimental en una ciudad que, de hecho, ocupa una suerte de segundo hogar.
“Mi visión de Montevideo es la de un habitante de extramuros (que vivió sus primeros 25 años en la zona rural de El Colorado, a pocos kilómetros de Las Piedras), por lo que no es de quien la habita en forma permanente. La imagen más antigua que tengo en la memoria es el tránsito por 18 de julio con mi Tía Teresa, el recorrido por las galerías y restaurantes como La Fiaca; y el recuerdo grato de algo que ya no existe son las grandes salas de cine a las que me llevaba, impresionantes por su escala, decorado, pantallas cinemascope y sonido estéreo: Censa, California, Plaza…”.
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Jorge Ameal / Archivo CdF
Laura Alemán, doctora en Arquitectura, autora y docente de la Facultad de Arquitectura y Diseño (FADU), profundiza en esa cuestión que vincula emoción y ciudad todavía más. En ella aparecen también los cines, pero además los sonidos, los detalles a veces invisibles y los paseos por fuera del área acostumbrada: "A menudo busco esa ciudad perdida, y a menudo me toma por asalto. Llega en las campanas de la catedral, en molduras y vitrales, en el aire agrisado de la Ciudad Vieja. En el garbo de las casas-quintas, en el silencio del rosedal, en los adoquines gastados. En la mica brillante de los muros, en el trazo de los pisos monolíticos, en patios como ombligos y zaguanes altos. Pero hay algo que no vuelve: los trenes de la estación dormida, los grandes cines colmados y exultantes, los jardines abiertos al vecindario. Algo que solo asoma en libros y canciones. Tenues retazos de infancia, recuerdos inventados: los juegos en la vereda, el grito del heladero, la escuela como centro de todo."
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Jorge Ameal / Archivo CdF
Para Lorena Logiuratto, profesora e investigadora de la FADU e integrante del Instituto de Estudios Territoriales y Urbanos de esa institución, las imágenes que persisten son parte de una lista de "fantasmas" de la ciudad que guarda con ella.
"Había terminado de leer La ciudad de las desapariciones un libro de Iain Sinclair, y aunque quería ubicar lugares desaparecidos en Montevideo, entendí que siempre de alguna forma seguían estando. Pensaba y sigo pensando que Montevideo no tiene completamente muerto casi nada o nada de la ciudad “pasada”; tiene fantasmas más o menos perturbadores, lugares de abandono o deterioro y desplazamientos. Hay nuevos lugares que vampirizaron la ciudad, y así seguimos aún cuando aparecen sustituciones", dice.
Su lista, por ejemplo, incluye edificios, lugares concretos, pero también ecos sensoriales: "los cines enormes vacíos y llenos, la sirenas de las fabricas de barrio, del Hipódromo, el silbido del afilador, los locales de fotografía de barrio, el timbre del teléfono fijo que a veces se oye en noches silencio, los videoclubes, los locales de canje de libros y revistas, bibliotecas municipales, la onda en la plaza Libertad, andar en bici relajada, tener amigos que viven en barrios distintos, la noche amarilla anaranjada de las lámparas de mercurio luego de la lluvia, porque todo se está volviendo muy blanco… Las galerías de 18 de Julio. Mis preferidas eran la Yaguarón y la Caubarrere. La vista desde la Escollera sin playa de contenedores ni grúas. Las canchas de fútbol raras, metidas en la ciudad, con vista al mar. Podría seguir. Me quedo pensando cómo se nos contrae el espacio , la calle."
Por último, el artista visual Alfredo Ghierra, que a través de diferentes proyectos culturales ha abordado las transformaciones de la ciudad —su último trabajo, el documental Montevideo inolvidable, fue un éxito del boca a boca entre el público—, cierra con una analogía entre las ciudades y las personas.
"Miro una foto de mi juventud y, aunque obviamente ya no soy aquel que me mira desde el pasado, hay cosas, rasgos, gestos, expresiones, que permanecen y en las cuales me reconozco: mucho he cambiado, pero aun soy yo. De igual manera, las ciudades, aunque cambian, y aunque a veces ese cambio las hace casi irreconocibles, conservan trazos que las identifican con su pasado. Porque los cambios nunca son totales, y cada época es la acumulación más o menos sabia de las épocas precedentes", dice.
"Para el caso de Montevideo, y a grandes rasgos, la relación de la ciudad con la naturaleza sigue siendo una seña de identidad. ¡El río y la rambla, la pradera que se extiende por cada rincón, y los árboles! Los árboles de Montevideo son una seña de identidad muy poderosa, y no hacen más que colaborar con su belleza a medida que van creciendo. Las veredas y sus baldosas de nueve panes, tan montevideanas, también. Las casas estándar, que son parte de la identidad, no solo de Montevideo, sino de todas las ciudades de la república. Deberíamos homenajear más enfáticamente a este programa arquitectónico, que nos conecta además con un pasado de dos milenios de antigüedad, por lo menos. El eclecticismo de la ciudad, esa desfachatez de mezclar en pocos metros tantos y tan diversos estilos y formas. Al final, cuando quiero recuperar la ciudad que fue, me pongo a caminar sin un rumbo, para volver a encontrarme con eso que hace de Montevideo una ciudad tan particular:su escala humana, sus detalles, su estrecha relación con la naturaleza."