2 de diciembre 2024 - 7:29hs

No fue una noticia que haya conmovido a los ciudadanos europeos ni despertado pasiones, movilizaciones espontáneas o alteraciones en la agenda geopolítica global. Todo lo contrario. Salvo en los círculos del poder y en la prensa más interesada en la política internacional, las peripecias para aprobar el nuevo colegio de comisarios europeos han pasado prácticamente inadvertidas.

De todas maneras, la intensa pugna entre los políticos para definir los distintos cargos estaba más que justificada, ya que la Comisión Europea —lo que estaba en juego— es una de las principales instituciones de la Unión Europea y actúa, en la práctica, como su órgano ejecutivo.

Y, si bien la máxima autoridad de la Comisión, la alemana Ursula von der Leyen, ya tenía asegurado su cargo por los próximos cinco años, también debía demostrar que la amplia coalición que la reeligió estaba dispuesta a ordenar el mapa de los veintisiete comisarios europeos. Pero eso no resultó tan sencillo.

Más noticias

La crónica periodística dirá que la votación final en el Parlamento Europeo arrojó 370 votos a favor de la propuesta oficial, 282 en contra y 36 abstenciones.

Aunque la decisión se tomaba por mayoría simple (es decir, por apenas un voto más que el rechazo), el resultado evidenció un margen demasiado ajustado. En términos porcentuales, poco más del 50%.

De hecho, esta Comisión ha sido elegida con menor cantidad de apoyos que todas sus antecesoras. La propia Von der Leyen fue reelegida como presidenta en julio pasado con 401 votos a favor y 284 en contra.

La exministra de Angela Merkel logró, para este nuevo período, más del 65% de los votos parlamentarios, consolidando así una sólida mayoría.

Con ese aval, intentó afrontar la tarea de conformar una Comisión que incluyera desde los socialistas de Pedro Sánchez hasta el Fidesz del húngaro Viktor Orbán, pasando por las filas de Giorgia Meloni, los liberales, reformistas y algunos verdes. En el discurso de Von der Leyen al obtener su reelección se reflejaban objetivos opuestos y promesas contradictorias, resultado de la heterogeneidad de los grupos que la respaldaban.

Los votos se suman de a uno

El trapicheo europeo no fue sencillo y recién se resolvió semanas después de intensas discusiones y negociaciones.

Ocurrió justo al límite, ya que la Comisión debía comenzar a operar el primer día de diciembre. De ahí el apremio que la cúpula europea evidenciaba para no quedar ante el mundo paralizada por las disputas entre los grupos políticos que conforman el Parlamento. Y también, quizá más importante aún, por las tensiones internas dentro de los mismos bloques.

La designación de los 27 miembros de la Comisión y la asignación de sus respectivas carteras trajo consigo numerosos conflictos, más de los que una presidencia de la Comisión podría haber apaciguado, por poderosa que fuera.

Las últimas elecciones europeas, realizadas a principios de junio de este año, devolvieron como novedad una cámara más inclinada a la derecha, fragmentada y polarizada.

Los socialistas y verdes perdieron bancas, y los liberales, que oficiaban de centro ordenador, también retrocedieron. Si bien el bloque de los populares fue el ganador, esto benefició, sobre todo, a sus integrantes más duros.

Al mismo tiempo, el peso de los extremos y de los antieuropeístas también aumentó.

Uno de los primeros y principales problemas a la hora de elegir a los miembros de la Comisión fue que el acuerdo entre populares, liberales y socialdemócratas parecía no superar el dilema de la vicepresidencia ejecutiva para la española Teresa Ribera, quien estaba propuesta para ostentar el kafkiano título de "Transición Limpia, Justa y Competitiva". Además, ocuparía el virtual número dos de la Comisión.

Ribera, hasta hace poco vicepresidenta tercera del gobierno español, fue señalada como una de las responsables de la imprevisión y la posterior ineficiencia en la asistencia luego de la arrasadora DANA sobre el territorio valenciano.

Pero la exministra parece tener más que nada una misión política: contrarrestar el renovado peso de la derecha en la Comisión y convertirse en aliada o contrafigura de Ursula según cada coyuntura.

La cuestión puso al Partido Popular español, y particularmente a su líder, Alberto Núñez Feijóo, en un grave aprieto, ya que él integra el bloque europeo del Partido Popular de Von der Leyen y la apoya con entusiasmo.

Pero, a la hora de decidir su voto en el Parlamento, privó más el costo nacional que hubiera significado votar a favor de Ribera. Las alianzas europeas pueden esperar. Paradojas de la política: el PP votó en contra de la Comisión junto con EH Bildu, Podemos, Sumar, Vox y Se Acabó la Fiesta.

Lo que quedó a la vista de todos es que las argumentaciones ideológicas, las indignaciones y los muros de contención hacia la ultraderecha o la extrema izquierda, finalmente, son solo un instrumento discursivo para conformar a la audiencia.

Así, también el PSOE, a pesar de algunas quejas más simbólicas que serias, aceptó votar también a comisarios propuestos por gobiernos como los de Viktor Orbán, Giorgia Meloni y el líder checo Petr Fiala, todos de agrupaciones conservadoras alejadas del centro que pregonan Ursula y la renovada conducción de la Comisión.

Para Europa el futuro ya llegó

La nueva Comisión Europea, sobre todo a partir de la reelección de Von der Leyen, no avanzó en profundizar diagnósticos ni en hacer autocríticas.

Tampoco consideró que el mundo, que comenzará el 20 de enero con la asunción de Donald Trump, será aún más duro para este europeísmo burocrático que se impuso, nuevamente, en el Parlamento hace pocos días.

Por eso, los discursos de los comisarios siguen siendo una suma de consignas contrapuestas, como “competitividad y Pacto Verde”, o de buenas y vacías intenciones.

No parece haber un marco que habilite discusiones y acciones de cambio estructural.

¿Qué pasará con la economía si Estados Unidos y China retoman su guerra comercial? ¿Qué actitud se tomará ante la iniciativa de Trump de poner fin a la guerra en Ucrania?

¿Qué rumbo tomarán las políticas de defensa si se desactiva la OTAN? ¿Qué ocurrirá con los reclamos nacionales sobre la inmigración? ¿Es posible un radicalismo verde en el marco de la decadencia económica?

La nueva Comisión Europea promete, por ahora, más de lo mismo: eludir los problemas estructurales, culpar a otros de las consecuencias, cancelar la disidencia y fugarse hacia adelante.

La receta del europeísmo actual no parece tener un futuro prometedor. Incluso, podría no tener ningún futuro.

Temas:

Europa Unión Europea Ursula von der Leyen Teresa Ribera

Seguí leyendo

Más noticias

Te puede interesar

Más noticias de Uruguay

Más noticias de Argentina

Más noticias de Estados Unidos