11 de diciembre 2025 - 11:27hs

De chico, cuando estudiaba historia argentina en el colegio, siempre me llamó la atención la figura de Santiago de Liniers: aquel francés al servicio de la Corona española, dedicado a la política y los negocios en la Buenos Aires colonial.

En uno de los episodios más dramáticos de aquella historia, Liniers emergió como uno de los héroes de la defensa ante la invasión inglesa. Sin embargo, poco después de ese momento, terminó fusilado.

Liniers fue víctima de las feroces internas políticas y, sobre todo, de su incapacidad para leer el cambio de época que se gestaba bajo sus pies. Nunca comprendí el vértigo de pasar, sin escalas, de héroe a ser ajusticiado por los propios.

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Esa vieja perplejidad escolar regresa ante el debate sobre Juan Carlos I de España, una discusión reavivada por la publicación de sus memorias. Vuelve entonces una pregunta inevitable: ¿Qué parte de una vida nos define? ¿Y quién elige esa parte?

El rey de los que no tienen rey

Escribir sobre un rey ajeno es problemático. Entender la figura de un monarca desde naciones plebeyas y de tradición republicana, como las latinoamericanas, implica una complejidad simbólica que seguramente no podremos resolver del todo.

Se podría decir que a cambio hemos tenido presidentes que se graduaron de reyezuelos: pretendidos monarcas absolutos, dueños de la vida y de los bienes ajenos, que incluso intentaron legar el trono a esposas e hijos.

Pero, en el fondo, siempre supimos que en algún momento se irían. No por voluntad propia, sino porque, al final del día, no eran reyes de verdad.

Desde esa visión ajena a la monarquía, Juan Carlos apareció siempre como un rostro afable. Era como un familiar lejano, ese pariente que viene de visita cada tanto; un rey que construyó su imagen, paradójicamente, tratando de no parecerlo.

Juan Carlos prefirió mostrarse como una persona cercana y, sobre todo, auténtica. Pero la trampa de la autenticidad es cruel: implica también mostrar lo ridículo, exponer los vicios y compartir las miserias ante la mirada de los demás.

El rey emérito jugó a ser una persona más ante sus súbditos y ahora tiene que hacerse cargo de su elección. Por eso, la 'normalidad' nunca debería estar en el menú de opciones de un monarca.

La serie The Crown retrató magistralmente cómo la Reina Isabel II de Inglaterra entendió la dinámica de esta ecuación insoportable: lo único que importaba era la Corona y la responsabilidad institucional que conllevaba. No importaba la vida de sus hijos, la de su marido o la suya propia.

Llevar la corona era una distinción y, a la vez, una condena que ella transitó con ascetismo hasta el último día. Fue una reina modélica, pero ese no es el caso más común. Su propio hijo, el actual Rey Carlos, y el derrotero de los vínculos rotos en esa familia, son una dramática muestra de ello.

Esa ruptura de los lazos primarios se repite en la monarquía española. Los reclamos que Juan Carlos desliza en sus memorias hacia su propio hijo, Felipe VI, no son más que la repetición de la historia: es el eco de la traición filial que él mismo debió consumar contra su padre, Don Juan, para obtener la corona.

Hoy, ya sin nada que perder, el rey emérito prefiere hablar, rompiendo esa regla de oro que dicta que los reyes no escriben libros ni hacen públicos sus secretos. Aunque, en esto, Juan Carlos puede ser disculpado: esos secretos —incluso en versiones exageradas— ya son de dominio público.

Por eso ahora Juan Carlos reclama credibilidad para su versión de la historia apelando a la receta de siempre: la autenticidad, esgrimida casi como un ruego. Pero es una autenticidad que expone otra faceta que un rey que se precie jamás debería mostrar: la debilidad. Un pedido de reconciliación que suena, inevitablemente, a súplica.

¿El legado no se mancha?

Visto con ojos extranjeros y democráticos, Juan Carlos fue el monarca que posibilitó la Transición. Fue quien tuvo la audacia de designar a Adolfo Suárez y quien puso el cuerpo para frenar el Tejerazo.

Poco importan hoy las especulaciones sobre qué quiso hacer antes, o lo que pudo haber hecho y no hizo. Sobre todo, seguirán corriendo ríos de tinta y horas de material fílmico debatiendo si apoyó o no el intento de golpe del 23-F.

Pero, en el balance final de la historia, lo que pesa es lo que efectivamente hizo. O, al menos, lo que elegimos creer que hizo. Su rol como garante de la democracia española es indiscutible; sobre todo para la generación que vivió esos hechos y para las inmediatas posteriores. Todos ellos fueron testigos de cómo aquella España se transformaba en algo inimaginable unos años antes.

Para quienes lo observamos desde afuera, también quedará en la memoria aquel Rey que se plantó ante Hugo Chávez con el célebre '¿Por qué no te callas?'. Fue cuando el venezolano —haciendo gala de su grosería y repitiendo consignas vacías que sirven para justificarlo todo— se paseaba como el dueño de América Latina, envalentonado por el precio récord del petróleo

Por aquel entonces, la romantizada izquierda latinoamericana del siglo XXI había cambiado la resistencia en las calles por el ejercicio del poder. Pasaron del romanticismo discursivo a manejar Estados repletos de recursos, sin abandonar muchos de sus peores vicios soviéticos.

Es cierto que la historia no es un torneo de moralidad, pero reconozcamos que, al menos en este plano, las faltas del Rey han sido menores. Su actitud resulta más digna que la de quienes se horrorizan por el elefante cazado en Botsuana, pero hacen pingues negocios a costa de los torturados, ejecutados y exiliados de Venezuela.

Quizás lo que hoy se le reprocha a Juan Carlos no sean solo sus errores, sino el espejo incómodo que estos suponen. Su decadencia física e institucional se parece demasiado a la erosión política y social que atraviesa el país. Peor aún: sus derrapes encuentran un eco de inquietante familiaridad con los que se observan hoy en los pasillos de la Moncloa

La memoria social es ingrata y tiende a reescribir todo el pasado en función del último acto. ¿Quién elige la parte que queda, la parte que nos define? El azar y, sobre todo, los que sobreviven para contarlo.

La historia la escriben los que vienen

Las personas cambian y las generaciones pasan. Lo que nos horroriza, muta: pasamos del miedo al Tejerazo a la preocupación por el medio ambiente; de la épica de la Transición al rechazo visceral ante la imagen de un elefante indefenso, muerto en una cobarde cacería de aristócratas. De Santiago Carrillo a Greta Thunberg.

Lo que esperaban de nosotros nuestros padres es muy distinto a lo que aguardan hoy nuestros hijos. Somos esclavos del final.

Ahí radica la tragedia que narra Reconciliación. La mancha final tiene la crueldad de extenderse hacia atrás, como tinta en un papel secante, ensuciando los méritos que parecían intocables. Y hay poco que podamos hacer para evitarlo.

Después de todo, tal vez el destino de Juan Carlos no sea muy distinto al de aquel francés que defendió la Buenos Aires colonial. Como escribió Paul Groussac en su biografía de Santiago de Liniers: “Los últimos héroes de la Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva”.

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