Por ello, incumplirlo no trae sanciones jurídicas y, en este caso, además, está unido a 60 días más, como mínimo, que podrían multiplicarse para continuar negociando y ver cómo se llega a un acuerdo aceptable para las partes. El espíritu de la marmota sigue presente.
El vicepresidente de EEUU, JD Vance, llega a Islamabad para comenzar las negociaciones con Irán.
La guerra de nunca acabar
Las primeras noticias luego del anuncio de la firma, incluso antes, porque el contenido del memorándum tardó en conocerse, fueron fuertes críticas para Donald Trump provenientes de casi todo el arco político, incluso dentro del propio Partido Republicano.
Cuando aparecieron los 14 puntos, las dudas y las críticas se agudizaron.
Las concesiones eran de tal magnitud, incluso en materia económica, que todo indicaba que el tan criticado acuerdo de Barack Obama con los iraníes había resultado, en comparación, mejor que este.
Pero, sobre todo, las críticas de los propios aliados de Trump apuntaban a cómo una victoria militar que terminó con las fuerzas aéreas, navales y gran parte de las capacidades misilísticas de Irán pudo traducirse, en la mesa de negociación, en cesiones tan generosas para los persas.
Trump también recibió críticas por esos dos meses en los que estuvo yendo y viniendo entre amenazas y negociaciones con los iraníes cuando estos se encontraban en estado de knock out. Ese período les sirvió para reordenarse. Y el resultado fue el opuesto al esperado.
Lejos de producirse una revuelta popular, la Guardia Revolucionaria logró hacerse con un poder aún mayor del que tenía.
Además, crecieron notablemente los sectores más radicalizados, conocidos como los superevolucionarios.
El vicepresidente JD Vance fue la cara de la firma, pero las críticas no se dirigieron a él. Asumió ese protagonismo porque favorecía sus intenciones presidenciales, pero también por su oposición a la guerra y por liderar una inédita postura antiisraelí dentro del Partido Republicano.
Y en el campo iraní, el ayatollah, a través de sus comunicados —porque todavía no ha sido visto en persona—, afirmó que no estaba de acuerdo con el memorándum, pero que lo firmó porque el presidente, una figura decorativa dentro del sistema político iraní, lo habría convencido.
Eso suena poco creíble y más bien refleja el grado de fragmentación, lucha interna y radicalización en que vive el poder iraní. Masoud Pezeshkian, el presidente, podría estar ganando espacios con esta disputa y eso quizás sea una de las apuestas norteamericanas para el futuro iraní.
Entre los aliados árabes y los países del G7 nadie lo cuestionó, porque el supuesto final del conflicto solo podría traerles tranquilidad. Pero todos se preguntan si valió la pena tanto conflicto y también dudan de que se cumplan las metas previstas por los estadounidenses.
Al mismo tiempo, el memorándum compromete a Israel, que, por boca de su primer ministro, no parecía estar muy dispuesto a acatarlo. Lo cierto es que Israel está siendo empujado a un acuerdo con Hezbollah con la certeza de que los islamistas no lo van a cumplir.
Irán y el Líbano: los dos puntos débiles del acuerdo y, a la vez, parte fundamental de su cumplimiento.
Giorgia Meloni y Donald Trump.
Trump en su laberinto
Donald Trump eligió entre el protagonista y el personaje. Y ganó el personaje.
Ese sujeto irascible, que cambia de idea a cada rato, que se siente dueño de todas las situaciones, que confía ciegamente en su propia capacidad negociadora y que está obsesionado con su lugar en la historia.
Trump se propuso una serie de cambios a nivel global, tanto económicos como geopolíticos, e incluso dentro de su propio país. Para esa tarea era dudoso que tuviera tanto poder, pero era seguro que carecía del tiempo necesario para llevarla adelante.
Trump está cumpliendo 80 años por estos días, pero el tiempo que le falta no es biológico, sino político: no tiene posibilidad de reelección. En la práctica, solo contaba con los dos primeros años para la inmensa tarea que se había propuesto.
Por eso, comenzó con la pirotecnia verbal seis meses antes de asumir. Pero, aun así, todos estos objetivos requieren tiempo. Más aún el conflicto de Medio Oriente, que es histórico y no puede resolverse en 60 días ni en un año. Posiblemente, no lo sabemos, no sea posible resolverlo nunca.
Sin embargo, lo que sí sabemos es que el próximo noviembre habrá elecciones en Estados Unidos y que el precio del combustible es una variable muy importante a la hora de moldear el humor social que las defina.
Continúa el bloqueo en Ormuz y crece la expectativa por un acuerdo que ponga fin a la guerra.
Volver a casa
Al mismo tiempo que Trump no tiene tiempo para alcanzar sus objetivos estructurales, tampoco tiene paciencia para esperar. Por eso, pasó a concentrar su interés en el desafío inmediato: las elecciones. Y para eso necesitaba cortar de cuajo el conflicto en el corto plazo.
Trump debe dejar de lado sus pretensiones históricas y atender el problema de la inflación, además de mejorar sus números en las encuestas. Después de noviembre podrá repensar, con los resultados en la mano, cómo serán sus últimos dos años como presidente de Estados Unidos.
En este punto entra la cuestión de si existe alguna posibilidad, alguna forma o algún escenario en el que Irán cumpla el acuerdo. Parece imposible que eso suceda. Si algo define a Irán es que no cumple sus acuerdos y que busca cualquier forma de avanzar allí donde se le imponen líneas rojas.
Irán es un actor subversivo dentro del sistema internacional; es decir, no acepta sus reglas, pero las utiliza en su favor y, cuando encuentra algún margen, intenta erosionarlas. El método de los proxies es el que considera propio, pero su condición de Estado le impide aplicarlo plenamente.
A diferencia de Trump, los iraníes tienen tiempo y paciencia. Y no tienen elecciones.
Entienden que el tiempo juega a su favor, sobre todo si el próximo presidente norteamericano lograra parecerse más a Joe Biden que al republicano.
En este marco, Trump, el personaje, no tiene una estrategia definida. Todo es una fuga hacia adelante y una búsqueda permanente de ocupar el centro del ring. No importa cuál sea la pelea.
Lo sufrió Giorgia Meloni esta semana. Así serán los próximos (últimos) tiempos de Trump presidente de los Estados Unidos, sin importar qué pase en noviembre.
Mientras tanto, no es difícil pronosticar que en Medio Oriente los conflictos seguirán, al igual que las negociaciones, las amenazas, los elogios y hasta los ataques. Y que, como en “Atrapado en el tiempo” o “El día de la marmota”, cada día que comienza tendrá el mismo inicio y el mismo final.