30 de mayo 2024 - 13:42hs

Cuando Adolfo Hitler invadió a Polonia, el mundo lo vio como un conflicto y un problema europeo. Pero cuando Alemania atravesó las fronteras de Bélgica, Holanda y Francia, todos entendieron que el problema era mucho más grave y se llamaba Adolfo Hitler.

Siempre es así cuando los conflictos se suman sobre una sola persona.

Hace una semana, Pedro Sánchez se agarró de una crítica de Javier Milei a su esposa, Begoña Gómez, para iniciar un conflicto diplomático con Argentina. Exigió disculpas al argentino, retiró a la embajadora española de Buenos Aires y muchos vieron detrás de su jugada otra de sus genialidades para cambiar el escenario político y burlar a las encuestas que le auguran una posible derrota en las elecciones europeas del 9 de junio.

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Pero, mientras Pedro surfeaba la ola del sorprendente Javier Milei, no pudo resistir la tentación y se metió en otro conflicto.

Anunció que reconocerá a Palestina como estado y encendió la ira de Israel. No se detuvo a contemplar siquiera que todavía hay 125 víctimas secuestradas en poder de Hamás desde aquel 7 de octubre de los asesinatos, los secuestros, la quema de bebés y las violaciones a mujeres indefensas.

Ya se sabe. Cuando se suman dos conflictos simultáneos, el problema pasa a ser el que aparece involucrado dos veces. Entonces el problema pasa a ser Pedro Sánchez.

Así se lo hizo entender el gobierno de Israel en la mañana del domingo. El ministro de Relaciones Exteriores, Israel Katz, posteó un tuit con un video donde se mezclaban imágenes del baile flamenco con otras de la masacre del 7 de octubre. El funcionario, tan habitué de las redes sociales como muchos líderes de este tiempo, arrobó directamente a Pedro Sánchez (@sanchescastejon): “Hamás, te lo agradece”. Ningún otro gesto diplomático del gobierno israelí hubiera sido más contundente.

El martes, tras el anuncio del reconocimiento a Palestina, el canciller de Israel les escribió otro posteo a Sánchez y a Yolanda Díaz, más empático con el resto de la sociedad española.

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Pero a Pedro Sánchez no parece importarle la opinión de Israel, la de los Estados Unidos y la de los países importantes de Europa. Ni Italia, ni Francia ni Alemania reconocen al estado palestino. Tampoco lo hará Gran Bretaña. Y, aunque 143 países reclaman su reconocimiento en las Naciones Unidas, el veto estadounidense estará siempre para recordar que la unión con el pueblo judío es indestructible desde la segunda guerra mundial y el holocausto.

TODO POR EL VOTO DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA

¿Qué lleva entonces a Pedro Sánchez a meterse en un laberinto del que no participan las otras potencias del planeta?

El presidente de España, el jugador arriesgado que desafía los escenarios políticos más adversos y hasta ahora ha salido siempre indemne, cree que la bandera tricolor del Free Palestine que enternece a los cándidos universitarios europeos, puede traccionar los votos del progresismo español, los de sus seguidores socialistas y los de la ultraizquierda, que nuclea a su vicepresidenta, la rubia Yolanda Díaz y a los restos agonizantes de Podemos, liderados todavía por el matrimonio de Pablo Iglesias e Irene Montero.

Por ese estrecho desfiladero que camina Sánchez no todos tienen la misma destreza para evitar los tropiezos innecesarios.

Es el caso reincidente de la vicepresidenta segunda. Adicta a la sobreactuación, Yolanda Díaz utilizó la desgraciada frase “desde el rÍo hasta el mar” que es pertenencia de los fundamentalistas islámicos que impulsan la desaparición lisa y llana de Israel del planeta. El gobierno israelí le colgó el cartel de “antisemita” y luego la igualó con el dictador supremo iraní, Alí Jamenei, y la puso en pie de igualdad con los terroristas asesinos de Hamás.

La misma medalla de antisemitas se ganaron los dirigentes de Podemos, pero ni Israel ni nadie les tiene demasiado en cuenta en estos tiempos. En cambio, Yolanda Díaz es la vicepresidenta del gobierno de España y representa a un país con siglos de historia y antecedentes de persecución a los judíos en el pasado.

La frase “se acabó el tiempo de la inquisición”, el concepto que utilizó el áspero canciller Israel Katz, era un misil dirigido a Pedro Sánchez, pero con dedicatoria especial también a Yolanda Díaz.

Es curioso el universo de Pedro Sánchez. Se reúne con Mohamed Mustafá, el primer ministro de una población (Palestina) que no realiza elecciones desde hace quince años y solo administra el territorio de Gaza en su imaginación porque el control político lo tiene el grupo terrorista Hamás. El presidente de España aprovecha también para sacar pecho ante los cancilleres de Qatar, Arabia Saudita y Jordania, las monarquías árabes con las que trata de convertirse en el interlocutor preferido de estas dictaduras más moderadas que los fundamentalismos de Irán, Irak o Afganistán.

Esta es una de las banderas que Sánchez levantará este domingo para tratar de imponerse en las elecciones de parlamentarios europeos. La otra es la de asustar a España con el fantasma de la ultraderecha.

Es el Chuky que levantan todos los ministros del Socialismo, estrategia que a Pedro le funcionó de maravillas el año pasado cuando transformó una derrota catastrófica en las elecciones comunitarias del 28 de agosto en una derrota ajustada en el verano de julio que le permitió atornillarse en el poder.

UNA ESTRATEGIA QUE NO FUNCIONÓ EN ARGENTINA

La canción es la misma. Aprovechó que Javier Milei criticaba el flanco débil de su esposa, Begoña Gómez, en el acto internacional de Vox para encender la música del terror y empujar a las aguas fétidas de la ultraderecha al presidente libertario argentino, a la francesa Marie Le Pen, a la premier italiana Giorgia Meloni y a sus enemigos más temidos, los dirigentes del Partido Popular, quienes encabezan la mayoría de las encuestas para imponerse en las elecciones del 9 de junio.

Escupir las palabras fascismo y ultraderecha siempre le ha funcionado con el asustadizo Alberto Núñez Feijóo, el primero en vociferar que él no estaba ni con Sánchez ni con Milei.

Más apegada a aquello de que “a los tibios los vomitará Dios”, la madrileña Isabel Díaz Ayuso prefirió hacer un oportuno silencio y salir luego en defensa de Milei cuando vio que la estampita ultraderechista ya no causaba el espanto de siempre entre los españoles.

Quizás este ocurriendo en España algo parecido a lo que sucedió en Argentina el año pasado.

Los dirigentes clásicos del Río de la Plata también arrojaron sobre Milei el arsenal dialéctico del progresismo: neoliberal, fascista, ultraderechista y amigo de los dictadores. Probaron todo para tratar de frenar el huracán que se fue volviendo imparable. Criticar a su hermana, la ahora poderosa Karina, y tomar en broma a sus perros. Nada les funcionó.

Eso pareció querer decirles Milei a los dirigentes de Vox y del Partido Popular en su paso volcánico por Madrid. “No se asusten; el enemigo es el Socialismo”, fue el mensaje en una de las frases con las que respondió en la entrevista con El Observador España.

Las elecciones europeas del próximo domingo darán una primera idea de cómo procesan España y el continente la ebullición de este tiempo.

Si pueden más la trampa de las banderas palestinas, las universidades tomadas y las consignas que todavía no escucharon retumbar la caída del Muro del Berlín. O si comienza a soplar sobre Europa un nuevo viento y una nueva música.

Tal vez aturda el mismo sonido de la música en Malmö, Suecia, cuando la política fue detrás de las romantizadas banderas palestinas en Eurovisión 2024, y la sociedad prefirió auxiliar con su voto digital a la hostigada y joven artista de Israel. Un signo de estos tiempos.

La desangelada elección para poblar el Parlamento de Bruselas alumbrará la vigencia del statu quo o la sorpresa de un nuevo rumbo.

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