3 de noviembre 2024 - 16:58hs

La DANA es, ante todo, una tragedia humana de proporciones insoportables, cuyo verdadero impacto y dimensión recién estamos comenzando a comprender. Es un fenómeno meteorológico con consecuencias imprevisibles en lo político, pero esencialmente nos confronta con la fragilidad de la condición humana.

Por eso, las primeras respuestas que se necesitaban eran de carácter humano, y estas brillaron por su ausencia. Nadie va a venir a contarnos otro cuento. Las redes y los teléfonos móviles transmitieron en tiempo real la magnitud del drama, el sufrimiento de quienes lo enfrentaron, así como sus desesperados llamados de auxilio. Pudimos observar cómo el agua avanzaba primero de forma tímida, casi como pidiendo permiso, para luego convertirse en una fuerza letal que arrasaba todo a su paso.

Presenciamos pequeños milagros de personas que lograron salvarse y situaciones dramáticas cuyo desenlace desconocemos, pero que intuimos con dolor. Los gritos en las residencias para mayores inundadas quedarán para siempre en el imaginario colectivo de la sociedad española.

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Lo poco que alcanzamos a ver a la distancia, los testimonios iniciales y las personas deambulando en busca de sus seres queridos abrieron la puerta para imaginar aquello que no pudimos presenciar, pero sabemos que ocurrió. Nadie podrá venir con otra historia.

El tiempo de la política, las investigaciones, las respuestas institucionales y la asignación de responsabilidades llegará, pero eso no fue ayer ni es ahora. Ayer y hoy se necesitaba humanidad.

El Estado ausente

En esa primera tarea de enfrentar la tragedia, todo el sistema institucional español falló. La imagen de los reyes, junto a Pedro Sánchez y Carlos Mazón abucheados por vecinos enfurecidos en Paiporta, capturó la esencia del problema: algo se rompió entre el Estado y la sociedad.

Sánchez no dudó en marcharse; Mazón intentó pasar desapercibido. El rey, consciente del error cometido, eligió otro camino y avanzó, afrontando la ira popular como un religioso que va camino a su inmolación, aceptando el castigo por los pecados cometidos.

Posiblemente, esta actitud lo resguarde del juicio social... o tal vez no. Felipe VI no es un religioso; es el rey y la cabeza del Estado, y como tal, debía ser el primero en estar presente. Su padre y antecesor, Juan Carlos I, a pesar de los errores que hoy salen a la luz, siempre comprendió que la monarquía tiene un rol afectivo con el pueblo, en el que la audacia debe prevalecer sobre el cálculo y la cercanía debe anteponerse a las limitaciones políticas de la monarquía.

Con su ausencia inicial, Felipe mostró que aún no comprende la naturaleza de ese vínculo con sus súbditos. Aunque cumpla las normas y sea un excelente rey burócrata, exhibió una falta de empatía y sentido de oportunidad, una incomprensible sumisión al poder político y, sobre todo, una desconexión con la situación que enfrentaba.

¿Qué más decir de Pedro Sánchez?

El líder socialista cree que es indestructible y que, con picardía y poder, puede sobrevivir a todo. Desde su llegada al gobierno, junto con Podemos, se impuso la idea de que la realidad se construye con palabras y no con la gestión plural de lo común.

En términos más generales, lo ocurrido en Valencia también es un golpe a esa narrativa que durante años presentó a España como un país dividido y al borde de la ruptura. Los plebiscitos, las disputas nacionales y regionales, quienes querían romperla y quienes buscaban salvarla, toda esa lógica polarizada ha sido arrasada también por la DANA.

Ante la tragedia, la sociedad española se reveló como una verdadera comunidad nacional. La desgracia valenciana fue asumida por el resto del país como propia. La solidaridad, la compasión y las donaciones que abarrotaron los centros de acopio lo atestiguaron a la vista de todos.

Mientras las redes incrementaban este sentimiento de unión, la política decidió permanecer en su relato, evitando enfrentar el costo de ignorar la realidad. Se instalaron en las palabras y en las disputas cómodas, en lugar de gestionar la tragedia que todos presenciaban. “Si necesitan ayuda, que la pidan”. Incluso la Federación Española de Fútbol siguió adelante con la Copa del Rey, como si nada ocurriera.

Imposible medir las consecuencias políticas

Hoy es imposible medir las consecuencias políticas y sociales que esto traerá para España; por el momento, estamos –y estaremos un tiempo más– en la fase humana: buscar a los desaparecidos, enterrar a los muertos, contar sus historias y consolar a sus seres queridos. Pero también habrá que ocuparse de los sobrevivientes. Es el momento de responder a quienes lo han perdido todo y de ayudar a miles que vieron desmoronarse el mundo en el que vivían.

Todavía queda mucho horror por descubrir. Pero, gradualmente, comenzarán a aparecer las preguntas incómodas, los datos incontrastables y las consecuencias políticas. Nada será igual, porque lo que se rompió fue el vínculo de solidaridad y responsabilidad entre los españoles y el Estado.

La DANA mostró que, ante la desgracia, una parte de la sociedad española estuvo sola. Ni la política ni el Estado respondieron, encerrados en su castillo de palabras y peleas ficticias. Y no hay relato que cambie eso.

Una percepción comenzará a asimilarse rápidamente entre los españoles: hoy fue en Valencia; mañana me puede pasar a mí. ¿En quién podré confiar entonces?

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España pedro sánchez

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