17 de junio 2024 - 9:51hs

G2, G7, G8 y G20 no son movidas del tradicional juego de la batalla naval, sino una consecuencia del mundo que vivimos y su crisis de gobernabilidad. En los viejos buenos tiempos de la guerra fría, con la ONU y el sistema de organizaciones internacionales y regionales bastaba, las más de las veces, para solucionar problemas y juntar líderes políticos a arreglar entuertos. Para el resto de las cosas estaba el teléfono rojo.

Hoy no hay teléfono rojo. Y la ONU apenas es una asamblea cooptada por una mayoría de países autoritarios, de izquierda e islámicos.

Por eso la ONU se ha convertido, en el mejor de los casos, en una estudiantina sin mayor poder, capacidad de intervención y un pálido recuerdo de lo que supo ser en los lejanos tiempos de la segunda mitad del siglo XX.

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Entonces, por el derrumbe del poder real de la ONU y la falta de una hegemonía estable y reconocida en el mundo, es que abundan una serie de grupos, cumbres y foros que, como clubes selectos y limitados, reúnen regularmente a países, líderes, distintos referentes sociales y económicos, para completar el esquema de gobernabilidad actual.

En general, estos son espacios donde se toman decisiones y se hacen acuerdos importantes para la coyuntura internacional. No solo se destacan las partes públicas y las consabidas fotos de familia, sino todo lo que transcurre alrededor: los lobbies, las reuniones bilaterales, los acuerdos no públicos, los negocios, las alianzas y por qué no, los desplantes y las peleas.

En tiempos en que las fronteras no pueden competir con los medios de comunicación digitales, estas reuniones internacionales también son un escenario para que los líderes presuman ante sus propias audiencias nacionales.

En el caso de países menos poderosos y con sociedades más acomplejadas por su lugar en el mundo, como Argentina y España, también sirven para que sus presidentes confirmen que son parte del club de los grandes jugadores mundiales.

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El G-7 está integrado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón.

La Unión Europea es parte y por eso estaba presente la alemana Úrsula von der Leyen. A la reunión se sumaron algunos invitados, como el Papa Francisco, Lula da Silva, Javier Milei, el presidente turco Recep Erdogan, el indio Narendra Modi flamante ganador de las elecciones en su país y la directora del FMI, Kristalina Georgieva. Toda una selección en tiempos de Eurocopa.

En el plano de la producción para las redes sociales y los portales internacionales, estos encuentros siempre dejan tela para cortar y esta vez, la reunión en el sur de Italia, frente a las bellas costas del Adriático, no fue la excepción.

Se debe mencionar primero el éxito de los locales. La simpatía y la gestualidad de Giorgia Meloni y su creciente protagonismo en la política más allá de la península itálica. ¿Nace una estrella? Pero lo que tuvo más repercusión fueron sus diferencias explicitas con el presidente francés Emmanuel Macron y que se convirtieron en tendencia en las redes sociales.

Ambos mandatarios vienen confrontando hace tiempo y, además, están en diferentes momentos de sus carreras políticas. Meloni posiblemente empezando lo mejor y Macron golpeado por las recientes elecciones europeas. Pero en los dos se ve una vitalidad y presencia personal que no pasan desapercibidas.

Milei también se incluye en este sentido, con su estilo desgarbado, pero protagonista para cualquier reunión internacional que quiera tener más repercusión.

Los tres contrastaron con las figuras avejentadas y físicamente mal llevadas del Papa Francisco, en su silla de ruedas y con todo su ritual arcaico. Y qué decir de Joe Biden. El presidente de los EE. UU es víctima constante de vídeos armados para acentuar una imagen de senilidad y decadencia física con vistas a perjudicarlo en las próximas elecciones en su país.

Pero lo cierto es que no hace falta mucho esfuerzo de diseñadores y hackers para crear imágenes distorsionadas porque, efectivamente, la realidad de Biden es difícil distinguirla de las bromas y pone en serias dudas sus intenciones de obtener un nuevo mandato de cuatro años más.

Argentinos por el mundo

Argentina es un país que, por organización, poder económico, militar e influencia global, no tiene nada que hacer en el G7. Sin embargo, junto a los alemanes, fueron los únicos países que tenían dos representantes en la reunión, los mencionados Milei y el Papa Francisco.

Ambos fueron invitados por Meloni. Milei porque es el personaje del momento y sirve para generar repercusión y atraer más atención en un evento que los italianos planificaron con esmero e interés. Además, comparten como pocos, una agenda valórica y geopolítica.

En el caso de Francisco, estuvo ahí porque comparte con la líder italiana la mirada conservadora, anti abortista y anti europea. También, porque el catolicismo sigue siendo la religión del poder en occidente.

Pero a la vez, el Papa también está unido con los mandatarios de izquierda por su mirada jesuita, la crítica al capitalismo financiero, y a las tendencias individualistas y materialistas de los Estados Unidos.

De hecho, el Papa va más allá y pregona el valor de una sociedad de iguales en la pobreza y eso lo acerca con Nicolás Maduro, Cuba, y a cuanto dictador con pretensiones socialistas aparezca en el planeta. También con los chinos. La izquierda se volvió vaticana y antisemita. Signo de los tiempos.

De ahí su mala relación con el presidente Milei al que apenas saludó, mientras tuvo más de 10 reuniones con otros líderes. Cuando hay dos argentinos hay tres problemas entre ellos.

Personalidad curiosa la de Francisco. La mitad del día pretende convertirse en un referente espiritual universal, y la otra mitad, quiere ser el armador de las listas electorales peronistas en la provincia de Buenos Aires. A fin de cuentas, no cumple en forma eficiente ninguno de los dos roles.

Pedro Sánchez, solo como loco malo

Todo este festival de políticos no contó con la presencia de Pedro Sánchez, que no fue invitado, a pesar que la reunión del G7 trató temas que importan a España, sobre todo, vinculados a la inmigración africana y la cuestión palestina.

Pero a Sánchez tampoco lo tiene muy preocupado su ausencia en este G7.

Es cierto que esto dio pistas de su verdadera dimensión internacional y que la repercusión de la pelea con Milei fue más por el peso del argentino que por los argumentos o el poder real del español.

Pero Sánchez está centrado en mantenerse en el poder y nada más. Y sabe que eso tiene que ver con Madrid, Cataluña y algunas regiones más de España.

Y, además, el G7 pasará rápido y pronto habrá nuevas reuniones. De hecho, ya mismo se vino el foro por la paz en Ucrania, al que sí estuvo invitado y quizás tenga la fortuna de cruzarse con Milei y volver a ganarse un lugar en el olimpo mediático.

Una nueva reunión internacional dará otros temas para hablar y reemplazará a la que pasó. Los mejores memes son los que vendrán. Así es la política internacional en el siglo XXI. Reuniones intensas y efímeras. Como la vida misma.

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