Una casa llena de dinamita: el espejo nuclear de nuestro tiempo
Los ensayos atómicos y la creciente irracionalidad política reavivan un fantasma del pasado. La nueva película de Kathryn Bigelow convierte la amenaza en un espejo del presente: un mundo donde ya no hay finales felices.
9 de noviembre 2025 - 9:26hs
Escena de Un casa llena de dinamita, película de Kathrin Bigelow sobre una amenaza nuclear.
Terminada la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, el presidente estadounidense alabó a su colega y rival, pero de inmediato anunció que Estados Unidos volvería a realizar experimentos y prácticas con armas nucleares.
El anuncio generó una fuerte repercusión, sobre todo en medios y redes sociales.
La última prueba nuclear de Estados Unidos había sido en 1992. La situación escaló cuando el tercero en discordia, el presidente ruso Vladímir Putin, declaró que Rusia retomaría sus ensayos nucleares.
Los rusos también estaban en abstinencia nuclear desde los últimos años de la Unión Soviética. Los únicos que continuaron realizando pruebas de este tipo fueron los norcoreanos, amparados por la impunidad que les otorga su irracionalidad controlada y la protección política de China.
Cuando lo nuclear vuelve a escena, inevitablemente regresan los fantasmas del siglo XX.
La palabra “nuclear” está asociada, casi de manera automática, a las bombas que destruyeron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
5JRVV2UMHJAILIWOBGOGHPPATQ.jpg
¿Nuclear? No, gracias
La amenaza atómica fue el eje sobre el cual se estructuró la Guerra Fría y, al mismo tiempo, el motor que impulsó intensos movimientos pacifistas, especialmente en Europa, aunque también en Estados Unidos.
La posibilidad de un enfrentamiento catastrófico tenía entonces a Europa como su escenario más probable, aunque las crisis más graves ocurrieron lejos del viejo continente: la Guerra de Corea, en 1950-1953, y la célebre crisis de los misiles en Cuba, en 1962.
En aquella ocasión, el mundo estuvo tan cerca del desastre que los propios soviéticos terminaron desplazando a su máximo líder, Nikita Jrushchov, y junto con Washington avanzaron en medidas para evitar un nuevo enfrentamiento, como la instalación del famoso “teléfono rojo” y los primeros acuerdos de desarme, que se profundizarían en la década de 1970.
Los únicos protagonistas que entonces se manifestaron en contra del acuerdo que resolvió la crisis fueron Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, quienes sostuvieron que debía avanzarse hacia una guerra nuclear que destruyera a la humanidad para luego reconstruirla desde cero.
Locos hubo y hay en todas partes, y ese sigue siendo uno de los principales riesgos en la actualidad.
Si algo quedó claro durante la Guerra Fría es que el peligro no residía únicamente en la tecnología o en la ideología, sino en el error humano.
Las armas nucleares, se decía entonces y se repite hoy, tienen un carácter disuasivo.
Su uso significaría el fin para todos. Sin embargo, ese principio solo se sostiene cuando los actores involucrados actúan con cierta racionalidad, como ocurre con Estados Unidos, China o India. O en su momento con la Unión Soviética.
Hoy, el escenario es mucho más incierto y complejo. Y eso explica con creces la decisión de Israel y Estados Unidos de terminar con el plan nuclear iraní.
El sentimiento antinuclear marcó profundamente la vida política y social de la Europa de la segunda mitad del siglo XX. Esa preocupación se reflejó en la política y en el activismo social, pero también en la cultura: en la literatura, en la música y, sobre todo, en el cine.
Películas como Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), de Stanley Kubrick, y Hiroshima mon amour (1959), de Alain Resnais, retrataron tempranamente el absurdo y la angustia existencial ante el riesgo atómico.
El miedo nuclear se consolidó como el gran temor de las sociedades industrializadas de la segunda mitad del siglo XX. A la vez, se transformó en la contracara de un mundo que no dejaba de expandirse y que, en ciertas regiones, alcanzaba niveles inéditos de bienestar y calidad de vida.
Décadas después, la reaparición de discursos y proyectos armamentísticos devolvió el tema nuclear al centro del debate público y cultural. La película Oppenheimer (2023), dirigida por Christopher Nolan, fue una muestra de ese retorno.
La vigencia de ese miedo en la opinión pública refleja que lo nuclear sigue asociado, en el imaginario colectivo, a la imagen del avión que deja caer la bomba sobre una ciudad y causa una devastación inmediata y total.
En 1945, esa era la única forma de lanzar un arma atómica.
Sin embargo, la realidad tecnológica actual es mucho más compleja, con armas más sofisticadas, veloces y difíciles de interceptar.
Hoy, los sistemas de despliegue nuclear incluyen misiles intercontinentales, submarinos y bombarderos capaces de atacar en cuestión de minutos cualquier punto del planeta desde casi cualquier lugar del mundo.
Además, a veinticinco años de iniciado el siglo XXI, vivimos rodeados de una violencia cuya magnitud probablemente hemos terminado por naturalizar.
En lugares como Sudán, Siria o Yemen, los conflictos han provocado cifras de muertos que superan ampliamente las de las ciudades devastadas por las bombas atómicas, y lo han hecho sin necesidad de recurrir a tecnologías especialmente avanzadas.
A esto se suma un peligro nuevo: la posibilidad de que actores no estatales o regímenes imprevisibles e irracionales accedan a tecnología nuclear.
una-casa-llena-de-dinamita-critica
Bigelow y el fin que no llega
En ese contexto, Kathryn Bigelow vuelve a tomar el pulso de la época con su última película: Una casa llena de dinamita (2025), su nueva película producida por Netflix.
El film presenta una crisis nuclear sin precedentes: un misil de origen desconocido es lanzado contra Estados Unidos.
El presidente norteamericano (interpretado por Idris Elba) debe entonces decidir si responde con un contraataque que podría desatar una guerra mundial o si espera para identificar al responsable, arriesgando la seguridad del país.
Una casa llena de dinamita no habla solo de misiles o decisiones presidenciales, sino de la vulnerabilidad humana ante la escala tecnológica que hemos construido. Bigelow ofrece un diagnóstico incómodo y preciso sobre la fragilidad –y la locura- contemporánea.
En su final late una verdad más incómoda: el mundo actual vive en un presente perpetuo de amenaza, sin resolución posible.
El desenlace generó una fuerte polémica —que no revelaremos para no arruinar la experiencia de quienes aún no la vieron—, pero lo cierto es que en situaciones así todos esperan una conclusión a medida o una declaración de principios que refleje su propia mirada del mundo.
El problema es que esas expectativas chocan con la imposibilidad de cerrar una historia cuyo conflicto continúa más allá de la pantalla. Bigelow no ofrece una conclusión; ofrece un espejo. Su película, como la realidad que la inspira, carece de un final previsible.
Por eso, el suspenso no se disuelve con los créditos, porque el mundo sigue ahí, tan frágil como siempre, sostenido apenas por la racionalidad incierta de quienes tienen el poder de decidir.