Nadie se imagina que, al entrar en una iglesia medieval podría encontrarse con escenas de sexo explícito. Que penes y vaginas surgieran como ornamentos de las columnas y la aparición de una gran variedad de actos íntimos tallados en los muros de piedra del templo.
Pues sí, se trata de arte románico, que no se andaba con sutilezas a la hora de mostrar lo que pasaba debajo de las sábanas… o más bien bajo las túnicas.
En estos templos, la espiritualidad y el erotismo convivían sin mucho disimulo, y las paredes se llenaban de escenas que, años después, harían sonrojar a los feligreses y provocarían escándalos dentro y fuera de las iglesias.
Nada de esto es ficción, sino el sello de los artistas de la época. Las iglesias románicas no solo eran lugares de recogimiento, sino auténticas galerías de arte erótico, donde el sexo y los símbolos fálicos convivían con ángeles y demonios.
Orgías y “partes íntimas”: el mensaje de los muros sagrados
Luego de un momento de oración e introspección, los fieles levantaban la vista y se topaban con una escultura de una mujer exhibiendo, como en una clase de anatomía, sin pudor y a todo detalle, sus partes íntimas.
Años después y hasta la actualidad, no podrían aparecer en monumentos y serían indiscutibles objetos de censura. Mucho menos, un desfile de orgías esculpido en las paredes.
Un mensaje contra la lujuria
Estas representaciones de orgías y sexo no estaban allí por simple casualidad, sino que buscaban advertir sobre los peligros de caer en la tentación.
La lujuria, según nos contaban las piedras, era la puerta directa al infierno.
Pero, al mismo tiempo, estas imágenes tan gráficas mostraban una extraña fascinación por los placeres carnales. Una especie de “mira pero no toques”, o “mira y ten cuidado”, que resulta de lo más curioso.
La lucha entre el espíritu y el frenesí
En la Edad Media, el erotismo se utilizaba para ilustrar la lucha entre la carne y el espíritu.
Las orgías representadas en el arte románico no solo eran advertencias morales, sino también una ventana a las tentaciones que el diablo ponía en el camino de los fieles.
Aquí, los demonios aparecían como grandes seductores, organizando auténticas bacanales para tentar a los más devotos. Pero claro, estas imágenes tenían su mensaje: si caías en la tentación, ya te imaginabas lo que te esperaba en el más allá.
Una trampa visual contra el demonio
Aunque la teoría más aceptada sugiere que estas imágenes servían como condena del apetito sexual desmedido, hay otras explicaciones sobre su peculiar presencia en los templos.
Según José Luis Hernando Garrido, profesor de la UNED de Zamora, estas representaciones podrían tener un valor apotropaico. Es decir, más que advertir sobre el pecado, estas escenas sexuales tenían un propósito mágico: alejar al mal de los espacios sagrados.
Talladas en capiteles, aleros o pilas bautismales, actuaban como una especie de trampa visual contra el demonio, una forma curiosa de convertir el erotismo en protección divina.
Otra teoría: un estímulo a la natalidad
Otra teoría, propuesta por el historiador Pedro Luis Huerta, sugiere que estas imágenes buscaban estimular la natalidad.
En una sociedad donde la supervivencia dependía de la procreación, no sería extraño que las representaciones sexuales fueran una manera de promover la fertilidad entre los fieles.
Además, Huerta advierte que no podemos juzgar estas imágenes desde nuestra perspectiva moderna; tal vez en la Edad Media se veía el sexo con mayor naturalidad de la que imaginamos hoy.
Los ornamentos eróticos, aún un enigma
Los expertos siguen investigando en antiguos cartularios, penitenciales y concilios para descubrir el verdadero significado detrás de estas esculturas. “Aún no tenemos todos los códigos para descifrar al cien por cien esas esculturas talladas en piedra”, reconoce Huerta.
A lo largo de los siglos, muchos han tratado de descifrar por qué estos ornamentos eróticos tenían tanto protagonismo en las iglesias románicas.
Algunos piensan que podrían ser un eco de antiguos rituales paganos, en los que la fertilidad y el sexo jugaban un papel crucial.
Estas imágenes de orgías, falos y vulvas no solo decoraban, sino que también hablaban de un mundo donde lo divino y lo terrenal se entrelazaban sin complejos.
O quizá, simplemente, los artistas de la época sabían que una buena dosis de escándalo no hacía daño a nadie.