Cuando derrotó (limpiamente) a Hillary Clinton en 2016, pero sin obtener la mayoría de los votos, insistió en que millones de personas habían votado en su contra de manera ilegal y que el Partido Demócrata había "amañado las elecciones en los centros de votación". Cuando perdió ante Joe Biden en 2020, lanzó estas y más acusaciones, para luego alentar un asalto al Capitolio con el fin de intentar frenar la certificación de los resultados. En 2024, afirmó que los demócratas solo habían reconocido su victoria sobre Kamala Harris porque el margen había sido "demasiado grande para amañarlo".
Donald Trump y Kamala Harris se dieron la mano al inicio del debate del 10 de septiembre
AFP
Ahora Trump se enfrenta a su último voto popular. Su nombre no aparecerá en la papeleta este noviembre, pero los resultados de las elecciones legislativas de medio mandato casi siempre se consideran un referéndum sobre el presidente y su gestión. Esto es especialmente cierto cuando, como ocurre ahora, su partido ostenta la mayoría en ambas cámaras del Congreso.
Estas próximas elecciones llegan en un momento de fuerte impopularidad para Trump. Sus cifras en las encuestas a esta altura de su mandato son más bajas que las de cualquier presidente estadounidense en su segundo periodo en los últimos 80 años, con la única excepción de Richard Nixon en vísperas de su deshonrosa dimisión en 1974.
Pero esta vez, a juzgar por sus acciones, a Trump no parece importarle el resultado electoral. Es cierto que, a principios de este verano, aprovechó un discurso televisado con gran despliegue mediático para reiterar acusaciones nunca fundamentadas sobre elecciones anteriores, incluidas imputaciones de que China ha creado una "pesadilla de seguridad electoral sin precedentes" al piratear millones de registros de votantes y manipular las redes sociales (aunque sin sugerir la adopción de medidas políticas contra China en respuesta).
También acusó a los demócratas de ocultar pruebas. Asimismo, Trump insiste en presionar al Congreso, controlado por los republicanos, para que apruebe nuevas leyes que exijan a todos los votantes presentar una identificación en el centro de votación, una medida a la que se oponen muchos de sus colegas republicanos. Pero nada de esto es nuevo, y la mayoría de los republicanos que ahora se enfrentan a desafíos en las elecciones de medio mandato han hecho poco por impulsar las diversas teorías de la conspiración electoral de Trump.
El presidente también parece empeñado en sabotear de forma más directa a los mejores candidatos a la reelección de su propio partido. En un estado tras otro, ha empujado al retiro a legisladores republicanos sólidos, aunque de criterio independiente, y ha favorecido a candidatos del Partido Republicano que le juran lealtad por encima de los titulares con mejores probabilidades de frenar a los populares aspirantes del Partido Demócrata.
Ha infligido daño en reiteradas ocasiones a los líderes republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado al intentar obligarlos a adoptar posturas profundamente impopulares o a aprobar leyes que no tienen ninguna posibilidad de prosperar. También ha presionado a los legisladores republicanos para que cancelen su receso de agosto, un tiempo crucial para hacer campaña en sus respectivos estados y distritos.
Trump en su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso
AP
Lo más importante es que Trump ha dedicado gran parte de su atención a asuntos que le interesan a nivel personal —un nuevo salón de baile en la Casa Blanca, nuevos monumentos en Washington y venganza política contra sus enemigos— mientras ignora casi por completo los problemas de la inflación de los precios al consumidor que su guerra contra Irán y sus políticas arancelarias están ayudando a perpetuar para los votantes de todo el país.
Entonces, ¿qué está pasando? ¿Ha perdido Trump el interés por proteger las mayorías republicanas?
Es casi seguro que los demócratas se quedarán con el control de la Cámara de Representantes, lo que otorgará a la oposición el poder de controlar el gasto público y lanzar investigaciones oficiales sobre el presidente y su administración. Incluso podrían someterlo a un tercer juicio político (impeachment). La cámara alta está mucho más disputada, pero la oposición aún podría conseguir la mayoría allí también, minando la capacidad de Trump para confirmar altos cargos, jueces e incluso nuevos magistrados del Tribunal Supremo.
Los resultados se decidirán en los estados. Una vez más, los cortafuegos institucionales de la nación resistirán. Diga y haga lo que haga Trump en los días, semanas y años posteriores, los tribunales estadounidenses rechazarán sus impugnaciones Los resultados se decidirán en los estados. Una vez más, los cortafuegos institucionales de la nación resistirán. Diga y haga lo que haga Trump en los días, semanas y años posteriores, los tribunales estadounidenses rechazarán sus impugnaciones
Pero si Trump parece restar importancia al peligro que se cierne sobre las mayorías de su partido, es porque sabe que tiene pocas probabilidades de éxito. Una vez escrutados los votos de noviembre, el presidente se negará a aceptar el resultado. Enviará a la policía migratoria a vigilar los centros de votación. Impugnará las contiendas ajustadas, cuestionará la integridad de las máquinas de votación y de los funcionarios electorales —especialmente en los estados de mayoría demócrata— y afirmará que oscuros agentes extranjeros ayudaron a ganar a la oposición. Trump también sostendrá que los republicanos habrían obtenido una gran victoria si tan solo hubieran hecho todo lo que él exigía.
Todo esto dañará aún más la fe del público estadounidense en las instituciones democráticas del país; sin embargo, nada de ello afectará al resultado final de las elecciones. Como en todas las elecciones de Trump —las presidenciales de 2016, 2020 y 2024, así como las de medio mandato de 2018 y 2022—, los votos se contarán y los ganadores legítimos asumirán sus escaños. Trump no puede cambiar eso, porque el gobierno federal de EEUU no tiene ningún papel constitucional en la administración de las elecciones estadounidenses.
Los resultados se decidirán en los estados. Una vez más, los cortafuegos institucionales de la nación resistirán. Diga y haga lo que haga Trump en los días, semanas y años posteriores, los tribunales estadounidenses rechazarán sus impugnaciones. Incluso sus compañeros republicanos, al margen de lo que declaren cuando se les pida su opinión personal sobre las afirmaciones de Trump, seguirán adelante para prepararse para las múltiples batallas políticas y legislativas que vendrán en la era pos-Trump.
En el proceso, comenzaremos a pasar la página de los capítulos de Trump en la historia presidencial de Estados Unidos. El vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y muchos otros iniciarán cuidadosamente sus intentos de liberarse de la órbita decadente de la estrella política de Trump. Sin este presidente para unirlos, los demócratas pronto entablarán sus propias batallas fratricidas. Los aliados y rivales de EEUU comenzarán a evaluar cómo el próximo presidente estadounidense, ya sea republicano o demócrata, podría alterar la trayectoria política y estratégica de la nación.
Para la geopolítica, dos años es mucho tiempo. Todavía quedan nuevas historias de Trump por escribir, y este presidente seguirá moldeando la política de Estados Unidos y su papel en un mundo fragmentado y en rápida transformación. Sin embargo, las elecciones de medio mandato de este noviembre, por muy pintorescos que sean los dramas que las rodeen, marcarán un punto de inflexión en la historia reciente de Estados Unidos. La capacidad de Donald Trump para redefinir lo que es posible dentro del país y en las relaciones de la nación con sus amigos y enemigos ha alcanzado su punto máximo.