Orsi en la encrucijada: el segundo año de gobierno será un presagio de la inoperancia o el éxito de su gestión
Más allá del balance de lo hecho en los primeros 365 de su gobierno, el 1 de marzo de 2027 será un mojón fundamental para conocer buena parte de su destino
Yamandú Orsi en la presentación de los nuevos aviones de combate de la Fuerza Aérea
Foto: Federico Gutiérrez/ FocoUy
Por cierto que lo pasado condiciona el presente, y que lo que quedó atrás puede augurarnos lo que nos espera en ese tiempo inasible que llamamos futuro. Claro, por tanto, que es relevante el balance del primer año del gobierno de Yamandú Orsi. Y es necesario hablar de su moderación económica, del estilo personal de un presidente al que no le importó demasiado la eficacia verbal, de una situación de seguridad pública que permanece siendo un flanco débil al igual que lo fue para los últimas administraciones, de una pobreza que permanece casi intacta en los cantegriles.
Pero es preciso advertir que Orsi se juega la mayor parte de su suerte, y con ella la de muchos uruguayos, en el porvenir y, más precisamente, en su segundo año de gestión, en ese lapso cuyo mojón final estará enclavado en el 1 de marzo de 2027. Ese será el tiempo del comienzo de las transformaciones, si es que las habrá, de empezar a gestar de manera indesmentible aunque sea un puñado de concreciones. Porque, después, la paciencia ciudadana suele agotarse y, en este país de tiempos electorales tempranos, el griterío se lleva puesto a los hechos. Ya lo advirtieron otros que han estado en el lugar de Orsi: lo que no se hace o se origina en la primera mitad de la gestión, después se torna casi imposible.
Por ahora, a un año de haber asumido, Orsi ofrece un balance que, sin ser francamente decepcionante, tampoco estimula. Fue, y sigue siendo, un gobierno de diagnóstico, de cautela casi siempre deliberada. Un primer año más ocupado en ordenar los pequeños objetos de la casa que en mover los muebles más pesados. Esa opción política explica aciertos, demoras y también frustraciones.
Orsi llegó al poder con un mensaje claro: no venía a refundar el país, sino a apoyarse en lo que llamó “la revolución de las cosas simples”.
Yamandú Orsi
El presidente Yamandú Orsi
Foto: Dante Fernández/ FocoUy
Lejos del presidencialismo estridente o del anuncio permanente –tampoco tuvo mucha cosa a mano para anunciar- optó por un perfil bajo, a riesgo de parecer inmóvil. Esa moderación fue leída por algunos como madurez; por otros, como falta de impulso político.
En lo económico, el primer año mostró continuidad más que ruptura. Se preservó la estabilidad macroeconómica, no hubo giros bruscos en materia fiscal y se reforzó el mensaje de previsibilidad hacia los inversores. De los Consejos de Salarios emergieron algunas mejoras salariales de bajo impacto.
En seguridad y cohesión social, el balance es ambiguo y si bien se verificó algún resultado con la baja del número de asesinatos, la vida cotidiana transcurre sin cambios visibles: la cantidad de personas viviendo en la calle rompe los ojos y la violencia delictiva ya desbordó los barrios periféricos y se desparrama a las zonas más privilegiadas.
El gobierno negoció bien en el Parlamento y logró contar con los votos de buena parte de la oposición para aprobar el Presupuesto, lo que permite tener una mínima hoja de ruta en la que, acertadamente, puso el énfasis en el combate a la pobreza infantil. Pero raramente el dinero que se reparte en esa instancia tiene impacto en la calidad de vida de la mayoría de la gente.
Y las perspectivas de crecimiento económico estarán por debajo de lo previsto. Es así que el crecimiento estimado para el PIB de Uruguay en 2026 fue revisada a la baja por el Comité de Expertos convocado por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF). La proyección pasó de 2% en julio de 2025 a 1,8% en febrero de 2026. También se ajustó el crecimiento potencial para el período 2026-2029, que bajó de 2,25% a 2,1% anual.
Las encuestas reflejan la cautela de buena parte de los uruguayos ante un gobierno que tranquiliza a quienes no querían grandes cambios –en realidad esa posibilidad nunca estuvo sobre la mesa- pero decepciona a quienes esperaban algún golpe de timón que demostrara que la izquierda uruguaya no es más de lo mismo, una fuerza que no ofrece demasiadas variantes a lo ya mostrado por la Coalición Republicana.
Lejos del presidencialismo estridente o del anuncio permanente –tampoco tuvo mucha cosa a mano para anunciar- optó por un perfil bajo, a riesgo de parecer inmóvil. Esa moderación fue leída por algunos como madurez; por otros, como falta de impulso político. Lejos del presidencialismo estridente o del anuncio permanente –tampoco tuvo mucha cosa a mano para anunciar- optó por un perfil bajo, a riesgo de parecer inmóvil. Esa moderación fue leída por algunos como madurez; por otros, como falta de impulso político.
Orsi mantiene un capital simbólico: genera más simpatía personal que aprobación de gestión. La última encuesta de enero de la empresa Equipos dice que en ese rubro el presidente está incluso por encima del líder opositor, el expresidente Luis Lacalle Pou, (48% contra 46%).
Esa misma encuesta había informado en diciembre que los juicios de la gente sobre la gestión de Orsi “están divididos con balance equilibrado”: el 36% la aprueba, otro 36% la desaprueba y un 25% se mantiene neutral.
Pero el ultimo sondeo de Opción muestra una visión más oscura de la gestión: la aprobación cayó cinco puntos y solo alcanza al 23% de los encuestados y la desaprobación trepó al 38%.
El país parece estar en una especie de compás de espera. El balance en la opinión pública es, en sí mismo, una advertencia. La paciencia social no es infinita aunque la mansedumbre del uruguayo le asegura a casi cualquier gobernante de estas tierras que no habrá desbordes, grandes manifestaciones callejeras, ni enojos de esos que se salen de madre.
Por otro lado, lo que en otros países puede ser una minucia en Uruguay suele multiplicarse. Por eso, la obra de mayor envergadura que aparece en el horizonte oriental es el túnel subterráneo que socavaría la avenida 18 de julio en busca de una transformación que se espera inédita del tránsito metropolitano. Un emprendimiento de una magnitud que para ojo del montevideano no pasará desapercibida. Pero habrá que ver si sale bien, y si para las elecciones de 2029 el emprendimiento está más o menos concluido o el centro de la ciudad todavía estará patas para arriba.
Pero, más allá de las obras, lo que parecen estar esperando, particularmente los votantes frenteamplistas, son, por lo menos, señales de esperanza como aquella que se reclamaba desde los muros de un país latinoamericano, de cuyo nombre no me acuerdo, en la década de los 70: “basta de realidades, queremos promesas”.
La paciencia social no es infinita aunque la mansedumbre del uruguayo le asegura a casi cualquier gobernante de estas tierras que no habrá desbordes, grandes manifestaciones callejeras, ni enojos de esos que se salen de madre. La paciencia social no es infinita aunque la mansedumbre del uruguayo le asegura a casi cualquier gobernante de estas tierras que no habrá desbordes, grandes manifestaciones callejeras, ni enojos de esos que se salen de madre.
En ese sentido, resulta un poco desasosegante escuchar al ministro de Economía, Gabriel Oddone, advertir que Uruguay “nunca será un país barato” y que aquel que lo prometa “está mintiendo”. Lo dicho por el ministro será verdad, pero también es cierto que sería mejor que le dijera a los uruguayos que es posible tomar medidas para que, al menos, Uruguay no sea uno de los países más caros del mundo.
Por eso, el segundo año de gobierno aparece como decisivo. Ya no alcanzará con administrar más o menos bien, dialogar mucho y evitar errores. Orsi deberá demostrar que su estilo sereno no es sinónimo de inmovilidad, y que la cautela del primer año era apenas la antesala de un gobierno con ganas, y con herramientas para transformar.
Es verdad que tras un comienzo claramente vacilante y bastante desprolijo que, entre otras cosas, determinó renuncia de la ministra de Vivienda, Cecilia Cairo, y del presidente de Colonización, Eduardo Viera, el gobierno se ha manejado con mayor cuidado. Es cierto que Orsi logró que sus apariciones públicas un tanto vacilantes se convirtieran en un sello personal de su autenticidad antes que en una debilidad de carácter.
Pero el gobierno necesita imperiosamente comenzar a mostrar que está despierto y que la moderación de su primer año es algo muy distinto a un desolador signo de resignación.