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¿Cómo nos están contando el amor en las películas?

En los últimos años, el amor en pantalla se atomizó: hay tantos tipos diferentes como historias que lo incluyen

Antes de la medianoche

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17 de febrero de 2020 a las 05:05

Es posible que nunca paremos de contarnos el amor porque nunca vamos a terminar de entenderlo del todo. ¿Cómo funciona? ¿Por qué nos causa tantas alegrías y, al mismo tiempo, problemas? ¿Por qué no podemos vivir ajenos a él? Para responder estas preguntas no podemos, por ejemplo, ir a las definiciones más frías que buscan enunciar de manera seca lo que nuestras tripas gritan; el diccionario, en estos casos, es lo menos útil. Tampoco resulta de mucha utilidad el testimonio ajeno. Sí, hay veces que aparecen puntos de contactos en las experiencias y podemos al menos asimilar lo que el otro está sintiendo, pensando, queriendo decir, pero en realidad cada uno lo procesa a su paso. Son sentimientos que, aunque se proyectan hacia afuera, se digieren en el interior. Y entonces, si recapitulamos y pasamos raya, lo mejor a lo que podemos echar mano es a las imágenes.

El cine ha estado ahí para contarnos el amor desde el principio, incluso cuando la película no era necesariamente romántica. Esto tiene su cuota de lógica; pocos fenómenos atraviesan de manera tan universal y continua al ser humano como el amor. Es como si estuviéramos diseñados para tenerlo siempre atravesado en el pecho, molestando y torciendo todo aún en los momentos más rutinarios. Así, es imposible que alguien haya logrado evitar sentirlo, y si ese alguien afirma lo contrario, de seguro está confundiendo al amor con otra cosa. Con el amor romántico quizás.

A lo largo de las décadas, el amor en la pantalla ha mutado y cambiado de forma tantas veces que es casi imposible seguirle el tranco. El propio género de las comedias románticas, si se quiere cerrar el círculo, ha tenido incontables vidas, muertes y renacimientos. Así, no nos alcanzaría la nota para enumerar las diferentes caras del amor –romántico y no– que se han asomado en la pantalla desde el amanecer del séptimo arte. Pero sí podemos ser menos ambiciosos y bajar la pelota. Podemos tratar de entender de qué manera se está hablando de amor en estos tiempos. ¿Qué tipo de amor reflejan las películas que vemos hoy? ¿Tienen las mismas barreras y dificultades que hace treinta años? ¿Las expectativas han cambiado? ¿Las relaciones mutaron?

Lo primero que podemos decir sin miedo a equivocarnos es que el cine ha acompañado la apertura del mundo y ha demostrado que el amor hoy es más heterogéneo, diverso y expandido. Para ejemplificar podemos tomar tres ejemplos concretos: Yo soy Simon, Las herederas y Un amor inseparable.

Yo soy Simon

Yo soy Simon es, quizás, la primera comedia romántica teen que tiene a un adolescente gay como protagonista principal. Ni es un secundario, ni es el amigo de la protagonista: él es el centro de los conflictos cómico-dramáticos de la película, algo totalmente impensado hace menos de diez años. En la segunda, una película paraguaya que dio de qué hablar en la última Berlinale, la apuesta se redobla: el amor ahora es entre mujeres, pero mujeres de la tercera edad. Y en Un amor inseparable –cuyo verdadero título es The Big Sick–, el amor no se atiene a culturas: un estadounidense de origen pakistaní tiene que enfrentar a su familia al ir contra las tradiciones, a la vez que conoce a sus suegros en circunstancias no del todo amigables. Protagonizada por Kumail Nanjiani y Zoe Kazan y basada en la historia real del primero, The Big Sick es tan encantadora como rupturista. Y aún así, no abandona los códigos más clásicos de las romcoms. Lo mismo sucede con Crazy Rich Asians y A todos los chicos de los que me enamoré: lograron sortear la barrera de la representación cultural sin abandonar ni los clichés, ni la esencia del género. Hay valor en eso.

Pero el amor en pantalla también ha tenido otras formas, no solo esa concentración masiva de azúcar que, en algunos casos, puede hacer mal al estómago.

Un amor inseparable

Entre otras cosas, el amor sigue siendo imposible. Y a la vez que imposible, también es dueño e impulsor de la tristeza más honda. Llámame por tu nombre, de Luca Guadagnino, lo dejó claro hace un par de años. Las lágrimas sin control de Elio en la última escena, incapaces de mantenerse en cauce ante la pérdida de Oliver, también. Y si en esa película el amor era imposible, lo era porque estaba prohibido. Y si hablamos de encuentros prohibidos recientes, vamos con uno que todavía está al caer: el que se ve en Retrato de una mujer en llamas, de la francesa Celine Sciamma, que se estrena en un mes.

Pero lo prohibido puede ser tan trágico como divertido. Y puede tener el menor sentido del mundo, incluso para las personas que lo componen. Quizás el amor prohibido más gracioso y tierno de los últimos tiempos haya sido el de Seth Rogen y Charlize Theron en Ni en tus sueñosLong Shot, de Jonathan Levine–. Él, un periodista de un medio de ultraizquierda, y ella, la futura presidenta de EEUU, poco tienen en común. En realidad, son incompatibles, perjudiciales para las imágenes de cada uno. ¿Y les importa? Poco. Ellos se dedican a bailar, solos y escondidos, mientras suena It must have been love desde el parlante de un Iphone. ¿Idealizado? Quizás. ¿Conmovedor? Pero por supuesto.

Llámame por tu nombre

Ya que incluimos una canción, digamos todo: el amor y la música están íntimamente relacionados. Y por eso no podemos dejar afuera a La la land. No se dejen engañar por el ruido que hubo en torno a ella en los Oscar del 2017, porque sigue siendo un bello relato sobre los sueños y la perseverancia, con una pareja protagonista que se prende fuego y que deja uno de los finales más amargos que dio el romanticismo hollywoodense reciente.

Una de las cosas que hacían a La la land una gran película era su inocencia, y de eso también tenemos que hablar, porque el amor también es, en ocasiones, inocente. No le interesa lo que pueda venir, lo ignora, prefiere vivir el presente. A veces, la seriedad es lo último que se le pasa por la cabeza, y el sentido de la gravedad, presente en muchas de las películas anteriores, se diluye. Así aparecen títulos como Booksmart, donde las hormonas adolescentes hacen estragos y poco les importan las consecuencias. En esta película, el amor es más libre que nunca. Y esto pasa porque es posible que en pocos momentos seamos tan libres como en la adolescencia.

Ni en tus sueños

Y antes de que la nota se vaya mucho más larga, habría que repasar otros amores rápidamente. Algunos son más amargos, otros no tanto. En el primer grupo, tenemos al –permiso, Fito– amor después del amor.  Ahí está Vida Privada, ese tour de force en la que una pareja en sus cuarenta largos intenta mantener la relación a flote mientras el dolor de no poder concebir los agujerea en lo más hondo. En esa película, en la que Paul Giamatti y Kathryn Hahn están increíbles, el amor da un paso más allá: se transforma, pasa a ser un acto de fe y voluntad. Es amor o abnegación. Es, en definitiva, casi lo mismo. Hablando de amor que se transforma, un buen ejemplo es la trilogía Antes de… de Richard Linklater. Pocas veces el amor en el cine mutó tanto como en la relación entre Celine –Judy Delpy–  y Jesse –Ethan Hawke–. ¿Y uno más reciente? Historia de un matrimonio. Ahí también hay un amor que cambia de significado, o quizás de receptor.

Vida privada

Queda uno más. Bueno, quedan varios, pero solo tenemos lugar para uno más. Y nos vamos de las parejas de una vez por todas porque nos han ocupado casi todas las líneas. Además, está claro que el amor no siempre está relacionado con ese tipo de binomio, y no siempre elegir la persona con la que queremos pasar el resto de la vida es una decisión consciente. A veces la elegimos con los actos, con la costumbre, y nos damos cuenta muy sobre el final que esa elección rompió con todos los códigos que traíamos desde la infancia.

En Paddleton, una pequeña película de los hermanos Duplass que se estrenó el año pasado en Netflix, Michael y Andy son dos vecinos cuarentones que viven uno junto al otro. En el vaivén de los días, ambos terminan todas las tardes jugando a un deporte inventado –el que da nombre a la película– y cocinando pizza de noche. El plan se repite y así subsisten, hasta que un día a uno de ellos le diagnostican un cáncer terminal. En medio de un mundo que se trastoca pero que no pierde su rutina ni su gracia, ambos se dan cuenta del carácter de su relación, pero no lo dicen, se lo guardan. Ellos, como nosotros al ver la película, entienden que a veces la persona que elegimos no es una pareja, que no tiene nada que ver con las películas y con todo ese merengue; esa persona es, en ocasiones, no más que un hermano o un vecino. Un amigo. Y eso también es amor. Y qué bueno que también se hable de él.

Paddleton

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