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“La desconexión de las élites políticas” es el factor clave en la crisis chilena

El presidente del Diálogo Interamericano, Michael Shifter, propone repensar la forma de hacer política para “cerrar la brecha entre el sistema y los ciudadanos”

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09 de noviembre de 2019 a las 05:04

La simple alza del boleto del Metro de apenas poco más de 3% devolvió a Chile al escenario tumultuoso de la política latinoamericana, del que se creía a salvo ese exitoso modelo amasado, por izquierda y derecha, desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).  ¿Un ticket al pasado?

Mario Vargas Llosa, en su artículo El enigma chileno, se niega, a emparentar esa crisis aún en ebullición con el retorno del peronismo en Argentina, el “fraude escandaloso” en Bolivia y la revuelta indígena en Ecuador. “Es una movilización de clases medias, como la que agita a buena parte de Europa y tiene poco o nada que ver con los estallidos latinoamericanos de quienes se sienten excluidos del sistema”, escribe el Nobel peruano. ¿Un ticket al futuro?

Michael Shifter pone matices a una y otra mirada y encuentra rasgos, en lo macro, con el Chile de primer mundo y también, en lo micro, con el Chile que comparte mapa, carencias y reclamos con sus vecinos.

Al frente del Diálogo Interamericano, un centro de análisis e intercambio político fundado en 1982 (en plena “década perdida”), que reúne a más de un centenar de líderes globales para “promover la gobernabilidad democrática, la prosperidad y la equidad social en América Latina y el Caribe”, Shifter le sigue el pulso la región desde un amplio espectro ideológico que converge en el Diálogo: 17 de sus miembros han sido presidentes de sus países.

Crisis institucional en Perú, explosión violenta en Ecuador, seguida de la chilena, disputa electoral, y también violenta, en Bolivia, ¿hay rasgos comunes, a pesar de cada especificidad, entre estos acontecimientos?

El rasgo común es el estancamiento económico en varios países. Habiendo pasado por una década de bastante crecimiento por los precios de los commodities, generando una clase media muy grande, ahora eso está un poco congelado. Las economías no están creciendo como antes y eso plantea un problema de expectativas, de seguir subiendo en la escalera socioeconómica pero que ahora se encuentra bloqueado y yo creo que eso es una receta para mucha frustración y mucha rabia, que es lo que estamos viviendo. Y ese estancamiento se agrava por la desigualdad histórica de América Latina, una brecha entre ricos y pobres de la que no hay cosa parecida en el resto del mundo.

El asunto de la desigualdad ha irrumpido con fuerza para explicar el estallido social en Chile, ¿es ese el factor fundamental?

Es un elemento importante pero creo que el factor principal o más importante es el gran desencanto de muchos chilenos —y de los latinoamericanos— con la clase política y los partidos políticos. La desconexión entre las élites políticas de una generación y la ciudadanía, sobre todo los jóvenes, es realmente notable y creo que fue por eso que el estallido sorprendió a la clase política. No estaba enganchada, metida, conectada con la ciudadanía y esto ha sido un problema en Chile por varios años. No son solamente los temas de desigualdad, corrupción, inseguridad, y toda la lista, es la gran incapacidad de tratar esos temas y la falta de sensibilidad social de la clase política.

Una clase política que sacó a ese país de la dictadura y le dio estabilidad democrática, ¿por qué luce ahora como fracasada?

Porque está agotada, justamente su papel fue sacar a Chile de la dictadura, pero estamos en otro momento. Los jóvenes no han vivido bajo Pinochet, no están  influidos por aquello, no conocen lo que pasó. Y entonces a eso se debe la brecha. La clase política, tanto el gobierno de (Sebastián) Piñera como la oposición, están todos formados políticamente para esa transición de la dictadura a la democracia, pero las nuevas generaciones están formados por otro tipo de experiencias, tienen una agenda diferente de preocupaciones, y eso le ha costado mucho entender a la clase política y conectar con esos reclamos.

Nadie es dueño de la protesta chilena, ¿hace eso más difícil encontrar soluciones políticas?

Es más difícil si no hay cabeza, si no hay líderes. Además, los temas también son todos distintos. Es un momento en que casos particulares se juntaron, se sumaron, pero son distintos. Lo que es común es la falta de capacidad del gobierno para realmente tratar y enfrentar los problemas que la gente quiere superar. No hay un rasgo o tema particular y eso hace todo más difícil y complicado para negociar.

Mario Vargas Llosa compara la situación de las protestas en Chile con manifestaciones de países a europeos, por ejemplo los “chalecos amarillos” en Francia, un país  más cerca del primer mundo que del tercer mundo latinoamericano, ¿lo comparte?

No todo, a un nivel está bien, a nivel  macro está bien. Pero si uno va a lo micro y  empieza a ver lo que pasa en términos de los partidos políticos y otros factores se parece más a América latina. La desconexión es fundamental, hay una crisis de representación y eso en Chile es muy agudo. Es posible que en algunas cosas se parezca a lo que vimos en Francia y en otras a lo que observamos en Ecuador. Y claro hay que distinguir que el modelo chileno ha funcionado, ha sido un éxito, mucha gente está mucho mejor que lo que estaba. La pregunta es para dónde va y cómo se puede manejar políticamente una situación donde la ciudadanía tiene grandes preocupaciones y grandes frustraciones.

En la búsqueda de soluciones, ha aparecido en el horizonte chileno el tema de la asamblea constituyente para salir del texto constitucional heredado del pinochetismo, ¿es una salida?

No es bueno tener la constitución de Pinochet, aunque ha habido muchas reformas. Creo  que si la gente piensa que  a través de una asamblea constituyente va a cambiar este problema fundamental que es la desconexión, de déficit político, yo creo que están equivocados. Eso se podría hacer dentro del marco constitucional, el problema, el obstáculo fundamental no es la constitución. Creo que las soluciones deben producirse en dos niveles: reformas profundas en las políticas, más allá de los paliativos que se han anunciado; y, de fondo, repensar la manera de hacer política para cerrar esa brecha entre el sistema y los ciudadanos. Una responsabilidad que comparten el gobierno y los partidos de oposición, porque no se le puede echar la culpa solo al gobierno de Piñera de lo que se ha acumulado por muchos años desde la izquierda y también desde la derecha.

América Latina va de izquierda a las políticas liberales y ninguna parece dejar satisfecho a sus pueblos, ¿está cada visión encerrada en su propio universo?

Parte del problema en América latina es que todavía se habla de derecha e izquierda y esa dimensión ideológica a veces no ayuda, hay bastante retorica y la creencia en algunos principios e ideas. Las encuestas muestran que la gran mayoría de los latinoamericanos está en el centro,  un poco a la izquierda, o un poco a la derecha, pero básicamente en el centro. Esos cambios de gobierno, como en Argentina,  de (Mauricio) Macri a (Alberto) Fernández no quiere decir que la mayoría de la gente ahora es de izquierda y antes era de derecha, quiere decir que el gobierno de Macri fracasó. No  cumplió sus promesas de reducir la inflación, de reducir pobreza, ambos crecieron notablemente. Cuando hay malos resultados es natural que la gente va a buscar alternativas y no va a ser importante si son gobiernos de izquierda o derecha. Si (Iván) Duque no cumple en Colombia o (Jair) Bolsonaro en Brasil, la gente va a votar  a otra opción. Creo que lo que busca la gente son políticos que sean capaces de entender la situación de los ciudadanos, que quieren respuestas adecuadas a la falta de servicios públicos y a la falta de educación, pensiones, salud. Lo ideológico es un factor pero no es el factor principal.

 

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