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¿Podrán las máquinas reemplazar a los terapeutas?

Cada vez es más común el uso y desarrollo de aplicaciones que funcionan como asesoramiento psicológico, pero todo eso tiene un riesgo 

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21 de enero de 2019 a las 05:01

A veces comienza como un hormigueo en la nuca. Se te acalambra el cuello, te transpiran las manos. Otras es como si el pecho se te cerrara, te falta el aire y pensás que ahí, sentado en la parada esperando que pase el ómnibus o en la fila del supermercado, te vas a ahogar con tu propia respiración sin que nadie pueda hacer nada para salvarte.

Algunas noches te cuesta —es imposible— dormir. Das vueltas en la cama durante horas intentando aliviar la tensión, repitiéndole una y otra vez a tu cabeza que vos tenés el control. Inquietud, agobio, sensación de amenaza constante. Ganas de huir, de largarlo todo. Un vacío que, en casos extremos, te puede llevar a la locura. A la muerte.

Entonces empezás a buscar opciones para mejorar. Pero hablar con amigos es bochornoso, seguro te van a juzgar, ni ahí te van a entender. La terapia tradicional, con un psicólogo, en un consultorio, es demasiado cara. Entonces aparece la tecnología y con dos clics ya tenés en la pantalla del celular una aplicación a la que le escribís todo lo que te pasa y ella te contesta, como si fuese una conversación entre dos personas. Solo que de un lado estás vos y del otro un algoritmo diseñado con minucia para saber qué responder según tus preguntas, tus comentarios, tus sentimientos y tus experiencias.

Se trata de una nueva forma de acceder a tratamientos psicológicos mediante diferentes plataformas que eliminan la figura del terapeuta. Los therapy bots (robots terapéuticos) en formato de aplicación de mensajería, o también como robots tradicionales, son cada vez más comunes.

Están presentes en los teléfonos de millones de chinos, que cada día intercambian mensajes desde la app Xiaoice. Y también en los campos de refugiados sirios, donde la única manera de recibir apoyo psicológico luego de la guerra es gracias a Karim, un robot de contención emocional diseñado por la compañía X2AI en Silicon Valley.

Falsos pacientes, falsos terapeutas

La primera vez que el mundo sintió que se podía comunicar con las máquinas fue en 1964. Un informático de Estados Unidos desarrolló Eliza, un software capaz de procesar el lenguaje. El aparato funcionaba en base al reconocimiento de ciertas palabras claves que un sistema digería para después arrojar una respuesta genérica imitando la relación psicólogo – paciente que imperaba en aquella época. Por ejemplo, si el usuario mencionaba la palabra “mamá”, el programa le preguntaba más sobre su familia, creando la ilusión de una falsa conversación. El clásico “¿Y eso cómo te hace sentir?”

Eliza causó furor. Por primera vez había alguien –o algo– del otro lado que escuchaba los problemas de la gente sin hacer juicio de valor o criticar. Era un mecanismo de catarsis anónimo donde cada uno se enfrentaba a sus propios demonios. La farsa se mantuvo viva por un tiempo, pero llegaba un punto del “tratamiento” donde era casi inevitable reconocer que era lo mismo someterse al programa que hablar con una planta. Muchísimas preguntas, pero ninguna respuesta.

El invento fue perdiendo la atención de la gente; sin embargo, generó un efecto dominó y desde entonces los ingenieros no han parado de experimentar con esta tecnología que se volvió relevante en el último tiempo a raíz del aumento de los trastornos mentales. Depresión, ansiedad y pánico son cada vez más comunes, según la Organización Mundial de la Salud.

Aplicaciones en fase beta como Tess o Woebot fueron creadas para esos momentos de desborde en los que la persona solo tiene que ponerse en línea y comenzar a entablar diálogo con el algoritmo y pasar el mal momento.

Las preguntas que hace la app apuntan a darle confianza al usuario para contar sus problemas, y las respuestas ya no son tan genéricas como pasaba con Eliza. Esto es porque los algoritmos se basan en la investigación de la psicología cognitiva y tienen la capacidad de armar un perfil virtual de sus “pacientes”. O sea que los bots tienen la inteligencia suficiente como para detectar palabras, modos y expresiones que ayudan a cada persona a sentirse mejor y aplicar la receta. Cada nueva interacción alimenta a la máquina y la vuelve más específica y personalizada.

Máquinas sí, máquinas no

Aparece entonces la pregunta de si la máquina logrará remplazar al ser humano.

“El humano se hace humano con la mirada del otro”, dijo el psicólogo Alejandro De Barbieri. Y agregó que con estas nuevas tecnologías se pierde la subjetividad, la individualidad y la empatía. El riesgo, según el experto, es “el reduccionismo” que puede generar el uso de estas terapias alternativas. Porque el cerebro humano es demasiado complejo como para sintetizarlo en un algoritmo.

Roberto Balaguer, psicólogo experto en nuevas tecnologías, consideró que es bueno que la tecnología ayude a desarrollar nuevas formas de entender la psicología. Pero es importante tener en cuenta que hay un factor ético muy importante en juego. “Qué pasaría si a partir de una interacción humano-computadora una persona decide suicidarse. ¿De quién sería la culpa?”, se preguntó.

Balaguer consideró que la tecnología puede ayudar a personas con trastornos, como el autismo, o patologías, como el alzheimer, a desarrollar o entrenar habilidades, pero que no son tratamientos.

De Barbieri coincidió en que los therapy bots pueden ayudar a trabajar cosas específicas, como el sentimiento de soledad, pero que es difícil creer que vayan a remplazar a los humanos. Lo dice así: “Nos quieren convencer de que al final el robot va a ser mejor que el ser humano. Capaz que en las tareas mecánicas sí, pero qué pasa con los problemas que se resuelven con empatía, con compasión”.

Alison Darc, responsable del desarrollo de Woebot, explicó a la revista Wired que la aplicación está pensada para cortar con el estigma que sienten algunas personas cuando expresan lo que les pasa. Busca ayudarlas a hablar porque el silencio es una epidemia. “Woebot es un robot al que le podés contar todo lo que te pasa, desahogarte”, contó. Explicó que no se trata de una tecnología “mágica” que va a solucionar todos los problemas con una verdad revelada, si no que es, en muchos casos, la que impulsa a los usuarios tomar la decisión de ayudarse a ellos mismos.

De Barbieri dijo que “una cosa linda que tiene el ser humanos es el misterio, redescubrirse”.

Los robots parecería que ya tienen todo resuelto.

El primer experimento en Uruguay
En octubre del año pasado llegó a Uruguay Paro, un robot con forma de foca de peluche que es utilizada con fines terapéuticos. Llegó al hospital Maciel con el objetivo de acompañar a los pacientes y percibir patrones de reconocimiento mediante el tacto y la voz. La foca almacena esos datos a los que, después, accede un equipo médico. Álvaro Villar, director del Maciel, explicó en su momento a El Observador que si el paciente sufre de ansiedad, la foca puede percibirlo a través de su ritmo cardíaco. “Se espera que reaccione positivamente para disminuir los niveles de ansiedad y evitar la sobremedicación”, expresó el director del Maciel. De Barbieri, en tanto, lo catalogó como un “ejemplo espantoso” del uso de los therapy bots. “Si la foca de peluche puede mitigar la ansiedad, cuánto más podrá hacer una mascota de verdad o un ser humano”, dijo.  
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