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¿Por qué no probar primero la teoría monetaria moderna en un país pequeño?

Hasta ahora, este debate ha presentado una buena cantidad de teoría macroeconómica abstracta, pero también estilos retóricos discrepantes

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10 de marzo de 2019 a las 04:30

Por Neil Irwin, New York Times News Service

Durante muchos años, los defensores de la “teoría monetaria moderna” (MMT, por su sigla en inglés) han sido una banda alegre de contreras. Si dieran un curso, se podría llamar “Todo lo que sabes sobre macroeconomía está mal”.

Sostienen que los déficits presupuestales y la deuda no deben restringir a un gobierno capaz de pedir préstamos en su propia moneda: es decir, puede actuar de una manera más atrevida de la que suponen los economistas, sin consecuencias negativas.

Hace poco algo cambió. A los defensores de la MMT se les está tomando mucho más en serio.

Ideas basadas en este enfoque aparecen en el Nuevo Acuerdo Verde y otras iniciativas de la izquierda del Partido Demócrata. Además, aunque de manera un tanto escéptica, estas ideas cada vez son más rebatidas por importantes intelectuales de la política económica de centro-izquierda.

Entre los más prominentes del último grupo, el ganador del Nobel y columnista de The New York Times Paul Krugman y el exsecretario del Tesoro Larry Summers han escrito en semanas recientes con desprecio al referirse a la teoría monetaria moderna, aunque aceptan algunos de sus argumentos y en términos prácticos tienen preferencias similares de política económica a corto plazo.

Como se podía esperar, a Stephanie Kelton, una de las principales defensoras de la teoría, no le agrada.

Hasta ahora, este debate ha presentado una buena cantidad de teoría macroeconómica abstracta, pero también estilos retóricos discrepantes y varias dinámicas entre la gente del sistema y los foráneos. Los partidarios de la MMT son los insurgentes que consideran a sus antagonistas una élite calcificada y esa clase dirigente ve en los simpatizantes de la MMT a idealistas empalagosos. Kelton y otros adeptos a la teoría parecieran estar en un viaje desde el exterior hacia el interior del sistema.

Sus consecuencias

Sin embargo, a pesar de toda la tinta digital que se ha vertido sobre la economía pura de la teoría en semanas recientes, causa sorpresa que casi no se hayan debatido las consecuencias prácticas del funcionamiento de la política económica.

Por ejemplo, una idea central detrás de la teoría es que el Congreso debería gastar dinero como le plazca, y que para llevar a cabo esas ambiciones de gasto sus únicas limitantes sean los recursos disponibles en el mundo real relacionados con la mano de obra y los materiales. En este modelo, la señal que necesita el gasto para ser controlado o para que aumenten los impuestos es la inflación.

Sin embargo, tal vez sea demasiado esperar que el Congreso se mueva con visión y sensatez al momento de meter los frenos en el momento adecuado. Los funcionarios electos han tendido a mostrar justo los instintos opuestos de los defensores de la MMT. En 2011, el Congreso exigió una reducción del déficit en un momento en el que había riesgos de deflación y un crecimiento débil. En 1981, el gobierno de Reagan y el Congreso promulgaron recortes fiscales y aumentos en el gasto militar en un momento en el que la inflación tenía dos dígitos.

Está bien criticar el desempeño de la Reserva Federal —una institución cuya principal responsabilidad es estabilizar la economía bajo el sistema económico actual— por haber tomado malas decisiones a lo largo de los años. No obstante, es poco probable que cualquiera que haya escuchado las preguntas a veces disparatadas sobre la Reserva Federal que se han hecho en las audiencias del Congreso durante la última década llegue a la conclusión de que los legisladores tienen un mejor entendimiento de la política económica.

Además, la capacidad de un país de pedir dinero prestado en su propia moneda no es una situación permanente. Es una credibilidad que un país puede ganar o perder, como ha sucedido con innumerables naciones a lo largo de los siglos. La opinión convencional es que esa capacidad se logra con el paso del tiempo por medio de una inflación baja, un banco central independiente, un sistema legal sólido y una buena gobernanza. En esta línea, ¿qué tanta credibilidad tendría Estados Unidos en un mundo MMT?

Un país que imprime su propio dinero no tiene ninguna necesidad de incumplir su deuda. Sin embargo, la historia ofrece muchos ejemplos del resultado de usar la impresión de dinero como una solución para la falta de compradores privados de deuda: un círculo vicioso de inflación en aumento.

Sin duda alguna, los defensores de la MMT estarán preparados para explicar por qué su enfoque no va a terminar en una catástrofe, pero hay un punto más extenso. La propuesta es un reordenamiento fundamental de la manera en que funcionan las instituciones y las prioridades económicas. No estaría mal tener pruebas del concepto antes de implementarlo en la economía más grande del mundo… asimismo, el hogar de la moneda de reserva del mundo.

En verdad, sería fascinante ver cómo un país pequeño —con su propia moneda— se gobierna a sí mismo con los principios de la teoría. Estas son algunas posibilidades: Nueva Zelanda, Noruega, Suiza, Suecia, Israel, Singapur.

Si esos países más pequeños pueden sortear los obstáculos de gobernanza económica en un mundo MMT y lograr un estándar de vida más alto, ¿tal vez habría que escalarlo a un país de talla mediana? Los estamos viendo a ustedes, Australia, Canadá, Reino Unido y Corea del Sur.

No tiene nada de malo desafiar el saber popular, y la teoría monetaria moderna en efecto identifica fallas en la manera en que ha visto el mundo la gente que formula políticas de una forma tradicional. Por ejemplo, el caso sería que un país como Estados Unidos —que pide prestado en su propia moneda— no sea vulnerable al tipo de crisis fiscal que experimentó Grecia a inicios de 2010, contrario a las advertencias de los halcones del déficit estadounidenses.

Sin embargo, el sustento de miles de millones de personas en todo el mundo depende de la idea de que Estados Unidos —con su importancia central en la economía y el sistema financiero globales— no hará un mal trabajo.

Tal vez la gobernanza macroeconómica debería tener su propia forma de juramento hipocrático: primero, no lastimarás.

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