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Adiós, socialismo, adiós

El PIT-CNT está llevando al país al holocausto: está torpedeando la demanda laboral y desobedece, cuando le conviene, a la OIT

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05 de diciembre de 2017 a las 05:00

En un mundo que tiembla ante la pérdida de puestos de trabajo debido al uso creciente y generalizado de la robótica y la tecnología, Uruguay está llegando a la escasez de empleo aun antes de que arribe la tan temida invasión de bots y apps. Un logro notable. Como se ha dicho hasta el aburrimiento, esta es la consecuencia instantánea del accionar del PIT-CNT, que supuestamente defiende al trabajador a capa y espada, pero que en realidad está torpedeando la demanda laboral, teóricamente creyendo que defiende a los trabajadores o haciéndolo creer.

En esta línea de pensamiento no está solo. Hay viejas teorías arraigadas que no han incorporado la aparente paradoja de la oferta y demanda laboral, cuyos principios se empecinan en negar. Un ejemplo muy actual es el caso del puerto, donde el supuesto logro de obligar a un pago mínimo a los trabajadores, no solo encarecerá los costos de todos los productos, sino que afectará las exportaciones, perderá el tráfico paraguayo y herirá de muerte a la actividad portuaria que empezaba a florecer y a sus trabajadores. Simplemente, así no funcionan los puertos en el resto del mundo.
El holocausto al que lleva el PIT-CNT está respaldado por la especial figura de la poliarquía, mecanismo por el cual la central gremial supervisa y condiciona al Frente Amplio del que es parte y luego a toda la sociedad a la que amenaza con sus huelgas, tomas y paros, a veces en una dudosa concepción democrática. Para rematar, desobedece a la OIT, que usa cuando le conviene y ningunea cuando sus decisiones le son adversas, también con efectos fulminantes sobre la inversión. En definitiva, el poder sindical no puede oponerse a las leyes, ni torcerlas ni desacatarlas. Si ese principio no se acepta, no se acepta la democracia.

Otro de los torpedos contra la creación de empleo (por empleo entiéndase el privado, el empleo público es siempre un subsidio) es el gasto del estado en todas sus formas. Lo que se llama el socialismo oriental es un mecanismo inagotable y creciente de destrucción de puestos de trabajo. Al obligar a aspirar recursos del sector privado con cualquier formato, frena la inversión y también la creatividad, conceptos que, de nuevo, el retrosocialismo niega absolutamente, porque piensa que la innovación es un hecho dado, que ocurrirá sin el motor de la ambición. El gasto público, por su ineficiencia y burocracia inherente, tiene otros efectos negativos, como se verá.

La tercera arma en la panoplia socialista es la nacionalización de ciertos servicios y actividades supuestamente estratégicas. La energía en todas sus formas, el transporte aéreo y ferroviario, los puertos y lo que vaya pintando. Los resultados históricos de esta concepción eximen de demasiados análisis. Incluido el proyecto de Pluna, finalmente un emprendimiento a riesgo y con criterio estatal, disfrazado de emprendimiento privado. En un previsible contrasentido, hoy la población protesta por los altos costos de los servicios, de los que se suponía que el estado la iba a preservar al impedir la voracidad del privado, atributo que ha clonado, pareciera. De paso, esa estructura de cuasiempresas estatales las protege de todo control serio y profesional, con lo que se producen los agujeros negros por donde se va a raudales el bienestar del pueblo. Otro clásico de los sistemas llamados de planificación central, o de gestión estatal; socialismo, en resumen.

El otro punto esencial al empleo y al bienestar es el tipo de cambio. En otra paradoja, se prefiere un tipo de cambio bajo, (o un peso apreciado) porque eso aumenta el consumo, lo que además hace ganar elecciones. Esa paradoja es inherente al socialismo, que termina siempre adoptando los principios motores de la economía libre pero sólo la mitad que le conviene. Tiene sentido repasar la teoría. El tipo de cambio no surge porque un gobierno determine devaluar o revaluar. Eso es una mentira de patas cortas que estalla muy pronto. La economía uruguaya, exportadora de materias primas, tiene contenido el dutch desease, la enfermedad holandesa. Implica que la entrada de dólares con poco valor agregado y con poca demanda de insumos importados, empuja a la baja el tipo de cambio, o sea revalúa la moneda local.

Eso no se arregla con un decreto o con una decisión del Banco Central, cuyos efectos duran siempre pocos días. Eso se arregla bajando el déficit fiscal y al mismo tiempo permitiendo y fomentando la importación. Y a esta altura del análisis, suele surgir el argumento de que la importación no tiene restricciones en Uruguay. Eso es sencillamente mentira. Si no, no se estaría pagando por una PC más del doble de lo que vale en Chile, o el triple por un auto. Ni tampoco existirían tantas resistencias a los tratados de libre comercio.

La importación equilibra el tipo de cambio e incrementa exponencialmente la actividad comercial y de los servicios conexos, con lo que aumenta rápidamente el empleo. Imagine el lector un escenario donde un iPad, un electrodoméstico o un auto costaran la mitad que hoy. Eso es lo que está pasando en el resto del mundo y lo que ha ocurrido siempre. Esa apreciación del peso ahuyenta también el empleo, sin necesidad aún de robots. Y la ausencia de empleo es la ausencia de bienestar general. Sin embargo, el proteccionismo se aplica siempre bajo el rótulo del cuidado del empleo, una estafa intelectual.
La combinación de las tres situaciones apuntadas es mortal para el crecimiento, el empleo y el bienestar, como esta columna ha sostenido repetidamente ante la reiteración de los errores conceptuales. La empecinada insistencia en un sistema que se muerde la cola, atribuyendo sus pobres resultados a malas gestiones y no al criterio de base en sí, es un error más grave que todos los otros.

Obsérvese el caso de los cincuentones. Se va a quemar una fortuna en resolver un problema creado por el propio Estado, con una decisión empecinada, dentro de un régimen generosísimo de jubilación a los 60 años. Si se elevara hoy la edad jubilatoria a 65 años, como inexorablemente ocurrirá en uno o dos años, el problema se esfumaría por un simple cálculo matemático. El costo de tanta sensibilidad lo pagará la sociedad. Y el sector más necesitado. Socialismo buenudo. Se podría agregar aquí alguna predicción sobre esa suerte de serie de TV que es la radicación de UPM, que podría reducirse a una inecuación: con este PIT-CNT no existe UPM2.

La evolución de esta globalización, con el agregado de los furiosos cambios tecnológicos, con una competencia universal por el empleo, más el otro furioso cambio financiero que está en marcha, probablemente implique el surgimiento de un nuevo capitalismo. Pero con seguridad, ya está decretando el fin de todo tipo de socialismo, con cualquier rótulo. Y mucho más rápidamente en las economías pequeñas. Algunos países lo comprendieron hace tiempo, lo han abandonado y muestran ya el efecto de ese cambio. Otros lo están haciendo. Habrá algunos que necesitarán pasar por el drama y el golpazo contra la realidad para entenderlo. Cada uno elige.
La democracia permite que la mayoría se equivoque. Lo que no evita es el dolor del error. l
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