Un bosque inundado por la luz fría del invierno boreal. Un sendero tapizado de hojas como si fueran de oro y que crepitan a cada paso. Una voz que viene se escapa entre los altos abedules. El espíritu queda en suspenso. El mundo se ha detenido un instante. Todo es misterio. “Qué es esto que me traspasa de luz y percute mi corazón sin herirlo” se preguntaría San Agustín. Eso es la música de Arvo Pärt. Es el numen que canta. Es My heart’s in the Highlands, una canción compuesta sobre versos del poeta romantico escoces Robert Burns del disco Triodion de 1998. Pocas notas. “Pärt hace resonar cada nota en su plenitud” (Bjork). Notas que van con la respiración humana. Exhalan e inhalan. Lentamente se van tensando. Armonías como redes se van tejiendo alrededor del alma. Coros que surgen en tenues disonancias desde el fondo de una catedral en penumbras. Susurros que se van arremolinando hasta un estallido extático místico y entregado. Así la música de Arvo Pärt. Y lo que se llena es el espíritu. Es el Miserere de 1991.
El corazón resonante de un viejo monje muere meditando en un templo budista. Es la más bella soledad.
Arvo Part, el genio de la música espiritual
Tanto el mundo pop como el vaticano lo premian y reconocen. Artistas de vanguardia como Bjork idolatran su música espiritual y penetrante.