8 de julio de 2011 19:22 hs

Un bosque inundado por la luz fría del invierno boreal. Un sendero tapizado de hojas como si fueran de oro y que crepitan a cada paso. Una voz que viene se escapa entre los altos abedules. El espíritu queda en suspenso. El mundo se ha detenido un instante. Todo es misterio. “Qué es esto que me traspasa de luz y percute mi corazón sin herirlo” se preguntaría San Agustín. Eso es la música de Arvo Pärt. Es el numen que canta. Es My heart’s in the Highlands, una canción compuesta sobre versos del poeta romantico escoces Robert Burns del disco Triodion de 1998. Pocas notas. “Pärt hace resonar cada nota en su plenitud” (Bjork). Notas que van con la respiración humana. Exhalan e inhalan. Lentamente se van tensando. Armonías como redes se van tejiendo alrededor del alma. Coros que surgen en tenues disonancias desde el fondo de una catedral en penumbras. Susurros que se van arremolinando hasta un estallido extático místico y entregado. Así la música de Arvo Pärt. Y lo que se llena es el espíritu. Es el Miserere de 1991.
El corazón resonante de un viejo monje muere meditando en un templo budista. Es la más bella soledad.

Simple y profundo
Minimalismo. Minimalismo Sacro. Canto gregoriano actual. Polifonía experimental. Muchas etiquetas para una música que no se puede definir, que no se deja encasillar. Una música que suena ancestral pero, cosa extraña, suena absolutamente actual. Sin embargo, mucha de esa música que hoy nos suena tan actual fue compuesta a contramano de las modas culturales y en un oscuro rincón olvidado del gélido imperio soviético.

Arvo Pärt pasó de una primera etapa neococlásica a la “obligada” etapa dodecafonica y serialista tan apreciada por la nomenclatura soviética. Pero su creatividad se estancó y le sobrevino una crisis de identidad musical y espiritual. Entonces, el joven compositor se lanzó a una profunda introspección personal. Encontró refugio en la música. antigua y sacra, en el canto gregoriano, la polifonía renacentista y en las tradiciones religiosas de la iglesia ortodoxa rusa. Eran los años setenta.

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En occidente estaba en su clímax el movimiento del rock progresivo y las experimentaciones disonantes electroacústicas de los compositores “serios” o “cultos” del momento. Sin embargo a Arvo Pärt no le interesaron estos modismos. Él consagró todo su arte a la música religiosa. Eliminó adornos innecesarios, limpió sus composiciones de disonancias hirientes para el oyente, buscó melodías amables, armonías claras, buscó profundidad emocional a través de la simplicidad musical. Hasta en su aspecto físico cambió: su aspecto es el de un monje asceta. Esta búsqueda por una nueva estética que se opusiera a las vanguardias orquestadas desde el Olimpo soviético fue una reacción espontánea de los compositores (Gorecki el más notable de todos) en diferentes países del bloque comunista.

En occidente, compositores como Philip Glass o Steve Reich también intentaban oponerse a los modismos del momento con sus propias concepciones de un estilo más minino, despojado y contrapuntístico de la música. En todos los casas, estos compositores fueron ignorados por los grandes ellos discográficos y por lo tanto por el público más masivo, aproximadamente hasta mediados de la década de 1980.

Desde el cine
Puede decirse que con la película Koyaanisqatsi la música de Glass se hizo notar mundialmente. En el caso de Arvo Pärt, su música se hizo muy conocida gracias al productor Manfred Eicher fundador del ello ECM. Este sello se dedica desde 1984 a difundir la música minimalista de compositores como Pärt, Gorecki y muchos más.
A partir de la caída del muro de Berlín, caen también unas cuántas barreras estilísticas y tanto en el ambiente serio de la música como en el pop se comienza a aceptar este tipo de música más simple y amable al oído pero que, al mismo tiempo es más profunda en su impacto emocional.
Varias producciones cinematográficas ayudaron a difundir las obras de estos compositores. Glass ha compuesto mucho para el cine, hasta demasiado dirían algunos críticos.

El caso de Part es distinto, ya que su música es utilizada, el no compone para el cien directamente, eso lo mantiene fuera del asfixiante circuito comercial.

En Da Pacem Domine (2004) se diría que se está escuchando música atmosférica ambiental de Brian Eno, pero son voces humanas entrelazadas que van elevando el espíritu del oyente poco a poco hasta dejarlo en suspenso flotando sobre el bosque boreal y que dulcemente lo dejarán caer entre las crepitantes hojas de oro del invierno.

“Me gusta su música porque le da espacio a quien al escucha, no hay que pensar, hay que sentir, escuchar…”, dice la cantante islandesa Bjork. Otra razón más que potente para acercarse a la música de Part.

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