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China y las barreras autoimpuestas

No hay ningún otro país del G20 que iguale la relación que China tiene con Uruguay en este momento

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15 de septiembre de 2018 a las 05:00

El presidente. La vicepresidente. El canciller y el vicecanciller. Ministros, intendentes y jerarcas de varias dependencias del Estado, entre ellos del Banco Central. Empresarios. La lista de delegaciones uruguayas que visitaron China en este período supera por varios cuerpos a cualquier otro destino con el que Uruguay tenga relaciones. En esas visitas hubo, reuniones, comidas, regalos, conferencias, paseos, pompa. ¿Con cuántos países del G20 sucede esto con esta frecuencia?

Intuitivamente se podría hipotetizar que ese movimiento tiene que ver con los más de US$ 1.700 millones que Uruguay le vendió al gigante asiático durante 2017, con el hecho de que China se haya posicionado como el principal país cooperante o incluso con la llegada de inversores chinos que desembarcan al oriente del Río Uruguay en obediencia a la recomendación de su gobierno.

Y aunque todo eso es una realidad, la profundización del vínculo en el año del cumplimiento de las tres décadas de relaciones diplomáticas desde que el primer gobierno de Julio María Sanguinetti logró salir del cerco taiwanés obedece a una decisión política que no ha sido lo suficientemente advertida: el compromiso que asumió el presidente Tabaré Vázquez de ir a fondo para ensanchar la puerta de acceso en esa parte del lejano oriente.

Así lo defiende el canciller Rodolfo Nin Novoa, que en seis meses se vio dos veces con su par chino Wang Yi. “La relación es excelente. Hay múltiples señales que así lo demuestran”, dijo el ministro, quien el próximo mes volverá a China en una visita oficial.  

Ese compromiso se aprecia en los múltiples acuerdos que se han logrado en los últimos meses que adelantan la posibilidad de lograr en algún momento mejores condiciones de acceso para los productos y servicios uruguayos. 

La formación de un grupo de trabajo en materia de servicios para iniciar la negociación en esta área clave del comercio y la reactivación del mecanismo de diálogo entre el Mercosur y China con una reunión a nivel de vicecancilleres el próximo 18 de octubre señala el intento de Uruguay por mover el diálogo comercial con Beijing durante su presidencia pro témpore.

Esta situación se contrasta con la secuencia de malas noticias que surge cada vez que culmina una nueva ronda de negociaciones con la Unión Europea, un tratado que tiene respirador hace dos décadas y en el cual se ha invertido tanto que se corre el riesgo de celebrar cualquier cosa.

El 28% del comercio uruguayo viene de China. No hay ningún país europeo que por sí solo pueda competir con eso. El incremento del comercio y la balanza comercial favorable a Uruguay se robusteció desde el establecimiento de la asociación estratégica, a pesar del horror que constituyó la menguada zafra de soja que impactó en las exportaciones. Eso también significa que la matriz de exportaciones a China se fue diversificando. Pero el gobierno cree que hay más tela para cortar.

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Son conocidas las trabas que el gobierno deberá sortear en su camino hacia el TLC así como las oportunidades que ese acuerdo tendría para ofrecer, sobre todo cuando los competidores directos de Uruguay tienen ventajas competitivas para ingresar sus productos.

Hay quienes no quieren imaginar la discusión que un posible acuerdo comercial con China traería –ya no en el Mercosur– sino en la interna del oficialismo. Pero lo que hay que entender es que un tratado con la segunda economía más importante del mundo incorporaría u omitiría algunos de los elementos que los sectores más vocales del Frente Amplio han pedido: un estudio de factibilidad conjunto, la ausencia de un capítulo de compras públicas y la omisión de normas de propiedad intelectual, un tema que resultó sensible para la coalición de izquierda durante la discusión del tratado con Chile que entró en vigor hace pocos días. Ninguno de esos dos últimos elementos suele estar presente en los tratados que China ha negociado en el pasado.

En la historia de las relaciones entre ambos países ha sido notoria la influencia de los empresarios. La cancillería de Enrique Iglesias difícilmente hubiera podido avanzar en el establecimiento de las relaciones diplomáticas sin el empuje de los laneros uruguayos. Lo mismo se debería esperar en este momento. Pero no todos están dispuestos a sacrificar la comodidad conocida para aventurarse a lo nuevo. Que no haya unos cuantos apellidos Chang en la vuelta hace la diferencia, por supuesto. Pero, como todo, la primera barrera autoimpuesta siempre es la del conocimiento. 

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