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Dune se estrenó este jueves 21 en Uruguay

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Cineastas derrotados y proyectos fallidos: el largo y difícil camino de Dune para llegar al cine

Este jueves se estrenó en cines Dune, una monumental adaptación de un clásico de la literatura que hasta ahora tuvo un vínculo esquivo con el séptimo arte

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23 de octubre de 2021 a las 05:04

El camino de Dune del libro a la pantalla fue tan arduo como una travesía por las arenas del planeta Arrakis, el escenario principal de esta saga literaria que luego de algunos pasos en falso tiene desde este año una versión cinematográfica digna. Fue un trayecto que tardó 56 años, se cargó a un par de cineastas ilustres en el camino y le valió al libro el mote de “infilmable”. Un título que ya se sacó de encima, y cuyos resultados pueden comprobarse en las salas de cine uruguayas desde el pasado jueves.

Pero vamos desde el principio. Aunque se trata de una obra de ciencia ficción, el origen de Dune está en un artículo periodístico. Frank Herbert, autor de la novela, escribía tanto relatos de ese género como notas para distintos diarios y revistas. En 1959 una revista le encargó un artículo sobre las dunas de Oregón, ubicadas en ese estado del noroeste estadounidense, que el gobierno estaba intentando contener ya que los movimientos de la arena se estaban devorando los alrededores.

El artículo nunca se escribió. Pero el tema quedó rondando en la cabeza de Herbert, que siguió investigando, escribiendo, imaginando y reescribiendo. Seis años después, y tras veinte rechazos en editoriales, una que estaba especializada en manuales de reparación confió en el proyecto y la publicó.

Dune fue un éxito inmediato, no solo entre los fanáticos de la ciencia ficción. Conectó con algunas preocupaciones y temáticas de su tiempo –desde los movimientos por el cuidado del medio ambiente y el consumo de drogas alucinógenas, hasta el lugar del petróleo en la sociedad moderna y la colonización–, pero terminaría trascendiendo épocas. Es, a su género, lo que El señor de los anillos a la fantasía medieval: libros que, si bien se adscriben a un género específico, pasaron a integrar el canon de la literatura del siglo XX en general.

Y tal como ocurre en la obra de Tolkien, detrás de las naves espaciales, los duelos y las batallas, hay por detrás una filosofía, un mundo construido sobre algo más firme que una buena trama o una profusa imaginación. En el caso del británico, fueron los lenguajes y las leyendas europeas; aquí la influencia son las religiones contemporáneas, la historia humana, la filosofía y los psicotrópicos.

La de Dune es una historia ambientada en el futuro lejano. La humanidad ha colonizado buena parte del universo, y está reunida bajo el estandarte de un Imperio. Como una suerte de poder paralelo, las grandes familias aristocráticas (en teoría sometidas al emperador, que da y quita territorios) pelean entre sí por más poder, influencia y dinero. Una de ellas, los Atreides, recibe la concesión para explotar Arrakis.

A simple vista es un planeta yermo, desértico, donde si no te mata el sol te matan los gusanos gigantes que lo recorren, pero que tiene en sus arenas el material más preciado del universo: la especia. Un polvito rojo que permite vivir más, y que es utilizado por los humanos para pensar mejor, para emular las capacidades de las computadoras –prohibidas desde hace milenios en este universo– y así poder viajar por el espacio.

El regalo del Emperador es, como se dice vulgarmente, “una cama”. Los Atreides vienen acumulando poder y son una amenaza para el trono. La concesión agitará a los anteriores dueños de Arrakis, los Harkonnen, y los hará atacar a los Atreides, provocando así su muerte o su ruina.

En el medio de todo eso está Paul, el heredero de la casa Atreides, que termina metido en una aventura épica que lo perfilará como un posible mesías universal y lo destinará a convertirse en un personaje tan temido y odiado como amado y venerado.

¿Planeta desértico, un Imperio galáctico, un joven héroe que pelea contra villanos grotescos, como en Star Wars? Si, claro. ¿Familias feudales que pelean, se traicionan y buscan poder político como en Game of Thrones? También. La huella de Dune y la influencia de Herbert permea en obras tan dispares como esas, y que la han superado en popularidad. Dune es conocida, si, pero no a ese nivel.

Quizás la gran dificultad de Dune sea que es difícil entrar en su universo. Herbert no explica nada, nos tira de cabeza en un mundo lleno de terminología extraña, con una estructura particular, con ideas y filosofías ajenas. Un mundo donde, básicamente, todos saben algo que nosotros no. Y así mantiene al lector durante el primer cuarto de la novela. Si se pasa esa barrera, no se sale más.

Esa complejidad es uno de los componentes que hicieron tan difícil su traslado al cine, pero no fue el único. Las producciones anteriores tuvieron particularidades que las hicieron perderse en la tormenta de arena y estrellarse en las dunas.

El fracaso inicial

El primer intento serio y concreto de llevar Dune al cine fue en la década de 1970. Antes hubo otros pero nunca lograron despegar del todo. En 1974, un grupo de productores franceses adquirieron los derechos de la novela y le hicieron una oferta al artista chileno Alejandro Jodorowsky para que la adaptara.

Conocido tanto por sus películas lisérgicas como por su trabajo como escritor e historietista, Jodorowsky primero se negó a leer el libro, según cuenta en el documental Jodorowsky’s Dune, enfocado en el proceso de esta película. Al final accedió, y maravillado con la obra de Herbert, decidió crear una película “que te hiciera sentir las alucinaciones del LSD sin que tuvieras que tomar LSD”.

El chileno reunió a un verdadero dream team. El artista suizo H.R. Giger para realizar algunos diseños, el dibujante francés Moebius para dibujar los storyboards de toda –toda– la película, a Pink Floyd y a la banda francesa Magma para la música original, a Salvador Dalí, Orson Welles, Mick Jagger y David Carradine para el elenco, que estaría liderado por su propio hijo, Brontis Jodorowsky, en el papel de Paul Atreides. Para eso lo puso a entrenar seis horas al día lucha cuerpo a cuerpo, con armas y a leer filosofía.

Jodorowsky y su superbanda hicieron la preproducción, cuidada al detalle y reunida en un mastodóntico libro que se le llevó a todos y cada uno de los grandes estudios de Hollywood, con la intención de recaudar los US$ 15 millones necesarios para empezar el rodaje. Pero nadie abrió la billetera. Era demasiado para un proyecto tan extravagante, y para financiar a un director exitoso en el circuito de culto, pero que quería hacer una película de cuatro o cinco horas.

Más allá del chasco, el legado de esa versión frustrada de Dune permeó en otras obras. Parte de los diseños del director y de Moebius se usaron para el comic El incal; Giger y otros de los artistas de la película terminaron trabajando en Alien, algunas de las escenas ideadas para la película se tradujeron en otras obras clásicas, desde Star Wars hasta Flash Gordon. Y Jodorowsky también tendría su pequeña venganza una década después.

El segundo fracaso

Dino De Laurentiis fue un mítico productor cinematográfico italiano, encargado de llevar el cine de su país fuera de fronteras con películas como La Strada, que luego se convirtió también en un magnate productor de Hollywood. Entre sus más de 500 créditos cinematográficos se encuentra la segunda versión de Dune, estrenada en 1984, y que casi aplasta para siempre la carrera de otro director conocido por sus películas surrealistas y meditativas.

David Lynch venía de hacer la oscarizada El hombre elefante, y ya se había perfilado como uno de los grandes directores jóvenes del cine estadounidense. Tras haberle dicho no al Retorno del Jedi, fue convocado por el italiano para dirigir y escribir Dune.

Luego de un turbulento rodaje en México, en el que el productor recortó el presupuesto por donde pudo, lo peor vino en el momento de la postproducción. En su libro de memorias Espacio para soñar, Lynch cuenta que más allá de sus percances, el rodaje mexicano fue una buena experiencia. Pero la etapa de edición “fue horrible, horrible de verdad". "(Era) una auténtica pesadilla lo que le estaban haciendo a la película para ajustarla a las dos horas diecisiete minutos que querían que durase. Se truncaron escenas y se añadieron voces en off susurradas, pensando que el público no entendería nada de lo que estaba pasando”, recuerda.

El problema, cuenta Lynch, no era De Laurentiis, a quien adoraba, sino su faceta profesional, interesada puramente en el dinero. “Imagínese pasar horas y horas pintando un cuadro y que luego venga alguien, corte el lienzo por aquí y por allá y deseche lo que le parece que sobra; ya no es tu cuadro. Y Dune no era mi película”.

La versión de Dune de Lynch, es, por decirlo de una forma amable, una deposición de principio a fin. Efectos especiales que causan risa, la incomprensible presencia de Sting en una zunga de metal, y una trama que por momentos se hace inentendible. Hay toques de Lynch por aquí y por allá, en los diseños y en algunas ideas que se ven en la pantalla, pero el resultado final está lejos de hacerle justicia al material, y el director es el primero en reconocerlo. Desde entonces ha renegado de esta obra, y nunca más intentó meterse en una superproducción.

Dune se iba a estrenar en 2020, pero la pandemia la postergó

Jodorowsky, por su parte, cuenta en el documental que cuando fue al cine a verla, completamente derrotado, no lo podía creer. Se iba irguiendo en el asiento de la sala, cada vez más feliz porque no habían podido con Dune. Lo lamentó por Lynch, pero en la película comparte la opinión del director: “Eso no era una película de Lynch, era del productor”.

La tercera, ¿es la vencida?

Desde entonces se han hecho miniseries de televisión, videojuegos y otros intentos fallidos de llevar la historia al cine. Hasta que hace cinco años, los engranajes empezaron a moverse de nuevo. El director elegido fue el canadiense Denis Villeneuve, uno de los autores más destacados del cine contemporáneo–claramente Dune exige de cierta visión personal al momento de ser adaptada, lo que la diferencia de otros blockbusters actuales, producidos casi en cadena de montaje–, responsable de películas como La llegada o Blade Runner 2049.

La última amenaza para el proyecto fue la pandemia, que obligó a postergar su estreno casi un año. La postergación llevó a que Warner, el estudio responsable de la película, decidiera estrenarla en simultáneo en las salas y en su plataforma de streaming HBO Max, lo que hizo que Villeneuve pusiera el grito en el cielo. Mejor dicho, un reclamo a través de una columna de opinión en la revista Variety, que hizo que Warner echara para atrás.

Y entonces Dune llegó de nuevo al cine. Y cumplió.

Una avasallante introducción

Timothée Chalamet como Paul Atreides

La Dune (o Duna, como se la ha traducido) de Denis Villeneuve es monumental. Es opulenta. Es grandiosa. Se ve, se escucha, y se siente como una película titánica. Los personajes humanos empequeñecen ante las dunas infinitas, ante las naves y los palacios que desbordan la pantalla. Aquí no hay nada pequeño, ni en lo visual, ni en lo narrativo, ni en lo temático.
Dune, entonces, puede ser demasiado. Sus dos horas y media se sienten, pero la oferta es tan majestuosa que a veces se hace fácil perder la noción del tiempo. La ayuda un sólido trabajo a nivel general de su elenco, con Timothée Chalamet cargando con soltura el peso de ser Paul Atreides, Oscar Isaac entregando a su padre, el duque Leto, una sabiduría pero también una fragilidad y vulnerabilidad impresionantes, y a Zendaya como una suerte de ser fantástico que con apenas algunas miradas, frases y presencias, logra convertirse en un misterio del que queremos saber más. Una banda sonora portentosa y memorable rodea el paquete que, como ya le había pasado al director en Blade Runner 2049, logra mezclar en un solo lugar el trabajo de un autor con lo que pide el cine pochoclero.
No es tarea fácil lograr eso con Dune, y sin dudas los que no llegan a la sala empapados más o menos en el folclore de Herbert lo tendrán un poco más difícil, pero a diferencia de la versión de Lynch, aquí la densa y compleja trama está planteada con criterio y claridad.
Claro, es que esto es apenas una parte del relato. Hollywood no lo dijo abiertamente hasta ahora porque no quiere alienar público potencial, pero esto es oficialmente Dune: primera parte. Es apenas la mitad del libro, y se nota que es una película que tiene la misión de presentar a este mundo y dejar planteado un conflicto que se resolverá en la segunda entrega. Es tan así, que el final puede sentirse anticlimático por su escala, aunque narrativamente tenga poder.
¿Existirá eventualmente esa segunda parte? Eso dependerá, porque el cine no deja de ser un negocio, de que tanto rédito genere esta primera mitad. Sería doloroso no ver la conclusión de este relato, y en cierta forma si eso pasa se confirmaría que Dune lo tiene complicado al momento de traducirse al cine sin perder su carácter.
Pero este primer paso invita a creer que habrá futuro, aunque solo sea por la cantidad de talento que hay en esta adaptación. Hay un mundo bien construido y bien transportado a un medio diferente, que tendrá como principal obstáculo lograr que el público menos familiarizado con Arrakis no se pierda en sus arenas cargadas de mitología y ecos religiosos.

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