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Donald Trump en la India hinduista y sectaria de Narendra Modi

La autodenominada “mayor democracia del planeta”, legado secular de Gandhi y Nehru, es hoy un Estado casi confesional, que reprime y discrimina musulmanes y bloquea poblaciones enteras

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24 de febrero de 2020 a las 05:00

"A la medianoche, mientras el mundo duerme, India despertará a la vida y a la libertad”. Fueron las palabras de Jawaharlal Nehru, compañero de lucha de Mahatma Gandhi y quien poco después se convertiría en el primer primer ministro de la India, anticipando la apoteosis de su país. La medianoche a la que alude es la del 14 de agosto de 1947, cuando el Imperio Británico finalizaría los largos 347 años de ocupación y la India declararía por fin su independencia.

Lo que tal vez Nehru no anticipó entonces fue que aquella histórica medianoche no solo sería el despertar de la India a la libertad, sino también a un encarnizado conflicto religioso que lleva siete décadas dividiendo y desangrando al subcontinente. 

Junto con el acuerdo de independencia, vino lo que se dio en llamar la “partición” de la India; esto es, la creación de dos Estados conforme a sus dos religiones mayoritarias: uno para los hindúes, que luego sería la República de la India, y otro para los musulmanes, que se convertiría en Pakistán.

En el medio quedaría, como una cuña india entre lo que entonces se llamó Pakistán Occidental y Pakistán Oriental (hoy Bangladesh), el estado de Cachemira, donde la inmensa mayoría es musulmana pero que India aprovecharía al maharajá local para mantenerlo bajo su dominio.

He ahí la madre del borrego. Desde entonces, Cachemira ha sido el nudo de un conflicto que, después de tres guerras indo-pakistaníes, numerosas escaramuzas y 73 años, parece no tener fin.

A partir de la guerra de 1965, Naciones Unidas estableció una “Línea de Control” entre los territorios de Cachemira que hoy administran ambos países; pero el conflicto para Nueva Delhi no ha sido solo con Pakistán, sino también con la población cachemirí, que abrumadoramente rechaza la égida de India. 

Sin embargo, el gobierno indio, aun con enormes dificultades, siempre se las había arreglado para que Cachemira mantuviera su estatus de semi-autonomía. No más. En agosto del año pasado, el gobierno de Narendra Modi revocó de un plumazo la autonomía de Cachemira, rebajando su categoría de estado a territorio; encarceló a miles de personas, entre ellos, todos sus líderes políticos, que continúan tras las rejas; desconectó internet, restringió la telefonía celular, emplazó tropas de ocupación en las ciudades e impuso el toque de queda.

En estos seis meses, pocas cosas han cambiado: los cachemiríes siguen incomunicados con el mundo exterior y entre ellos; el acceso a la región continúa bloqueado, y expresamente tienen prohibido el ingreso los periodistas.

La situación ha sido denunciada por organizaciones de derechos humanos y hasta en el Parlamento británico. Pero el gobierno de Modi no afloja y sigue esgrimiendo que todo es parte del combate al terrorismo. 

Ese es el país al que el presidente estadounidense Donald Trump llegará este lunes 24, como parte de una visita de dos días invitado por el propio primer ministro indio.

Nacionalista hindú en Delhi

Modi llegó al poder en 2014, tras ganar las elecciones con amplias mayorías legislativas. Y en mayo del año pasado fue reelecto, otra vez con sólidas mayorías para la coalición encabezada por su partido el BJP, Bharatiya Janata Party (Partido Popular Indio). Pero el hoy mandatario de la que siempre se ha jactado de ser “la mayor democracia del planeta” es un nacionalista hindú. Y lo ha sido toda su vida. 

De hecho, el BJP es el brazo político del viejo movimiento supremacista hindú y anti-islámico Rashtriya Swayamsevak Sangh, mejor conocido por sus siglas RSS, (Organización Patriótica Nacional). Desde muy temprana edad, Modi militó en el RSS, y recién pasó a integrar las filas del BJP como cuadro político a los 37 años.  

Pronto escalaría posiciones dentro de la agrupación y no decepcionaría a sus viejos mentores radicales: como ministro gobernador del estado de Gujarat, se lo acusa de haber jugado un papel no menor en los disturbios de 2002 contra la población musulmana, cuando cerca de 2000 personas fueron asesinadas y hubo más de 150.000 desplazados.

Del mismo modo hoy, como primer ministro, la persecución de Modi no se limita a Cachemira, sino que se extiende a los 200 millones de musulmanes que habitan en toda la geografía india. En diciembre, no contento con haber revocado la autonomía a Cachemira, su partido promovió y aprobó en el Parlamento una ley de ciudadanía que otorga la nacionalidad india a individuos de todas las religiones menos a los musulmanes.  

Ello le ha valido un sinfín de protestas, que estos dos meses se han extendido por toda la India, y en las que participan musulmanes y no musulmanes también.

Pero en líneas generales, Modi parece tener vía libre para sus políticas más sectarias. Modi y el BJP han convertido a la islamofobia y la discriminación en rasgos no solo aceptables dentro de la política de la India, sino también deseables. Al tiempo que, como señala The New York Times, “han hecho inaceptable para cualquier político hablar de igualdad de ciudadanía y derechos civiles para los musulmanes”.   

La idea es convertirlos en ciudadanos de segunda. Y lo están logrando. La retórica islamofóbica, la apelación a viejos agravios y a los resentimientos más inveterados van creando una atmósfera de vindicación tribal, que luego justifica las políticas represivas y discriminatorias más descabelladas.  

Como bien dice Dexter Filkins en un formidable artículo sobre Modi publicado en la segunda edición de diciembre de The New Yorker, titulado Blood and Soil in India, Modi y los suyos “han destruido el principal legado de Gandhi y Nehru: el Estado secular”. En su lugar han dado paso a un Estado confesional y nacionalista que discrimina, persigue y reprime.  

“Namasté Trump”

Suena gracioso. Difícilmente podría uno imaginar esas dos palabras juntas en Occidente: Namasté y Trump. La primera es representativa de la “buena onda”, de esa pseudo espiritualidad occidental que llegó a caballo del New Age: budista o hinduista, pacifista, vegano, yogui... La otra podría ser un símbolo de todo lo que esa cultura seguramente abomina, punto menos que el demonio. No, namasté y Trump nunca irían en la misma frase.

Pero namasté es, desde luego, el saludo habitual entre los hindúes. Y Namasté Trump es el nombre del evento con el que Modi agasajará el martes 25 al presidente estadounidense en un estadio de cricket de Ahmedabad, en el estado de Gujarat, de donde Modi es originario.

Una manera de retribuirle a Trump el gesto del pasado setiembre, cuando ambos encabezaron un multitudinario mitin en Houston, Texas, que se llamó Howdy Modi (howdy es el saludo informal en los estados sureños de Estados Unidos, como Texas, contracción de how do you do?).

El caso es que el primer ministro indio espera usar la visita de Trump para lavarle un poco la cara a su gobierno, después de meses de presión internacional y señalamientos por la ocupación de Cachemira y discriminación de los musulmanes.

Sin embargo, el neoyorquino no ha de ser un huésped del todo confiable en tales circunstancias. Sus salidas de tono o, cuando menos, su proverbial indiscreción puede meterlo a uno en problemas.

En julio pasado, sin ir más lejos, Trump dijo en rueda de prensa junto al primer ministro de Pakistán, Imran Khan, que Modi le había pedido que hiciera de mediador en el conflicto de Cachemira, algo que cualquiera que conozca un poco del tema y de la historia del conflicto jamás creería. Los indios siempre han rechazado tajantemente la mediación de terceros, incluso han sido consistentemente hostiles hacia el papel de la ONU, y siempre han insistido en que se trata de un “asunto bilateral”.

Esa vez no fue la excepción. Inmediatamente después de las declaraciones de Trump, el ministro de Exteriores de la India negó que tal solicitud hubiera tenido lugar, y volvió a insistir sobre la bilateralidad del asunto sin intervenciones de terceros. Tras lo cual, a su turno, el Departamento de Estado tuvo que salir a componer el desliz del presidente. 

Libertad a la medianoche

En los días que siguieron a aquella histórica medianoche de 1947, tuvo lugar la mayor masacre en la historia de la India, cuando en el caos de la partición, musulmanes e hindúes quedaron atrapados tratando de llegar a las fronteras que les correspondían, en trenes, en carretas o a pie.

Más de un millón de personas perdieron la vida en los disturbios, enfrentamientos, asaltos y otros actos de barbarie. Sucesos que están notablemente narrados y documentados en el imponente libro de Larry Collins y Dominique Lapierre Freedom at Midnight. 

Se describe allí a un canal de Lahore, con sus aguas totalmente teñidas de rojo y repleto de cadáveres flotando río abajo. Más de 70 años después, la sangre del conflicto aún no ha limpiado. 

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