Opinión > CRÓNICA

Ejército y dictadura: mejor hablar de ciertas cosas

El comandante en jefe, el general Gerardo Fregossi, decidió que su fuerza comience a oír y a hablar sobre la historia reciente

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10 de noviembre de 2020 a las 12:31

No fue una actividad más. Al anochecer del 5 de noviembre el público en el auditorio del Instituto Militar de Estudios Superiores estaba compuesto solo por oficiales del Ejército: mayores, teniente coroneles, coroneles y generales. El tema era la “historia reciente”.

Cuando ingresó a sala el ministro de Defensa Nacional, Javier García, los oficiales –entre ellos todos los generales en actividad– se pusieron de pie. García hizo un breve discurso y se retiró. Dijo que lo hacía para que los participantes se sintieran más libres para preguntar y opinar. Al salir el ministro, los oficiales volvieron a ponerse de pie.

Luego habló el comandante en jefe, el general Gerardo Fregossi, y explicó las razones que lo motivaron a realizar esa conferencia, punto inicial de un proceso que pretende que el Ejército modifique su plan de estudios de modo de incorporar la historia desde 1958 hasta hoy, incluyendo la dictadura.

El primer panelista en hablar fue el mayor retirado Marcelo Díaz Buschiazzo, escritor, historiador, con un máster en historia militar y estudiante de arqueología en la Facultad de Humanidades y Ciencias. Las presentaciones debían ser breves. No grabé ni tomé apuntes, puesto que no estaba allí como cronista. Con la ayuda de la memoria, relato aquí algunos puntos –apenas un resumen– de lo que dijimos los invitados.

Díaz Buschiazzo, que tiene 51 años, centró su exposición en cómo cambiaron sus vivencias desde que salió del Ejército y comenzó a actuar en el mundo civil.

Arropado durante años por el espíritu de cuerpo de la fuerza, la salida al mundo exterior fue traumática. Muchas cosas no sabía y para otras no estaba preparado. Llegar a la Facultad de Humanidades y encontrarse con la imagen del Che Guevara fue una de ellas. En los cursos, durante mucho tiempo no se animó a decir que era militar. “Productor agropecuario”, decía, aunque ignoraba todo respecto al campo. Un día se animó a decirlo: “Soy militar”. Fue en una clase de una materia de 64 estudiantes. Fue el único enviado a repechaje y examen.

Habían existido demasiados silencios en su formación militar, cosas que aun siendo historiador no sabía. La conclusión de Díaz Buschiazzo fue que el Ejército necesita hablar de la historia reciente, de un modo plural, porque de lo contrario no prepara a sus oficiales para salir al mundo.

Las ponencias fueron escuchadas en silencio total. No hubo aplausos tras cada intervención.

Luego habló el periodista Nelson Fernández, quien repasó la historia reciente desde los inicios del MLN en 1963 hasta los juicios de hoy por crímenes de lesa humanidad. En su exposición dejó expuestas las inconsistencias del relato tupamaro. Pero su punto central fue que el Ejército se apartó de su esencia como institución al dar un golpe de Estado y encabezar una dictadura que se prolongó durante 12 años.

Ese quiebre en su misión oficial, esa traición a su “esencia”, fue tan brutal y violento –dijo Fernández– que las consecuencias sigue pagándolas el Ejército hoy, a pesar de que sus oficiales ya no son los que dieron el golpe de Estado.

El periodista citó un pasaje del libro Febrero amargo, escrito por el entonces senador colorado Amílcar Vasconcellos cuando el golpe de Estado de febrero de 1973.

Vasconcellos recordaba la dictadura del coronel Lorenzo Latorre y escribía:

“El país está entrando nuevamente a otro ‘período militarista’. Naturalmente, con características diferentes al de entonces. Nuestro Ejército no es el mismo y tiene una formación civilista e intelectual que no era la común en aquella época.

‘Las instituciones’, por otra parte, y el respeto a las mismas, poseen ahora una fuerza de ‘hecho histórico’ que nadie puede negar.

Quien levante la mano para traicionarlas –nadie lo ignora, aunque pueda recoger el momentáneo aplauso de los serviles de turno y de los incautos que rinden tributo al vencedor de la hora– lleva consigo una mancha indeleble que recaerá no solo en su persona, sino que se volcará sobre sus descendientes”.

Fernández, que se apoyó en una presentación en powerpoint, proyectó las palabras de Vasconcellos en la pantalla del auditorio. La siguiente diapositiva tenía recuadrado en amarillo el final de la sentencia: “una mancha indeleble que recaerá no solo en su persona, sino que se volcará sobre sus descendientes”. Y las últimas tres palabras subrayadas en rojo.

Los “descendientes” de los golpistas de 1973 –que no son responsables de los actos de sus antecesores– escucharon y leyeron en silencio las proféticas palabras de Vasconcellos.

Fernández agregó que cargar aquella mochila no es obligación. Pueden cargarla o no, les dijo, depende de si quieren o no hacerlo.

Luego me tocó. Dije lo que digo siempre en estos casos: sobre el pasado reciente cada uno de los actores importantes de aquel momento tiene un relato que se saltea parte importante de los hechos.

Algunos políticos, por ejemplo, resumen la historia así: hubo una guerrilla que les dio la excusa a los militares para dar un golpe de Estado. Omiten asumir que ellos mismos tienen responsabilidades en que la gente perdiera la confianza en la democracia y en no haber sabido impedir su caída.

Los principales referentes tupamaros –por su parte– dicen que el MLN se levantó en armas contra un golpe militar y que usaron una “violencia mínima”, entre otros mitos. En realidad, sus propios documentos dicen que una década antes del golpe iniciaron una revolución cuyo objetivo era instaurar un régimen socialista como el de Cuba. Habiendo optado por la violencia, en ese camino mataron decenas de personas, incluyendo prisioneros inermes y civiles inocentes. Hablé de Juan Bentancor, el capataz de Niboplast al que asesinaron en la calle solo por haber llamado a la policía cuando el MLN copó esa fábrica.

Del mismo modo, continué, las Fuerzas Armadas tienen mucho que asumir. Cuando dieron el golpe de Estado, la guerrilla ya estaba derrotada. Que hubiera habido luego algunos exiguos rebrotes del MLN y que el Partido Comunista tuviera un aparato armado que nunca usó no justificó nunca ni de ningún modo una dictadura que cercenó todas las libertades a todo un país durante 12 años.

También es hora de que el Ejército admita, por ejemplo, que usó la tortura de un modo masivo. Recordé que ya en 1991 el general Hugo Medina reconoció ante el periodista César di Candia haber ordenado torturar prisioneros. Y que desde entonces hubo otros reconocimientos individuales. Sin embargo, hasta hoy no se ha admitido hasta qué punto la tortura se generalizó en los cuarteles. Comenzó como un recurso utilitario (pero aún así, inadmisible) para obtener información y su aceptación fue derivando hacia el sadismo y el tormento gratuito a miles de presos indefensos. Es hora de reconocerlo.

Tampoco –continué– es de recibo insistir con que solo hubo un puñado de muertos en la dictadura y que fueron gente que no soportó “los excesos” en los interrogatorios. Recordé que cuando aparecieron los restos del maestro Julio Castro, uno de los desaparecidos, tenía un balazo en el cráneo.

O sea: ejecutaron prisioneros indefensos. Es un hecho. ¿Qué se gana negando lo ya probado?

Hubo silencio y le tocó el turno al sociólogo Ignacio Zuasnabar.

Basado en mediciones de opinión pública, Zuasnabar mostró que al menos desde mediados de los 90 la imagen de las Fuerzas Armadas es razonablemente positiva. A partir de 2013 la tendencia mejoró más aún. El sociólogo explicó que eso pudo deberse a que la sociedad aumentó su valoración del orden y la autoridad, y también a una mayor presencia militar en tareas de apoyo social, como cuando hay inundaciones.

Sin embargo, a comienzos de 2019 hubo una fuerte caída en esa imagen. En ese período, el recuerdo de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura ganó mucho espacio en la agenda. (Se publicaron las actas del tribunal de honor a Gavazzo e irrumpió en la escena política Cabildo Abierto).

Zuasnabar remarcó que cuando se recuerdan las violaciones a los derechos humanos de la dictadura, la imagen militar cae. Por eso, para repensarse hacia el futuro, dijo que las Fuerzas Armadas deben encontrar el modo de "cerrar" ese capítulo.

Luego llegó el turno de las preguntas. Al comenzar, los organizadores no sabían si las habría, pero las hubo en cantidad, más de las que fue posible trasladar a los panelistas.

Si admitimos la tortura, ¿cómo sabemos que eso será reconocido como algo positivo y que no será usado como un elemento más para castigar a las Fuerzas Armadas? –preguntó uno de los presentes.

¿Es necesario que se haga un mea culpa? –interrogó otro.

De pronto, se estaba hablando allí de todo lo silenciado durante décadas.

Los oficiales del auditorio no fueron los protagonistas de una dictadura que finalizó hace ya 35 años. No les corresponde un “mea culpa” en sentido estricto, porque ellos no estuvieron allí. Pero sí les cabe sincerarse ante los hechos.

Fernández repitió que se puede elegir cargar la mochila o no.

Díaz Buschiazzo, en una entrevista que dio tras le conferencia al periódico La Voz de la Arena, de Juan Lacaze, dijo: “Yo no voy a pedir perdón por algo que no hice. Portamos una mochila llena de piedras que no son nuestras y es momento de empezar a sacarlas”.

En las preguntas, un oficial se quejó de cómo la prensa trata estos temas.

Respondí que cuando vieran un error o un caso tratado sin considerar algún ángulo importante, podían corregirlo, protestar, sumarse al debate. Pero recordé que para discutir y ser escuchado, hay que tener credibilidad. Y para tenerla, no se pueden negar los hechos.

El comandante Fregossi volvió a hablar para cerrar el acto.

Hubo aplausos de cierre.

El primer paso había sido dado.

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