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El ethos de los candidatos y el hombre y el político

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22 de septiembre de 2019 a las 05:05

El ethos de los candidatos

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College

Estimado Leslie:
 

A casi un mes de las elecciones presidenciales, por estos lares ya pululan declaraciones controvertidas, sondeos electorales, propagandas políticas y redes sociales inundadas de “dimes y diretes” de los diversos candidatos presidenciales.  Nada nuevo bajo es sol, Leslie: en tiempos electorales, impregnados de retórica y fake news, distinguir lo verdadero de lo falso es casi tan difícil como encontrar una aguja en un pajar.  No en vano los antiguos, inventores del “menos malo de los sistemas políticos”, aseguraban que la democracia se sostiene y ampara en la parrhesía como práctica del “decir veraz” que requiere, no sólo de la confianza en la naturaleza benéfica de la verdad, sino también de una dosis considerable de coraje para manifestarla. Así, a veces imagino qué pensarían Aristóteles o Pericles de cara al auge del tuiteo entre candidatos presidenciales… Twitter significa “trino de ave” y su creador,  Jack Dorsey, reconoció que eligieron a conciencia este nombre ya que alude a una “pequeña cantidad de información intrascendente, como el piar de un pájaro”. Es impresionante como, veinticinco siglos mediante, sigue vigente la moraleja de Diógenes de Sinope cuando demostró en plena ágora ateniense que un insignificante silbido tiene más enganche que un discurso elocuente para captar la atención del público.  

Pero, como en el mito de Pandora de Hesíodo, la esperanza es siempre lo último que se pierde: después de un cuarto de siglo de pacatería pusilánime en la arena política uruguaya –y enhorabuena para nuestra democracia, no menos vulnerable que otras al virus de la demagogia y el populismo- se recuperaron finalmente los debates presidenciales. Sin embargo, debo reconocer que me sentí bastante desilusionada con los resultados. Fundamentalmente, porque la polémica giró en torno a propuestas básicamente redundantes, argumentos ad hominem y estadísticas cuantitativas, y no en una auténtica confrontación de ideas respecto a los principios o valores que hacen a una buena convivencia social y política. 

El derrumbe de la cortina de hierro en un extremo, y el desencanto generado por las políticas de Estado mínimo en el otro, parecen haber suscitado una difuminación de las fronteras ideológicas en materia política. Casi todos piensan más o menos lo mismo y, así, las discusiones se centran más en los medios para obtener tal o cual objetivo, que en el justeza o valía de los fines establecidos. ¡No me malinterprete, por favor! No es que yo simpatice con la máxima maquiavélica de que el fin siempre justifica los medios. Pero sí pienso que es en la estimación y adhesión a un fin (entendido como un bien) donde se juega y revela el verdadero ethos, o manera de pensar, sentir y ser de un individuo. 

Este ethos no refiere a la vida íntima de los políticos, a la que considero tan innecesario como injusto escudriñar.  Salvo algunos casos particulares –que, tarde o temprano, caen por su propio peso- sus luces y sombras son tan humanas como para abstenerse de “tirar la primera piedra”.  Condicionarlos a que sí o sí deban siempre hacerlo, no es más que un llano y pueril atropello. 

Pero en una democracia representativa los ciudadanos elegimos a quienes van a hablar y decidir por nosotros en ámbitos y temas de la res publica, que a todos nos incumbe e implica. Así, la cuestión se dirime en gran parte por afinidad o simpatía, ya sea ideológica o moral. O, también, por el “sentimiento de aprobación” en base al cual juzgamos a alguien o algo como bueno, según David Hume. Para cumplir con nuestro deber cívico, los electores necesitamos descubrir el ethos de nuestros candidatos, con el cual podemos disentir o simpatizar. Y ni los debates, encuestas o propaganda electoral -¡cuánto menos los intrascendentes piares de Twitter!- son suficientes para satisfacer esa demanda.  

Sin embargo, aún hay espacio y tiempo para que los presidenciables muestren al hombre que da sentido al candidato. Porque pensándolo bien; al fin y al cabo, la candidatura es solamente un medio para concretar las ideas y valores (el fin) de un sujeto o colectivo humano. Claro que un auténtico demócrata debe poseer una gran cuantía de coraje –esa virtud particular que Emil Cioran denominó “potencia del alma”- para realizarlo con genuina integridad.

“Un buen fin descarta, de por sí, a todo medio inadecuado”

Aldous Huxley

 

El hombre y el político

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.

Querida Magdalena:

La uniformidad puede ser algo bueno, si significa que los grandes principios de la convivencia son aceptados por una amplia mayoría social y no están sujetos a perpetuo debate. Si esos principios no fueran compartidos, se produciría lo que describe la antigua sentencia: domus divisa contra se non stabit: la casa dividida contra sí misma no puede subsistir. (Lo hemos comentado otras veces: hoy las democracias están desgarradas por una violencia intestina y la política se ha tornado agresiva, insultante y poco afectuosa).
Pero podría suceder también que esa uniformidad, a la que usted alude, encubra en realidad una grave incompetencia profesional por parte de una generación entera de políticos que pareciera se hubieran puesto de acuerdo para no hacer lo que hay que hacer y dormir, en cambio, la gran siesta de la historia, mirando para otro lado. En mi país, Neville Chamberlain, encarnó a una generación de miedosos irresponsables cuyas políticas de Estado se limitaban a esperar tener la mejor de las suertes y cierto viento en popa. Uno supone que los Pactos de Munich, de septiembre de 1938, se firmaron en la esperanza de que a Hitler le daría un ataque al corazón antes de que se desencadenara la inminente guerra. Porque de lo contrario, es difícil de justificar tamaña ingenuidad.

En cualquier caso, ni cierta uniformidad de fondo entre los políticos, ni la ausencia de ésta, pueden ser tomadas como signos de que se está caminando por el camino bueno (o deambulando por el malo). Porque no hay un único modo de acertar y hacer las cosas bien, ni otro igualmente único de equivocarse y hacer las cosas mal. Dos modos completamente distintos pueden tener los mismos efectos positivos. O al revés, estar equivocados y ser ambos impracticables. 

No: la política no es unívoca. No es como cuando se llama a un albañil para levantar una pared de ladrillos, a la vieja usanza. Si los ladrillos se ponen torcidos o no se ponen, si el cemento está mal hecho o se aplica mal, o en cantidad indebida, la pared se caerá. Si todo se hace según las reglas, la pared se sostendrá. Pero en política, en muchos casos, no sabremos si la pared se tiene en pie hasta que no hayamos intentado construirla. 

Es muy fácil fracasar en política. Y quizás sea mucho más fácil aún fracasar en democracia, donde los tiempos y el ámbito para el ejercicio de los poderes son limitados y están sujetos a cierto escrutinio, y a su eventual revocación. Por eso, creo que es justo mirar a los políticos con cierta benevolencia ya que, más que nadie en el mundo, tratan de ejercer un arte muy difícil. 
En la escena de la serie The Crown en la que se ve a Churchill presentar su renuncia ante la ¡tan joven! Reina Isabel, hay un diálogo muy significativo. La Reina le pregunta al legendario

Primer Ministro si debe darle aviso a su sucesor de lo que le espera; y Churchill le sugiere que mejor no lo haga, pues no sería bueno ser plenamente lúcidos cuando la tarea que toca llevar a cabo tiene altísimas probabilidades de fracasar.

Los ciudadanos gobernados, en cambio, sí deberíamos ser plenamente conscientes de ese hecho. Esto nos hará quizás más comprensivos con los fracasos profesionales de nuestros gobernantes. Pero también nos llevará a no extender indebidamente nuestra indulgencia a los aspectos éticos personales que siempre están involucrados en el ejercicio del poder. 

Porque podemos ser pacientes cuando un político ha llevado a cabo una ineficiente campaña contra la inseguridad. Al llegar las elecciones, evaluaremos darle o no una segunda oportunidad. Pero si, en cambio, aunque haya sido un político exitoso,  se ha comportado de manera deshonesta o no virtuosa, debe irse a su casa sin indultos ni segundas oportunidades. Y es que la democracia puede soportar y sobreponerse a malos gobiernos y a políticas equivocadas. Pero no a la deshonestidad, a la corrupción y, en último término, a la ausencia de virtudes que tienen siempre raíces personales, en la familia y en la educación de los valores profundos. 

Estoy convencido de que el ethos debe referirse, en primer lugar, a la vida privada de los políticos -sin que eso nos dé ningún derecho a escudriñarla, ni a juzgarla. Y que lo que más necesitamos es que nos gobiernen personas virtuosas.

“Toda vida real es encuentro”
Martin Buber 

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