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El mandato de una amiga sordomuda a la primera mujer que preside la Academia Nacional de Medicina

Una solicitud de una compañera de liceo le cambió el rumbo de su vida y le permitió descubrir su verdadera vocación

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06 de marzo de 2020 a las 05:03

Graciela Lago no tenía en sus planes ser médica. Pero una relación simbiótica con una niña sordomuda le marcó su vida y esta actividad se transformó en su profesión. Con tanta vocación, se fue transformando en una referente de la medicina nuclear en el país. Y, desde este jueves, ocupa un lugar central en la salud uruguaya: dirige la Academia Nacional de Medicina. Es la primera vez que una mujer ostenta este cargo en los 46 años que tiene la institución.

La historia se remonta a cuando estaba en sexto año de escuela. En el Santo Domingo, el centro de estudios al que asistía, le avisaron que iba a empezar a cursar una niña sordomuda. Era un momento en que las personas con discapacidad solo acudían a institutos que atendieran y entendieran su problema. Sin embargo, el colegio adoptó esta política porque era una niña muy inteligente. 

Graciela recuerda el primer día junto a María Inés, la niña con esta discapacidad. Su maestra le hizo un pedido especial: “Lago, quiero que se siente en la primera fila y sea la compañera de ella”. Graciela quedó sorprendida, pero aceptó el desafío. Y generó una amistad única porque a partir de ese instante, hasta cuarto de liceo, fue su traductora, su amiga, su hermana. Tuvieron una relación estrechísima en ese tiempo.

Ella pasaba al frente y Graciela le traducía a los profesores, ella escribía en su cuaderno y María Inés le copiaba los apuntes. En ese momento no sabía lengua de señas y se expresaba con mucha dificultad. Fueron cinco años intensos.

Cuando tenía que empezar a definir qué quería hacer de su vida su entorno le repetía: “Tenés que ser profesora de sordomudos, tenés condiciones especiales y paciencia”. Si bien manejaba la posibilidad de estudiar abogacía, Graciela se había convencido de que estar del lado de los sordomudos era una buena opción. Creía tener la sensibilidad y el entusiasmo para dedicarse profesionalmente lo que había hecho por amistad. Pero tuvo un pedido especial más fuerte que los que había recibido hasta el momento. El de María Inés.

“Sabés que yo siempre quise ser médica. Pero mi discapacidad no me lo permite. No puedo entrar en una facultad. Yo quiero que ese sueño me lo cumplas tú”, recuerda que le dijo.

Ese comentario fue un shock para Graciela. “Lo sentí como un mandato”, dice hoy más de 60 años después. Luego de esa conversación se repetía en su mente: “Tengo que ser lo que ella no puede ser”. 

El proceso no fue fácil. Quinto y sexto año de preparatoria fue sin María Inés. “No me sentía yo”, confiesa. María Inés pronto decidió irse a vivir a Canadá, donde hoy todavía reside, ya que no encontraba que la sociedad uruguaya le dé lugar a la gente sordomuda.

Del primer examen perdido a la primera médica nuclear

En la Facultad de Medicina, Graciela perdió el primer examen de la carrera: Anatomía. Le aterraba darlo por segunda vez, pero la apadrinaron y la ayudaron a darlo y finalmente lo aprobó.

Luego se deslumbró con la carrera. La hizo con placer y se recibió. Hasta conoció a su marido, con quien está casada desde hace más de 50 años y con quien tiene tres hijos.

Graciela esperaba especializarse como radióloga. Pero al tiempo le hicieron una sugerencia. “No hay nadie en medicina nuclear. Necesitamos que haya alguien”, le dijeron. Se trata de una disciplina que utiliza material radiactivo para diagnosticar, tratar o identificar enfermedades o anomalías del cuerpo humano. Fue a Buenos Aires para especializarse en la materia.

El grupo que existía en Uruguay estaba integrado por cuatro hombres. Quien lo lideraba entendía que una mujer podía modificar la forma de trabajo.

Luego, junto a su esposo obtuvieron una beca y se fueron a vivir un tiempo a Estados Unidos. Después, volvió. Como médica, logró vincularse con la Agencia Internacional de Energía Atómica, que le dio la oportunidad de cooperar en la enseñanza de la tecnología de cirugía radioguiada. Se transformó en una de las máximas referentes en la materia.

En el 2004, vivió un cambio radical en su vida profesional: transitó de la medicina nuclear tradicional a la imagenología molecular. Fue clave en la fundación del Centro Uruguayo de Imagenología Molecular (Cudim), un organismo que fomenta el diagnóstico del cáncer mediante exámenes clínicos en las áreas de oncología y neurología. “Estuve en todo el proceso y la verdad que es algo que me llena de orgullo”, dice.

Su lugar en la Academia de Medicina

Cuando al hasta ahora presidente de la Academia, Henry Cohen, la invitó a integrar este selecto grupo académico en 2015, la referente en medicina nuclear lo dudó. “No me corresponde”, le llegó a contestar. Su esposo le dijo que era un “falso orgullo” el que sentía y que era un conjunto de médicos que la estaban seleccionando. Al final aceptó.

Integró el consejo directivo y trabajó en esta institución honoraria, que se presenta como órgano asesor de las instituciones públicas y privadas de la salud del país.

“Queremos ponernos a disposición del gobierno. Agarren nuestra mano porque estamos para ayudarlos. No tenemos intereses económicos y hay interés de ayudar el país”, comenta.

Su nombramiento como primera mujer que lidera esta institución parece un mandato. Como el que le pidió María Inés cuando le dijo que estudiara medicina porque ella no podía. Y lo asume con orgullo.

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