Hoy podría ser el fin de una unión política que jalonó la historia de Occidente y del mundo entero durante los tres últimos siglos. El referéndum por la independencia de Escocia que se celebra hoy podría significar la desintegración del Reino Unido, formado en 1707 bajo la Union Jack y que alcanzó momentos de esplendor durante el Imperio británico con colonias en los siete mares y una influencia política y cultural donde no se ponía el sol.
El Yes or No que voten hoy los escoceses a la creación de un país independiente tendrá enormes repercusiones, no solo para el Reino Unido, sino para toda Europa y los movimientos separatistas que en el mundo persiguen su soberanía nacional y autodeterminación.
Lo parejo de las encuestas genera una gran incertidumbre; y es precisamente eso –además de la carga histórica– lo que ha hecho al proceso independentista escocés tan interesante y ha llamado la atención de los medios del mundo.
Todos parecen tener una opinión sobre el futuro de Escocia. Y las discusiones, tanto dentro como fuera del país, se centran en si le conviene o no a Escocia, a su gente y sobre todo a su economía, separarse del Reino Unido.
Los bombardeos cruzados entre los gobierno de Londres y Edimburgo sobre las bondades y peligros de la independencia han marcado el tono a uno y otro lado del debate. Los que apoyan o impulsan el movimiento Better Together por mantener el statu quo de Escocia advierten de los riesgos de quedar aislada, desafectada de la Unión Europea y, con mayor énfasis, de la pérdida de la libra como moneda, con todos los problemas que ello acarrearía.
Los nacionalistas escoceses de la opción Yes Scotland y, en general, quienes apoyan el divorcio, sostienen –y con razón– que eso es lo que siempre se ha dicho históricamente cada vez que un pueblo ha buscado su independencia. “No hay que tener miedo” es su lema de respuesta y señalan los beneficios de quedarse con el petróleo del Mar del Norte exclusivamente para su sociedad.
Y la verdad es que, en un mundo cada vez más interdependiente, es difícil pensar de otro modo. ¿Quién puede a esta altura sinceramente creer que Escocia va a sucumbir al caos económico y al aislamiento por separarse del Reino Unido?
Lo único que en el corto plazo parecería tener algo de asidero como argumento en contra es la pérdida de la libra. Pero los escoceses todos, incluso los independentistas, quieren mantener la moneda. Y el establishment inglés (más allá de lo que se diga ahora en forma más bien de amenaza) tampoco es suicida. Llegado el momento, les dejarían conservar la libra porque, de otro modo, las consecuencias serían igualmente negativas para la propia Inglaterra.
El factor emocional
Quienquiera que conozca a los escoceses sabrá que hay allí un sentimiento nacional muy fuerte y orgulloso, lo que además conlleva un resentimiento histórico hacia Inglaterra, incubado a lo largo de 400 años de guerras perdidas contra los ingleses, y 300 más de ser una nación dentro de una entidad gobernada desde Londres.
No hay peor insulto que confundirlos con un inglés. Y a menudo discurren sobre sus glorias y mitos nacionales, desde Hume y Stevenson hasta los inventores del teléfono, la máquina a vapor, la bicicleta y –aseguran– la televisión. Según ellos, inventos todos escoceses.
Es un relato nacional que no escapa a ningún escocés y que tiene en su panteón central a William Wallace, el héroe de las guerras de independencia de Escocia contra la conquista inglesa, inmortalizado por Hollywood en la película Braveheart para solaz y contento del imaginario nacional escocés.
Este sentimiento se amalgama, a su vez, en lo político con un odio visceral hacia los Tory, el Partido Conservador, actualmente en el gobierno; pero que no es de ayer ni de anteayer, sino que se remonta a las épocas de Margaret Thatcher y sus reformas liberales y privatizaciones que despertaron, como nunca en todo el siglo XX, el sentimiento nacionalista en Escocia que hoy tiene su desembocadura en este referéndum.
Y es que los escoceses no son tan liberales en lo económico como los ingleses y los estadounidenses. No en vano Escocia siempre ha sido el gran bastión laborista. Lo que allí impera es una ideología más de corte socialdemócrata, orientada al estado de bienestar, la solidaridad y los programas sociales. Es otra cabeza, otra mentalidad que la inglesa, que gira más en torno a las bondades del espíritu emprendedor como motor principal de prosperidad económica y desarrollo social.
Y eso genera cierto rechazo nacional en Escocia, porque lo entienden como un rasgo de su idiosincrasia. Y todo lo que atente contra la idiosincrasia de un pueblo genera resentimiento.
Claro que también están los escoceses que sopesan estas cosas y prefieren quedarse en Gran Bretaña. Al fin y al cabo, es un esquema que tiene más de 300 años. Eso también genera factores emocionales, nostalgias, afectos y fuertes lazos.
Incluso entre los independentistas, que incurren en varias contradicciones al pretender mantener un vínculo simbólico con la corona británica. Sumemos a eso la incertidumbre y los posibles riesgos económicos de la separación, y ahí está ese 50% que las encuestas le dan al No.
Como sea, lo que se juega hoy en Escocia no es solo su futuro, sino el de varias causas separatistas europeas. De ganar hoy el Sí, la euforia soberanista y el efecto contagio se hará sentir rápidamente en Cataluña, en el País Vasco y en otros pueblos que buscan su independencia de otras jurisdicciones nacionales.