Opinión > EDITORIAL

El trabajador en su laberinto

Algunas funciones comienzan a parecer obsoletas y pueden ser sustituidas por la robotización 

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04 de septiembre de 2018 a las 05:01

La velocidad de los cambios hace que pocos perciban que el trabajo tal como lo imaginamos está en extinción.
Al Uruguay le va la vida en el inicio de una discusión profunda que involucre partidos políticos, gobierno, estado, sindicatos, academia y ciudadanos sobre el trabajo y el hombre.

Ya vemos el cambio inevitable en muchos lugares. Por ejemplo, en los supermercados, junto a las cajas donde empleados pasan como zombis por un lector de barras los productos de las góndolas. Allí ya funcionan y llegaron para quedarse. Son mudas testigos de la revolución inevitable. Son máquinas con una pantalla táctil donde se ubica la mercadería, se pasa por el lector, se apoya en una bandeja a la derecha, y a la velocidad de un clic, introduciendo la tarjeta de débito se produce la transacción. Sencillo, automático, rápido y sin interacción humana. 
La imagen de las cajeras repitiendo mecánicamente durante ocho horas el mismo hecho que el cliente puede hacer solo, debería ser suficiente para iniciar un debate profundo sobre el futuro del trabajo. El cambio ya llegó, no lo detiene ni el PIT-CNT y sus consecuencias ya impactan en la sociedad. 

Es una revolución provocada por el hombre para el hombre. Pulveriza viejas banderas, levanta nuevos mástiles a la espera de nuevos pabellones y revela que el futuro del trabajo ya llegó, no asumirlo es quedar afuera de la historia. El economista Ignacio Munyo viene advirtiendo sobre esta situación. “La automatización o robotización no es un fenómeno que debe preocuparnos porque ‘se viene’, sino que ya está entre nosotros. Sus efectos ya se notan en el mercado de trabajo”, dijo en el suplemento Economía y Mercado de El País.
Los trabajos mecánicos pronto dejarán de tener sentido. Pero esas personas deben seguir sus vidas, conseguir otro trabajo y realizarse. El drama es que tal vez no estén preparados ni capacitados ni sean capaces de reinventase. O peor, no son conscientes del cambio a su alrededor. No pasa solo con los que realizan trabajos mecánicos pasibles de ser reemplazados por una máquina: también sucede con los jóvenes llegan a edad laboral sin entender el mundo que los rodea ni las nuevas herramientas que necesitan para poder trabajar. Es un drama.

“Lo que necesitamos es mayores habilidades de parte de los jóvenes que salen del sistema educativo, que puedan afrontar empleos con mayor nivel de sofisticación, no solo desde el punto de vista tecnológico sino también de comprensión, de capacidad de resolver problemas, de adaptabilidad”, continuaba Munyo.

Según un estudio del Centro de Economía IEEM de la Universidad de Montevideo el 54% de las posiciones hoy ocupadas tienden a desaparecer en los próximos 20 años. Un dato los suficientemente pesado como para poner los pelos de punta a cualquiera que pretenda mirar para el costado o creer esa máxima absurda que dice que en Uruguay todo pasa, pero 20 años más tarde. “El otro aspecto fundamental es la regulación laboral existente, con normativas que son anacrónicas para las necesidades que tiene una empresa en la actualidad” señala Munyo y le asiste la razón.

El fin de semana el filósofo israelí, Yugal Harari, autor del best seller Homo Deus: Breve historia del mañana declaró en La Vanguardia que “hay una brecha profunda entre los tipos de trabajo que aún existen en el mercado, las capacidades que exigen y la formación de la gente. La antigua idea de tener un puesto de trabajo de por vida es totalmente arcaica. Aunque tengas trabajo, cada cinco o diez años estarás cambiando de puesto. O cambiando de oficio”.

Harari que acaba de lanzar “21 lecciones para el siglo XXI”, advierte que los cambios que se vienen en el trabajo harán temblar los cimientos de las sociedades. Mientras los uruguayos hoy están preocupados casi monotemáticamente por la inseguridad imperante, detrás, en silencio el futuro del trabajo que ya llegó comenzó a cambiar la vida de todos. La peor reacción de todas las posibles es seguir mirando para el costado porque cuando nos toque, tal vez, sea demasiado tarde. 

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