27 de julio de 2020 5:00 hs

Desde que la pandemia pasó a ser el único tema universal relevante, tengo un nuevo pasatiempo. Leer los comentarios que escribe la gente debajo de los obituarios online que informan del fallecimiento de alguien famoso. Si hubiera un algoritmo para medir cuántas veces se repiten algunos de ellos, llegaríamos pronto a la conclusión de que los comentarios se repiten, ergo, que la carencia de imaginación es tan preocupante como la proliferación del virus. Frases de una simpleza ramplona en la que la inventiva brilla por su ausencia, del tipo, “te extrañaremos”, “nunca serás olvidado”, “¡qué gran pérdida para la humanidad!”, parecen haber sido escritas por la misma persona, tal vez porque miles de millones de seres en todas partes no saben decir más que lo mismo. Hay quienes ante la muerte de alguien repiten la misma bobería colectiva oída infinidad de veces, “no somos nada” (si fuéramos nada no tendríamos lenguaje para decirlo), cuando otros consiguen que las circunstancias levanten vuelo al referir a la muerte con mayor prosapia: “El resto es silencio” (últimas palabras de Hamlet). La muerte es asunto serio y no solo por hacer intervenir con su presencia la noción de fin, la cual tiene al olvido como posdata. Por lo tanto, la plañidera frase exclamativa, “Nunca serás olvidado”, hace coincidir a la inexactitud con la exageración. El virus ha puesto de moda al fatalismo y a la desmesura retórica haciendo las veces de elegía.

La realidad despierta cada mañana con la misma inquietante pregunta, ¿cuántos nuevos muertos habrá hoy en el mundo? La realidad aprueba el informe diario de bajas no poniendo su rúbrica junto a los abajo firmantes, sino dejando al descubierto el verídico terror de las cifras, y estas no necesitan de adjetivos para hacerse entender. Después de todo, hasta las palabras son cautivas de guarismos: al morir todos estaremos asociados a números que la gente considera fríos, aunque nadie sabe cuál es la temperatura en el más allá. Hablo del número de la fecha y hora del deceso; el de la edad que teníamos al morir; el de la tumba que nos habrá de corresponder, en caso de que no quieran acceder a la incineración inmediata; el del costo total de los arreglos funerarios.

Los números solo sirven para lo que son: una abstracción mensurable que hace de la eternidad de los seres humanos una utopía inviable. El olvido es más poderoso que los augurios de permanencia asociados a la memoria, que cree en los poderes salvíficos del recuerdo. “Nunca serás olvidado”, dicen vox populi la gente y algunas lápidas en los cementerios. Pero no estoy seguro de que sea cierto ni tampoco responsable afirmarlo. Nos vamos de esta vida para siempre y nuestro deseo de permanecer vivos al menos por un tiempo en el recuerdo de los otros es tal vez la más desmesurada ilusión que tenemos. Dije por un tiempo. ¿Será tan así? A ver, ¿cuántos recuerdan a sus bisabuelos y de ahí para atrás en el árbol genealógico? Con suerte, es decir, en caso de que la memoria humana pueda considerarse una facultad afortunada de nuestro organismo, podemos recordar a nuestros abuelos, pero el recuerdo de estos se va desvaneciendo con el paso del tiempo, quedando reducido a momentos mínimos atrapados en la borrosidad del tiempo moviéndose hacia atrás. La memoria no es igual a la caja negra que hay en los aviones, la cual mantiene su archivo de datos blindado por un tiempo. 

El olvido es la calvicie de la memoria: los recuerdos se caen, desaparecen. Perdemos el pelo y la memoria. Después de cierta edad la cabeza solo sabe perder. Sentimos el fracaso de no poder conservar una biblioteca de todo lo vivido, aunque, a decir verdad, quizás esto sea lo mejor que puede pasarnos. ¿Se imaginan conservando cada uno de los recuerdos de una vida entera? Sería una locura. Un despropósito. Una exageración. Ni siquiera Irineo Funes, nacido en Fray Bentos, pero natal de la imaginación de Jorge Luis Borges, podría con tal fárrago de vivencias. Viviríamos abrumados, en la bruma.

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Por lo tanto, si ni siquiera para nosotros queremos guardar para siempre todos los recuerdos, ¿por qué queremos o les pedimos a los demás que nos recuerden después de habernos ido? Con suerte seremos recordados por un tiempo, en alguna conversación a la hora del almuerzo un domingo melancólico de otoño, el día de nuestro cumpleaños, y tal vez en alguna otra situación impremeditada. Pero será solo por una generación, tal vez dos, porque hasta ahí, y no más, llega el verbo rebobinar. Los recuerdos son hermosos, necesarios, pero, igual que todo en esta vida terrestre, tienen fecha de caducidad. Una canción de Eduardo Darnauchans, Final, dice en un pasaje clave: “Recuérdame, mi mejor vez”. Hasta tanto llega la fuerza del olvido, que incluso para cosas así, de amor y pasión, necesitamos la ayuda de alguien para poder recordar. 

En plan de evocación, recuerdo ahora un pasaje memorable –cito de memoria y la memoria en ocasiones me falla, así que– de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, en el cual un padre le dice a su hijo que todavía no llegó a la adolescencia, que para cuando tenga su edad habrá olvidado ese momento en el que ambos están conversando. Todo en esta vida se va veloz, también los recuerdos a los cuales nos aferramos para intentar salvar algo, aunque sea cualquier cosa, del pasado. ¿Vale la pena hacerlo? ¿O no será la memoria la fuente de un injustificado masoquismo que practicamos a diario, incluso cuando no queremos, porque en ocasiones los recuerdos vienen sin que los llamemos?

Creer que el mundo se encargará de preservar por un tiempo el recuerdo de los muertos es una quimera escrita con letras mayúsculas. Tal vez algunos logren sobrevivir el olvido más que otros y disfrutar de cierta posteridad: músicos, pintores, escritores que dejaron un legado de originalidad, pero muy pocos más. ¿Cuántos poemas salvables, pasajes de novelas, de ensayos, se están escribiendo hoy de los que nadie habla y sin embargo será lo único que quede de estos días después de que el covid-19 pase a ser una nota al pie de página. Hoy leemos la Divina Commedia sabiendo que ese libro fenomenal salvó del olvido a su autor, Dante Alighieri (1265-1321), pero no a los lectores de su época, los que hayan sido. Nadie recuerda a los políticos, economistas o militares contemporáneos de Dante, pero este en cambio ha llegado ileso al presente, y con pinta de seguir como si nada. Para eso sirven las expresiones artísticas: para que la raza humana muera menos. Sí, hay quienes se salvan raspando de que el tiempo los devore, pero son una inmensa minoría. Otros entran en la historia, es decir, se escapan del olvido, de rebote. Cuentan que Clara Westhoff tenía muy claro que no sería olvidada, simplemente porque era la mujer de Rainer Maria Rilke, uno de los principales poetas del siglo XX. No se equivocó: hoy escribo aquí su nombre, el de ambos. Hay historias de amor que salvan. Pero hasta ahí nomás. Este, y está de más decirlo, es un tema arduo y largo, como para seguir hablando y hacer con ello que nuestra tan corta vida parezca un poco más prolongada. 

El último párrafo de lo que ahora escribo no viene de mí, sino del segundo capítulo del Eclesiastés, uno de los libros más sublimes que conozco. Y viene al caso, auspiciado por los días presentes, ideales para hacer turismo espiritual y visitar libros blindados contra el olvido: 

Dije yo en mi corazón: “Ven, te daré de probar del placer, goza del bienestar”. Pero esto también es vanidad. 2. De la risa dije: “No es más que locura” y del placer: “¿Para qué sirve esto?” 3. Me propuse estimular mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría, y dejarme llevar por la insensatez, hasta ver qué les conviene hacer a los hombres bajo el cielo, en los días contados de su vida. 4. Engrandecí mis obras, construí mansiones, planté viñedos. 5. Hice huertos y jardines, y planté en ellos todo tipo de árboles frutales; 6. Hice estanques de aguas, para regar el bosque donde crecían los árboles. 7. Compré esclavos y esclavas, y tuve hijos de familia; tuve también ganado en abundancia, más que todos mis predecesores en Jerusalén. 8. Acumulé también plata y oro, y tesoros dignos de reyes y de provincias; conseguí cantores y cantoras, y muchas mujeres hermosas que son la delicia de los hombres. 9. Llegué a ser tan grande que superé a todos mis predecesores en Jerusalén. Sin embargo, la sabiduría permanecía siempre conmigo. 10. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón se alegraba de todo mi trabajo: y este fue el premio de mi esfuerzo. 11. Miré luego todas las obras que habían hecho mis manos, y todo el esfuerzo que me había llevado hacerlas y vi que todo es vanidad, y querer atrapar el viento; ¡no hay ningún provecho bajo el sol!
 

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