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Epitafio para el peso

Una historia del dinero en Uruguay (XXIV)

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21 de marzo de 2018 a las 05:00

Al promediar la década de 1940 el sistema de economía cerrada o de "sustitución de importaciones", unido a la enorme expansión de las empresas públicas, fue favorecido por excelentes precios internacionales de las carnes y lanas exportadas por Uruguay. La producción de la industria, si bien incapaz de competir y exportar, se volcó sobre una clientela cautiva y desabastecida.

El producto bruto interno (PBI) creció a un fuerte 6,8% promedio anual entre 1944 y 1955. Fue el "decenio dorado", incluido el legendario triunfo futbolístico de 1950 en Maracaná y la estatización de los ferrocarriles y tranvías ingleses, que contribuyó a elevar grandemente la autoestima colectiva y a convertir esa era en un mito. Décadas después, tras una larga decadencia y crisis, la nostalgia contribuiría a dulcificar los contornos de aquella era.

El producto bruto interno (PBI) creció a un fuerte 6,8% promedio anual entre 1944 y 1955. Fue el "decenio dorado", incluido el legendario triunfo futbolístico de 1950 en Maracaná

Pero el sector agropecuario, que en general subsidió el proceso a través de las quitas que imponía el control de cambios a sus exportaciones, permaneció estancado o en retroceso. La rentabilidad de producir era harto dudosa. En 1930 el país contaba con 7,1 millones de vacunos que, tres lustros más tarde, en vez de aumentar, habían caído a sólo 6,8 millones. Algo similar ocurrió con los lanares: había 20,5 millones en 1930 y 19,6 millones en 1946.

Por lejos el principal producto exportado eran la lana y los tops, seguido muy atrás por las carnes y los cueros.

En 1960 se exportaba menos que en 1919

En su libro "El declive", el economista Gabriel Oddone cuenta que, con precios internacionales favorables, "los gobiernos desplegaron políticas orientadas a estimular decididamente a la producción industrial [...]. Ello requirió de fuertes transferencias de recursos desde el sector exportador, típicamente la ganadería, hacia los sectores orientados a la producción del mercado interno, la industria, los servicios y las actividades del Estado".

Oddone definió esa década optimista, transcurrida entre los gobiernos de Juan José de Amézaga y Andrés Martínez Trueba, entre 1943 y 1955, como la etapa "fácil" de la política de industrialización, ya que "se avanza en la sustitución de importaciones de bienes de consumo final, cuya producción no es intensiva en capital y menos en tecnología".

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De hecho, Uruguay vivió un enorme auge exportador en los doce años que van desde 1943-1944 a 1954-1955. Las exportaciones se multiplicaron por cinco en dólares corrientes. Pero después las ventas al exterior cayeron abruptamente a la mitad. En 1960 el país exportaba por menos valor que en 1919.

El auge de los tejidos sintéticos, la rápida recuperación de las economías europeas a partir de la década de 1950, junto al proteccionismo de varios países, en especial Gran Bretaña, que privilegió las compras a sus antiguas colonias (Canadá, Australia y Nueva Zelanda), terminaron de dar un golpe mortal a todo el proyecto de economía cuasi autárquica por sustitución de importaciones.

"Hacia mediados de 1956 los precios de las materias primas exportables –carnes y lanas– bajaron abruptamente, fundamentalmente debido la irrupción de algunas economías europeas en el comercio internacional y la Ley 480 de Excedentes Agrícolas de Estados Unidos, que quitó mercados a las economías periféricas agroexportadoras. Las importaciones, en cambio, debieron mantenerse en beneficio de la industria, por lo que la balanza comercial se volvió deficitaria", escribió el politólogo Jorge Chagas, quien ha estudiado durante muchos años el ciclo de Luis Batle Berres. El déficit agotó rápidamente las reservas del Banco República, por lo que la escasez de casi todo se volvió habitual.

En las décadas de 1950 y 1960 eran paisaje cotidiano las filas de los más humildes para adquirir carne, pan negro por la mezcla de harina de trigo con sorgo, o leche

En las décadas de 1950 y 1960 eran paisaje cotidiano las filas de los más humildes para adquirir carne, pan negro por la mezcla de harina de trigo con sorgo, o leche (sí: leche). No era que los productores rurales se hubieran vuelto tontos de repente, sino que producir para vender a los precios tarifados era ruinoso. Florecieron el mercado negro, la solidaridad o el amiguismo. Era una dulce costumbre viajar de la campaña a Montevideo con un trozo de ovino en las maletas, para la mesa de parientes o amigos, a través de las fronteras interdepartamentales, que vigilaban el cumplimiento de las "vedas".

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En su serie histórica "Orientales", Lincoln Maiztegui ilustró "la magnitud de la catástrofe: Uruguay exportó por valor de 243,5 millones de dólares (promedio anual) entre 1950 y 1954, y esa cifra se redujo a 172,5 millones entre 1955 y 1958; las ventas de lana descendieron de un promedio de 108 millones de dólares anuales en el período anterior, a 66 millones, y las de carne y derivados, de 44 millones de dólares anuales a 18. Por supuesto, esta caída afectó también al sector industrial (que producía para el mercado interno), cuya capacidad productiva descendió".

Las consecuencias fueron una alta inflación, devaluación de la moneda, caída del salario real, mayor desempleo y más conflictos laborales y sociales.

Decadencia de los frigoríficos

"Numerosos sindicatos se reorganizaron o se fundaron, en el marco del proceso de industrialización: Unión Obrera Textil, Sindicato de Funsa, sindicato Metalúrgico, etc., y se constituyó un organismo denominado Comité Pro Unidad y Organización de los Trabajadores, con el expreso cometido de avanzar hacia la creación de una central única", reseñó Maiztegui.

Una economía en crecimiento tiene más para repartir cada día, lo que amortigua los conflictos. Pero una economía que se estanca o retrocede provoca de inmediato grandes querellas por una porción de la torta.

El puente de la avenida Carlos María Ramírez sobre el arroyo Pantanoso, que divide el Cerro de La Teja, fue llamado "Paralelo 38": un campo de batalla

A fines de los '50 Montevideo a veces se parecía a un campo de batalla. Fue una época de grandes conflictos, con luchas por el control de los sindicatos entre comunistas y otros sectores.

El puente de la avenida Carlos María Ramírez sobre el arroyo Pantanoso, que divide el Cerro de La Teja, fue llamado "Paralelo 38", una referencia a la línea divisoria entre Corea del Norte y Corea del Sur, a raíz de reiterados enfrentamientos entre obreros de los frigoríficos y la Policía.

Los precios reprimidos pese a la inflación, la depresión del sector agropecuario y la escasez de materia prima afectaron a los frigoríficos, la punta de lanza de la industria exportadora uruguaya desde principios del siglo XX, junto al lavado de lanas.

En 1957 las empresas estadounidenses Swift y Armour dejaron de operar en Uruguay. Con sus plantas de faena se creó por la ley 12.542 de octubre de 1958 el complejo Efcsa (Establecimientos Frigoríficos del Cerro SA), que absorbió a los 4.530 funcionarios cesantes de ambas empresas bajo una dudosa forma cooperativa. Pero nunca fue rentable, pese a todos los subsidios oficiales, directos e indirectos. Decayó durante la década de 1960, redujo su plantilla y, tras operar con intermitencia, cerró definitivamente en 1989. En las ruinosas instalaciones de Armour se creó a partir de 1997 el Parque Tecnológico Industrial del Cerro, en tanto la planta Swift pasó al control de la Armada Nacional en 1996.

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Epitafio para el peso uruguayo

Una ley del 16 de noviembre de 1950 autorizó al Banco de la República a emitir papel moneda ya sin anclaje en sus reservas, sino en base a "redescuentos": papeles comerciales a rescatar en el corto plazo. Era una forma de expandir el crédito en gran forma con nuevos billetes. Ya no importaba la cantidad de dinero que se lanzaba al mercado sino la forma en que se rescataría, o que se prometía rescatar. Algo así como: "Aumento mucho la cantidad de dinero pero me comprometo a sacarlo de circulación más adelante".

Desde entonces la cantidad de dinero aumentó muy por encima de la producción nacional, por lo que decayó el valor relativo de los billetes.

El drama del activismo monetario es no entender del todo que el dinero es una representación de la economía, no la economía real; y que tratar de empujar el carro con billetes es tan ilusorio como tirarse del pelo para zafar de un pantano.

Fue un epitafio completo para el peso uruguayo, que entre su creación en 1863 y fines de la década de 1920 había cotizado a la par del dólar estadounidense, y que comenzó a descender a los infiernos en la década de 1930, con una mezcla de control de cambios y emisión de gran cantidad de billetes para tapar agujeros.

En 1951 la inflación saltó a 20,9% y, salvo alguna baja puntual, continuó en dos y hasta tres dígitos por casi medio siglo, hasta 1998.

Uruguay dejó de ser una isla estable en el vecindario, un portento de moneda sana al lado de países como Argentina y Brasil, donde la inflación de dos dígitos ya era habitual en la década de 1930.

En 1914, cuando el peso uruguayo dejó de ser convertible en oro y comenzó a flotar más o menos libremente ante las divisas principales, un dólar valía 1,034 pesos. En 1951 el dólar ya cotizaba en promedio a 2,26, en 1954 valía 3,19, en noviembre de 1958 se cambiaba por 10,75 pesos y a fines de 1966 por 60.

En síntesis: durante más de 60 años a partir de su creación en 1863, el peso uruguayo mantuvo una cotización estable frente al dólar, de uno a uno. Los tamaños de las economías de Estados Unidos y de Uruguay no tenían importancia, sino la calidad de las políticas monetarias, como ocurre con el pan o el vino. Pero desde la década de 1930, cuando la emisión se volvió una juerga, hasta hoy, después que al peso se le quitaran tres ceros en 1975 y otros tres en 1993, la moneda uruguaya devaluó 27.548.356 veces frente al dólar estadounidense (que, dicho sea de paso, es una moneda muy mediocre y descuidada: una caricatura de lo que un día fue).

Próxima nota: de cómo los precios en Uruguay durante más de un siglo siguieron fielmente a la emisión de dinero

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