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Extraños en la azotea

Por las noches, Juárez soñaba con avionetas, inmolaciones imposibles, extraterrestres y una galería de asesinos exóticos.

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24 de julio de 2012 a las 00:00

El estampido sonó en el techo de la casa de Flavio interrumpiendo la lectura de una ficción acerca de marcianos llegados a la tierra tras los orígenes de la perra soviética Laika, a quien los extraterrestres adoraban como a un dios.

El joven estudiante tiró la Rolling Stone en el piso, trepó de dos en dos los peldaños que conducían a la azotea y, bajo el sol del mediodía, sacó la cabeza al aire libre. El techo estaba cubierto de sangre, carne, pedazos de huesos y otras pertenencias de lo que una vez había sido una persona hecha y derecha.

Dos horas después del horrorizado llamado telefónico, la Policía llegó para recoger las primeras pistas. Los agentes tuvieron que hacer equilibrio en puntas de pie para afirmarse en los pocos centímetros de ladrillo ajenos de líquidos y sólidos humanos.
- Vayan preparando una buena manguera- les dijo el comisario Silvio Juárez a sus colegas tras mirar todo aquello.

Juárez era uno de los hombres más inteligentes de su división pero estaba harto del oficio y sus bromas empezaban a carecer de gracia y oportunidad.
El investigador nunca supo si fue para terminar de una buena vez con sus impertinencias que sus superiores le asignaron el caso de Joaquín Telch. Así se llamaba el hombre atomizado sobre la casa.

Una falange del dedo índice derecho, encontrada al azar, le había dado nombre y apellido. Telch tenía 44 años, trabajaba en un estudio jurídico, vivía a unos 150 kilómetros del lugar donde fueron encontrados sus restos, visitaba diariamente a su novia, tenía menos enemigos que cualquiera, era agnóstico, simpatizante del Teneriffe y el suicidio no estaba entre sus planes más inmediatos.

Un informe de laboratorio determinó que el cuerpo de Telch había caído en línea recta desde una altura no inferior a los 600 metros. El único elemento cercano a la papilla humana fue encontrado en el alero de la azotea y se trataba del cartón gastado de una cajilla de cigarrillos que seguramente pertenecía al muerto.

Leyendo el informe, el comisario Juárez recordó que las cajas de cigarros siempre son depositadas, como al descuido, en la escena del crimen de muchas películas de suspenso.
En el celuloide siempre se trata de tabacos que se expenden en uno o dos establecimientos especializados y otorgan a los detectives pistas firmes sobre los últimos pasos del asesinado.

Juárez averiguó la marca de los cigarros salpicados de sangre. Era una de las más vendidas del mercado occidental.
Las respuestas a las preguntas realizadas en aeropuertos y compañías aéreas también fueron concluyentes: ningún avión de línea pasó por los alrededores del lugar, ninguna avioneta despegó de las pistas aéreas cercanas y ninguno de los habitantes de la zona escuchó el ruido de un aparato volador.
- No, globos tampoco. ¿Alas delta?. Tampoco- comentó uno de los tantos vecinos - la mayoría quinteros- que en el momento de la caída de Telch miraban de vez en cuando el cielo.

En pocos días la lista de sospechosos quedó reducida a cero. La policía pidió ayuda al departamento de crímenes complejos, relegando a un segundo plano la injerencia de Juárez.
Después de una tan minuciosa como fallida investigación, los especialistas se sacaron de encima el asunto que volvió a caer con todo su peso sobre las espaldas del veterano comisario.
-No se preocupe mucho. Si estos que dicen que se las saben casi todas no pudieron... usted haga lo que pueda- le dijo su jefe.


***
Durante muchas noches, Juárez soñó con avionetas, inmolaciones imposibles, extraterrestres y una galería de asesinos exóticos.
El insomnio sólo le dejaba la sospecha de que el caso Telch no sólo carecía de pistas sino también de sentido común.

Una investigación suplementaria encomendada a un laboratorio privado diagnosticó: "Los desechos encontrados en la mencionada azotea no presentan signos de ninguna radiación ni elemento ajeno al planeta tierra o de apariencia sospechosa. Por tanto puede ir descartando cualquier teoría sobre conjuras celestiales. Parece como si Dios hubiera alzado a Joaquín Telch para pegarle luego un tinguiñazo. Pero ni siquiera eso. El cuerpo cayó desde más de 700 metros como si se deslizara por el costado de un triángulo recto. De verdad es todo muy extraño".

La única novedad que el informe dejó en Juárez fue la del estilo utilizado por el científico de turno que carecía del lenguaje propio de ese tipo de investigaciones. Después de la última charla que mantuvo con la novia del muerto, el comisario estuvo seguro de encontrarse sumido en un artificio.
- Joaquín me llamó desde su casa media hora antes de las 12. Me dijo que se iba a dormir. ¿Se da cuenta de que no hay manera de explicar como tardó treinta minutos en recorrer más de 150 kilómetros hasta el lugar donde lo aplastaron?- le preguntó la muchacha.

Fue un leve recuerdo - así comienzan muchas cosas- el que le sopló a Juárez la imposibilidad de resolver tamaño acertijo.
En su cabeza se dibujó un libro inclinado en su escasa biblioteca de pino. Buscó entre los anaqueles y halló con facilidad el volumen de tapas ajadas.

Se sentó frente a una de las amarillas paredes del dormitorio- esas a las que un día debería molestarse en darles más color - encontró la página buscada y leyó entre dientes "Los mandamientos de la narración policial”: “El problema a resolver debe ser un problema determinado, apto para una sola respuesta. Esa respuesta debe maravillar al lector sin apelar a lo sobrenatural, claro está, cuyo manejo en este género de ficciones es una languidez y una felonía. También están prohibidos el hipnotismo, las alucinaciones telepáticas, los presagios, los elixires de operación desconocida y los talismanes”.

Juárez cerró el libro ya sabedor de que lo ocurrido en la urdida azotea era una ficción fallida que, al igual que su vida, también le era ajena y había sido creada por un insolvente constructor de laberintos sin salida. “Aquí no hay un caso”, dijo imitando a un investigador de historieta.
Y aquella madrugada, por primera vez después de tantas noches sometido al trazo azul de una birome y a los inútiles desvelos de las noches de otro, Juárez pudo dormir tranquilo.

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