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La panificadora que funciona dentro de una cárcel, con empleados presos y dirigida por dos ex reclusos

Montaron una industria en una cárcel y todos los días regresan felices a la prisión, pero ahora para trabajar y dar empleo a otros

De izquierda a derecha Hebert Barboza, Juan Pablo Santos y Gilbert Airala, tres exreclusos que

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30 de junio de 2019 a las 05:00

Hebert Barboza y Gilbert Airala fueron noticia años atrás por motivos deshonrosos: sus delitos. Ahora están otra vez en la prensa pero por un motivo que a ellos -con razón- los llena de orgullo. El suyo es un regreso con gloria. Sus vidas han recorrido una verdadera montaña rusa, con cambios bruscos y radicales. Barboza y Airala estaban libres y por sus actos terminaron en la cárcel. Ahora están libres otra vez y van a la cárcel, pero por propia decisión. Fueron muy desgraciados en prisión y hoy, mientras cuentan su historia dentro de una cárcel, exultan felicidad.

Airala tiene la cara curtida de quien pasó las mil y una. Fue ladrón y asaltante. “Desde garrafas hasta el Banco República, anotame todo”, dice, sentado en la silla de ruedas que hoy lo limita, pero no le impide seguir con su obra. Se ríe. Tiene 44 años, 18 de los cuales estuvo encarcelado.

Barboza, de 51, tiene pinta de haber sido siempre un buen vecino. Sin embargo, participó en 2010 del secuestro del corredor de bolsa y empresario Ignacio Rospide. Estuvo seis años preso. “Contá lo que necesites contar”, dice. “Los hechos son los hechos”. 

Los dos pasaron por otras cárceles. Airala recuerda sus dos años en el penal de Libertad, siempre encerrado, siempre hablando -él y los demás- de cómo robar mejor, cómo no ser atrapado, pensando en la próxima oportunidad de delinquir. “Es muy difícil que pases por el sistema penal tradicional y no salgas más delincuente de lo que entraste”. 

Un golpe de suerte los reunió en la cárcel vieja de Punta de Rieles, un lugar excepcional en el sistema carcelario. Allí los presos son alentados a trabajar y se les permite llevar adelante sus propios emprendimientos económicos, incluso vender lo que producen en el mundo libre. Y vaya si Barboza y Airala le sacaron provecho. Hoy son los dueños de la panificadora Gigor, que emplea entre 40 y 70 personas dependiendo del momento, la mayoría de ellos presos o liberados. En muchos supermercados de barrio se vende el pan de molde Gigor. La mayoría de los clientes no conoce la historia que hay detrás.

Barboza y Airala -que hoy son libres- vuelven todos los días al penal donde una vez estuvieron presos para trabajar, porque la planta industrial de Gigor está dentro de la cárcel vieja de Punta de Rieles. A veces, si los pedidos son muchos o si se rompe una máquina, se quedan a dormir allí mismo, incluso varios días, arriba de algún colchón que tiran en el piso, más incómodos que en una celda, pero felices de la obra que están llevando adelante.

En la vieja cárcel de Punta de Rieles hay 510 presos que trabajan, estudian o hacen ambas cosas

Un año sin radio

Todo lo que ocurre en la cárcel vieja de Punta de Rieles responde a un sueño de su director, Luis Parodi, un ex tupamaro que lleva 30 años buscando mejores maneras de educar y rehabilitar. Su idea es reproducir allí la vida de un pueblo. A cada preso que llega la pregunta qué sabe o le gusta hacer, y lo estimula a desarrollar su propio emprendimiento. La idea, el modelo de negocio y la implementación, todo corre por cuenta de cada uno, como en la vida real. Para montar un comercio, un taller o una industria pueden usar su propio dinero o el de sus familias, o recurrir a un fondo común que ellos mismos administran. Se les permite usar herramientas prohibidas en cualquier otra cárcel. Y para negociar con proveedores y clientes, tienen celular, tableta y acceso a internet. 

La amplia mayoría de los 510 presos trabaja, estudia o hace ambas cosas. Hay 382 con empleo y 246 estudiantes. Cuando Barboza llegó a Punta de Rieles, Airala, que es su primo, tenía una pequeña carpintería. Barboza se ofreció a ayudarlo. El negocio no funcionaba bien. “El dinero que sacaba era muy poco, apenas para mis gastos”, recuerda Airala, sentado en su silla de ruedas. 

Barboza narra una anécdota de la carpintería. Una vez concretaron una venta importante, una cantidad de paneles para colmenas. Cobraron una buena cifra de pesos. Pero el comprador se quejó de algunos defectos que tenían y su reclamo estaba justificado. Barboza le dijo a Airala que lo que correspondía era resarcir el dinero. Pero su primo no quería devolver nada.

“Según mis códigos de aquel momento, si yo te saco una bicicleta y me alejo 50 metros, la bicicleta ya es mía”, explica Airala y los dos lanzan una carcajada. “Me costó convencerlo”, se ríe Barboza. Todo ha cambiado mucho desde entonces. En aquella época los dos caminaban mucho alrededor de la cancha de fútbol de la cárcel pensando qué podían hacer con aquella carpintería que no funcionaba. Necesitaban algo que diera más dinero, que les permitiera trabajar a los dos y si era posible que diera empleo a otros presos que lo necesitaban.

Una vez la madre de Barboza tuvo que ir a hacer un trámite al Instituto de Criminología y un policía le preguntó qué delito estaban tramando su hijo y Airala en esas caminatas alrededor de la cancha. Un día, en una de esas recorridas, Barboza le propuso a su primo hacer pan rallado. Comenzaron por averiguar qué características tenía una planta de panadería y qué permisos y autorizaciones se necesitaban. Y se pusieron a reformar la carpintería. En eso estaban cuando les llegó el esperado momento de volver a ser libres.

Barboza salió en mayo de 2013 y Airala en noviembre. Sin embargo, los dos ya se habían entusiasmado con el nuevo proyecto y decidieron seguir adelante. Volvían cada día a la cárcel para seguir trabajando en la construcción de la panificadora. “No fue fácil hacer esto a partir de la carpintería. Hicimos todo, el piso, las paredes, la instalación de cada máquina”, recuerda Airala. “Trabajábamos días enteros, hasta quedar desmayados. Parecíamos zombies. Llegamos a trabajar 30 horas de corrido, sin dormir. Y nos quedábamos acá hasta 15 días seguidos. Yo me enfermé y el médico me dijo que era porque no estaba teniendo una vida”.

Tampoco tenían un peso porque todo lo invertían en la obra. Lo que había sido la carpintería creció ganándole terreno a un basurero. Alguien importante en la construcción de la planta fue Juan Pablo Santos, un todoterreno que llevaba una década preso por haber matado a un hombre, borracho, a la salida de un baile. “Yo tengo varios oficios, soy metalúrgico, carpintero y también zapatero”, explica. Todos los herrajes y hasta el horno de 25 metros de largo -que es el alma de la panificadora- lo montó Santos de punta a punta. 

Airala tomó para sí la tarea de treparse para colgar en columnas los gruesos cables que traerían la electricidad a la nueva planta industrial. Estando allá arriba, un cable zafó, lo golpeó y cayó con tanta mala suerte que lo dejó sin movimiento en sus piernas, paralítico. Por eso va y viene en silla de ruedas.
Con una dosis de humor gigantesca, Airala suele bromear respecto a su situación. Le dice a Parodi que estar en silla de ruedas es la prueba de su rehabilitación. Antes se reventaba escalando paredes para robar o para fugarse. Esta lesión, en cambio, se la hizo trabajando.

Lo del pan rallado no funcionó. Le vendían a carnicerías, pero se humedecía pronto y no servía para milanesas. “Insistimos dos años y perdimos millones”, rememora Barboza. “Vendí una casa que tenía y ese dinero quedó todo acá adentro. Queríamos hacer pan rallado y no sabíamos”.

Una máquina que habían comprado por error les dio la idea de dejar el pan rallado y hacer pancitos y pan de molde. Y ahí la cosa comenzó a funcionar. Los pedidos comenzaron a crecer. Y a crecer. Comenzaron a tener empleados. Cada vez más. Nunca pensaron que todo tomaría la magnitud que tiene hoy.

En los cinco años que demoró en estabilizarse el proyecto, Barboza y Airala muchas veces no tuvieron un peso en el bolsillo. Barboza recuerda una noche que tenían pasajes para viajar a la ciudad de San José, donde vive, y perdieron el último ómnibus. Tuvieron que esperar horas hasta que saliera el primer coche matutino. Hacía frío y caminaban por las calles haciendo tiempo. No tenían dinero ni siquiera para entrar a un bar y tomar un café. Se reían de sí mismos, de cómo había cambiado todo. Airala recuerda: “Antes cuando quería algo, simplemente iba y lo agarraba. ¡Hoy ni siquiera te cruzo una luz roja!”.

Hace poco fue a visitar a su madre que estaba internada en Casa de Galicia y le robaron la radio del auto. En su barrio, pocos días después, le ofrecieron comprar una robada, muy barata. Dijo que no. El muchacho que se la ofrecía creyó que no la compraba por falta de dinero y entonces se la quiso regalar. Airala se negó ante el estupor del joven que no podía entender sus razones. “Yo que amo la música, estuve un año y medio sin escuchar la radio en el auto, porque tenía otras prioridades. Cuando pude, me la compré”. 

“Esto ya no es por plata”

A la cárcel vieja de Punta de Rieles llega el empleado de una avícola con varias docenas de huevos. Es para entregar en uno de los emprendimientos que funcionan adentro. Quizás eran para el restaurante o para el muchacho que hace tortas de cumpleaños y casamiento y tiene clientes que vienen a comprárselas a la puerta de la cárcel. También hay pizzería, peluquería, quinta, vivero, taller de fibra de vidrio, fábricas de bloques y peluquería, entre otras cosas.

A veces los policías demoran a los proveedores y los presos que están esperando esos insumos desesperan. Son presos y empresarios al mismo tiempo, pero hay algunos policías a los que les cuesta aceptar lo segundo. Al final, si hay conflicto, hay que llamar al director. “Todo esto es posible si Parodi está acá”, dice Santos, el expreso que montó el horno de Gigor. Con el pedido de huevos no hubo problemas: así como llegaron, entraron.

En la panificadora, Rodrigo Sosa toma un pedazo de masa, a una velocidad asombrosa le corta los bordes con movimientos rápidos de cuchillo y sin rebanarse un dedo. Luego se lo pasa a un compañero que lo pesa. Otro enrolla esa masa y la pone en un molde, que después pasará por la cámara de leudado y más tarde recorrerá muy lentamente el horno de 25 metros que Santos armó para, por fin, emerger del otro lado transformado en una horma de pan.

En todo el trayecto y después, habrá presos-trabajadores llevando, trayendo, amasando, controlando tiempos, administrando dosis de calor, cargando de biomasa los quemadores del horno, cortando, empaquetando, poniendo etiquetas.  Sosa, el que maneja el cuchillo como un rayo, tiene 35 años y es de pocas palabras. Dice que está contento de tener este puesto. Que le permite ganar un dinero y, sobre todo, distraer la mente.

"Esto ya no es por la plata, es por otras cosas. Esto le sirve a una cantidad de compañeros que pasaban diez o doce años presos sin oportunidades. Yo estoy convencido y feliz de lo que estamos haciendo"

Santos, el todoterreno que armó el horno, hoy es el gerente de la planta. Estando preso se compró un Chevette del 88. En 2015 recuperó la libertad, pero siempre quiso volver a la fábrica. Y lo hizo. Ahora todos los días regresa en su Chevette. Él sabe que para muchos presos es un símbolo de que se puede salir adelante en una nueva vida: “Soy la credibilidad para generaciones futuras”.

Mientras hablamos, llegan otros dos detenidos a pedir trabajo. Barboza y Airala les dicen que se anoten y vuelvan en unos días que tendrán un lugar. Siempre hay un recambio: algunos salen en libertad; a otros les cuesta adaptarse a un mundo donde hay reglas, horarios y jefes. Algunos son suspendidos por sus faltas. Casi siempre regresan, admitiendo el error cometido, y pidiendo una nueva oportunidad. Y, cuando vuelven, suelen hacerlo mejor que antes. Airala ha tenido que suspender a uno de sus hijos, también preso y también empleado de Gigor. Él también regresó mejor. En ese círculo virtuoso está la recompensa. 

“Nosotros sacamos dinero solo para vivir”, dice Barboza. “Pero esto ya no es por la plata, es por otras cosas. Esto le sirve a una cantidad de compañeros que pasaban diez o doce años presos sin oportunidades. Yo estoy convencido y feliz de lo que estamos haciendo”. Hay dos mensajes que asegura les terminan por quedar a los que se adaptan: “Entienden que hicieron daño y por eso tiene prohibido circular en la sociedad. Ahí se dan cuenta que tienen que esperar un tiempo, cumplir su pena y recién luego hacer lo que hace todo el mundo, que es vivir de su trabajo. El otro mensaje que queda es que los conflictos se arreglan hablando y no a la fuerza”.

Airala siente una emoción muy grande por lo que llama “la evolución de las personas”, un proceso que explica en detalle. “Tenés que estar acá y vivirlo: ver cómo viene una persona a pedir trabajo, cómo está psicológicamente, cómo se relaciona y cómo está tres meses después: el cambio de las caras, el cambio de las caras de las madres, su agradecimiento, ¡es muy fuerte!”. Airala siempre sonríe. Le pregunto cómo mantiene ese optimismo a pesar de su accidente. “¡Estoy tan metido en esto que ni siquiera me acuerdo que estoy paralítico!”

Luego explica mejor esa alegría que siente. Repasa su historia. Las pasó todas. Su lista de antecedentes penales es larga. Sabe bien lo que es una cárcel. “Cuando estás próximo a salir, vos pensás cómo seguirá tu vida. Y lo que pensás es ¿qué hago?, ¿vendo droga?, ¿robo autos?, ¿los llevo a Paraguay?, ¿hago un par de rapiñas?, ¿quién está afuera?, ¿qué contactos tengo?, ¿cómo me oculto? Eso pasa por la cabeza del preso que va a salir”. Pero él ha tenido conversaciones con los muchachos que trabajan en Gigor que le han dado una recompensa mayor que una montaña de dinero. Sabe que al salir se llevan algo más que una experiencia laboral y unos pesos en el bolsillo. “Hay un porcentaje lindo de personas que trabajan acá que cuando van a salir libres no preguntan cómo llevo un auto al Paraguay, sino ¿dónde me saco el carnet de salud?, ¿cómo saco el carnet de manipulación de alimentos?, ¿cómo saco una libreta profesional para manejar?... Esto es una introducción real a la sociedad, sin delito. Es difícil, ¡pero está muy buena y lo están haciendo!”.

Hace una pausa mientras a su alrededor esos mismos muchachos cargan bandejas de pan de molde.

“Me da mucha alegría y hasta un poquito de orgullo”. 

Una ley que hace falta
Los emprendimientos de Punta de Rieles aportan un 30% de sus ganancias: un 10% para un fondo común que financia nuevos proyectos, un 10% a una asociación de víctimas del delito y un 10% al Ministerio del Interior, por usar sus terrenos y la electricidad. La envergadura que tomó Gigor, hizo que se modificaran estas reglas. El Ministerio le pasó a cobrar un ficto de $ 40 mil mensuales. Como es mucho dinero, la empresa fue eximida de aportar al fondo común de los presos. Gigor, además aporta todo el pan que se usa en el penal para la alimentación de los reclusos, policías y funcionarios. También colabora con mano de obra. La empresa está inscripta en DGI, BPS y tiene facturación electrónica. Tanto Hebert Barboza, uno de los socios de Gigor, como el director de la cárcel entienden necesaria una ley que regularice y estimule los proyectos que nacen en las cárceles, que dan empleo a los reclusos y alientan su rehabilitación.

 

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