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Ida Holz: alma tecnológica

Es una de las pioneras de internet en Uruguay y tuvo una vida llena de pasión y desafíos en la que puso su amor por las computadoras al servicio de la democratización del conocimiento.

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23 de mayo de 2013 a las 18:50

Es grande y llena de color. Equilibrada, discreta, luminosa y cálida. Acogedora. Tejidos rústicos, frutas sobre la mesa en una canasta cuidadosamente trabajada, máscaras en la pared que referencian los típicos bailes mexicanos y una extraordinaria pintura del artista Anhelo Hernández hacen de esta casa, ubicada en el Parque Batlle, una obra de arte. Hace 54 años que fue construida y 25 desde que Ida Holz y su familia decidieron convertirla en su hogar. Las casas suelen decir mucho de las personas que las habitan, pero en el caso de Ida me atrevo a decir que es un fiel retrato de su vida. Es de esas mujeres que se casan con sus ideas y las aman tanto que no importan las condiciones climáticas. De esas que luchan con y por ellas para cumplir sus metas y que ponen su espíritu creador en todo lo que emprenden. De esas que no pasan desapercibidas y que dejan huella en cada uno de los proyectos que se proponen.

Ida Holz es de esas mujeres con las que una vez encendido el grabador el tiempo puede dejar de ser cronometrado. De esas cuyas palabras pueden querer decir mucho más de lo que dicen. Nació en Uruguay antes de Maracaná. Su papá murió antes de que su hermano naciera y su mamá, proveniente de una familia judía que había muerto en el Holocausto, tuvo que hacerse cargo de Ida y su hermano. “Éramos muy pobres. Mamá casi no sabía español y se las tuvo que arreglar como pudo para darnos una educación. Fue una infancia muy dura”, relata. “Mi mamá venía de un mundo intelectual y le tenía respeto al conocimiento. Siempre se preocupó de que fuéramos a la escuela y al liceo; eso se palpa y se vive aún cuando alguien está en una mala situación económica. Ese mundo hizo carne en ella y por eso, pese a haber tenido una infancia diferente a la de mis amiguitos del barrio, la pasión por el conocimiento siempre estuvo ahí, presente”, me cuenta de una manera tan detallada que no parece que hayan pasado más de 70 años.

Entre los 18 y los 22 años se fue a Israel, donde estuvo en el ejército y en un kibutz. Volvió después de una guerra, ya que decidió que no quería vivir en ese mundo y cursó preparatorio de arquitectura mientras trabajaba ocho horas diarias para ayudar a su mamá. Años más tarde comenzó con el profesorado de matemáticas en el IPA. Pero aún había otros planes para ella. “Un profesor del IPA me instó a que participara en un concurso. Era una prueba psicométrica a la que se presentaron 349 personas, de las cuales seleccionaron a 20 para hacer cursos de computación. No estaba segura, pero el día en que se cerraba la inscripción justo estábamos en huelga en el IPA y decidí anotarme. Pasé la prueba, me eligieron y dejé el IPA”.

A principios de la década de 1970 era “muy raro” que una mujer (me dice que en su clase eran cuatro) estudiase Ingeniería en Computación. Recuerda que eran cursos de IBM muy básicos, que servían para conocer como era el sistema operativo y algo de programación Fortran (lenguaje de programación de alto nivel que está especialmente adaptado al cálculo numérico y a la computación científica).“Me acuerdo que en la facultad teníamos una computadora enorme; de esas que usaban tarjeta perforada. Tenían un disco duro que guardaba la milésima parte de información que los actuales”.

La tecnócrata y el artista
“Yo no sé si me enamoré de él a primera vista. Lo que sé es que sentí curiosidad por ese mundo de artistas plásticos que no conocía. No sé si me gustó ese mundo, lo que sé es que me gustaba su compañía. Anhelo era un tipo muy abierto al conocimiento y, aunque en muchas cosas no éramos parecidos, eso me atrajo”, dice sin titubear.

Ida y Anhelo se conocieron un 13 de abril de 1963, y si bien ella se acuerda del primer día que lo vio con lujo de detalles, prefiere mantenerlo en reserva. “Era un tipo muy especial y aún hoy es mi compañero de vida”, cuenta con la voz un poco entrecortada. Anhelo Hernández fue unos de los artistas plásticos más importantes que tuvo nuestro país, y el amor de la vida de Ida Holz. Ella lo recuerda como un hombre entusiasta lleno de juventud y un padre maravilloso. “Anhelo fue muy influyente durante la infancia de mis hijos. Mientras vivimos en México, él tenía un taller en casa y compartía mucho tiempo con los niños. Me acuerdo que una vez Arauco [su hijo mayor, hoy director de fotografía cinematográfico] le dijo: ‘Papá, vos sos flor de vivo. Te pasas el día haciendo dibujitos y yo tengo que ir a trabajar a la escuela’”. El arte de Anhelo impulsó a los artistas que Arauco y Ayara (hija menor de Ida, hoy bailarina radicada en Berlín) llevaban dentro. Y en esas extrañas vueltas que da este mundo, el círculo cerró perfecto: Anhelo terminó su vida haciendo estampa digital en la computadora. “Era muy creativo y curioso; cuando había algo nuevo en su campo quería ensayarlo”, afirma Ida con una sonrisa. Cuenta que cuando Anhelo preparaba una exposición solía hacerse comentarios a sí mismo. “Cosas como ‘esto no está bien, acá hay que cambiar esta pintura’. Lo mismo hacía cuando iban a visitar museos. Le empezaba a hablar a los cuadros y les decía ‘vos me engañaste, la línea la tenías en otro lugar’, y la gente lo empezaba a rodear. Era un personaje bárbaro. Y me emociona. Es fantástico, porque tanto Anhelo como yo, aunque en distintas áreas, somos igual de apasionados. Creo que fue esa pasión la que nos mantuvo 48 años juntos”.

Dictadura y exilio
Estuvieron muchos meses en la clandestinidad, yendo de un lado a otro, buscando un lugar donde vivir. En ese entonces Ida trabajaba en el Centro de Cómputo de Ingeniería y estaba de licencia prenatal. “El 6 de noviembre del año 1974, un día antes de que naciera Arauco, me enteré que me habían destituido por no haber firmado la declaración jurada para adherir al Régimen Republicano y blablabla. Me sentía horrible y estaba a punto de dar a luz, pero no estaba dispuesta a firmar absolutamente nada. Había visto demasiadas cosas que no me gustaban y no quería continuar en contra de mis sentimientos e ideas”. Fueron días difíciles para los Hernández Holz. Ambos se habían quedado sin trabajo y estaban siendo buscados por los militares. “Anhelo llegó un día y dijo: ‘Tenemos 10 minutos para salir de casa’. Yo junté ropita de Arauco y recuerdo que rompimos los marcos de los grabados y los metimos adentro de una valija. Fue muy fuerte”. Vivieron muchos meses separados hasta que una artista amiga de la familia les ofreció una casa en las afueras de Montevideo. Estuvieron ahí tres meses. “Vivíamos en la gloria, porque ellos llegaban con comida para nosotros y ropa para Arauco. No teníamos un peso”. Pero en un momento decidieron que no podían seguir viviendo “a costa de la gente”, en esa situación indefinida, y Anhelo, que había hecho una exposición para México, decidió contactarse con la embajada de ese país para pedir ayuda. Al día siguiente los asilaron, junto con más de cien ciudadanos uruguayos que eran perseguidos por los militares por tener una ideología diferente a la del Régimen. “No sé si tenía miedo, estábamos viviendo nuestra realidad y teníamos que tratar de resolver la situación”. Y con un par de adjetivos me trasladó a la embajada de México. Era un lugar en el que no estaban libres. Donde convivían mujeres embarazadas que escapaban de los militares, hombres veteranos que acababan de salir de la cárcel, niños que solo habían conocido al Uruguay vestido de verde y personas que tenían sueños, esperanzas y que lo único que latía en sus mentes eran las ganas de vivir como antes, de volver a vivir. “El hacinamiento era terrible, había tres baños para 120 personas. Y aunque parezca increíble, no hubo crisis de relacionamiento. Fueron días aburridísimos. Los cinco meses que estuvimos viviendo en la embajada se sintieron como años. La verdad es que no había mucho para hacer. Ahí me embaracé de Ayara [risas]. El maravilloso embajador que tuvimos, Vicente Muniz Arrollo, nos facilitó mucho la vida. Ninguno de nosotros lo va a olvidar”.

Estuvieron en México 11 años. Ida, aunque estaba embarazada, consiguió trabajo rápidamente y Anhelo empezó a hacer ilustraciones para las tapas de los libros de la editorial Siglo XXI. Era la primera vez en meses que tenían un ingreso. Al tiempo, viviendo en Ciudad de México nació Ayara e Ida cambió de trabajo. “De un día para el otro me triplicaron el sueldo. No lo podía creer, ganaba 8 mil pesos y me ofrecieron 23 mil para hacer un modelo de simulación de la economía mexicana con un chileno exiliado”. Ese fue el primer trabajo que realizó para la Dirección Nacional de Política Económica. Años después se fue al Instituto Nacional de Estadística, donde llegó a ser la directora de la Dirección de Desarrollo Informático. “Tenía coche, chofer y 16 sueldos al año. Mi vida cambió. De hecho nunca vivimos tan bien como en México”, sentencia. Ida recuerda que fue en México donde pudo comprarse su primera computadora personal, una Commodore. “Se conectaba al televisor y no tenía disco duro. En esa PC les hice a mis hijos unos programitas para sumar, restar, multiplicar y dividir. Cuando se equivocaban, el programa les decía: ‘Uy, qué pena. ¡Hazlo de nuevo!’. Todos los niños del edificio venían a jugar a casa, les encantaba”. Corría el año 1980 y ella potenciaba su creatividad mediante la incipiente tecnología. Pero quisieron volver. “Nosotros no habíamos elegido vivir en México, fue circunstancial. México es un país maravilloso, que merece ser elegido. Además teníamos un compromiso ideológico que nos impulsaba. Teníamos que estar en Uruguay”.

“Yo no sé si me enamoré de él a primera vista. Lo que sé es que sentí curiosidad de ese mundo de artistas plásticos que no conocía”

Trabajo en red
Eran muchos los universitarios que por el año 1987 empezaron a escribirse entre sí con la euforia de regresar a Uruguay. “Me avisaron que había un concurso en la Dirección de Desarrollo Informático. Concursé, gané y decidí volver. Aunque volví con la idea de ver qué pasaba, sabía que acá me iba a ir bien. En México había aprendido, había vivido y había hecho una carrera impresionante; y eso pesaba. Aprendí tanto profesional y humanamente, que cuando llegué a Uruguay me costó mucho. Había un estancamiento del diablo”. Narra que por aquellos años sintió que el intelecto de los uruguayos se fue “trancando” y que la “inercia” se había convertido en rutina. “Había muchísimos libros que estaban prohibidos y varios institutos habían desaparecido, los cerraron de un día para el otro y los dejaron morir. Del Hospital de Clínicas se llevaron todo, no dejaron ni una probeta”. Ella asegura que ese “estancamiento” se nota en la gente. “Es una herencia que va a cambiar, pero que todavía tenemos. Los que nos fuimos y vivimos otro mundo, hoy pensamos de otra manera. Vinimos completamente cambiados”. Ida regresó en el año 1987 para ocupar el cargo de directora de SeCIU (que dejó recién a mediados de 2011) desde donde lideró el desarrollo de la Red Académica Uruguaya (RAU). A partir de ese momento se visibilizó la importancia de internet en Uruguay, que jugó un papel fundamental en la evolución de las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TICs). Al poco tiempo de haber asumido ese cargo, el Director del Instituto de Computación, Juan José Cabezas, le preguntó si ella se animaba a encargarse de la administración del correo electrónico. Y con un “sí, por supuesto” Ida se puso al hombro ese desafío en el país. Casi por casualidad, y no tanta, ella fue, además, una de las que encabezó el grupo de pioneros de internet en la región; grupo que dio el puntapié inicial para que los latinoamericanos pudiesen acceder a una Red. “Nos fuimos a Río de Janeiro en 1991. Era la primera vez que iba a una reunión latinoamericana de redes. No conocía a nadie ni sabía cómo era el asunto. Personas de todo el mundo venían con la idea de armar una organización latinoamericana. Pero yo me opuse, porque entendí que si íbamos a gestar un organismo teníamos que estar de acuerdo y generarlo nosotros mismos. Pedí que nos dejaran una mañana solos para resolver el tema, lo que ofendió a mucha gente. Esa noche, entre un chileno, un argentino, un cubano y su ron y yo, preparamos un documento que fue el borrador del nacimiento del Foro Latinoamericano de Redes”. Ida fue además una pieza fundamental en la Cooperación Latinoamericana de Redes Avanzadas (CLARA). “Desde entonces he estado siempre en alguna directiva. Ya es hora de que me vaya, pero no tengo la culpa de ser como soy”.

“Cuando empezamos con internet acá nos miraron con una cara rarísima, me acuerdo que los abogados nos decían que no podía suceder”

Hacia un Uruguay tecnológico e inclusivo
Los años siguientes no fueron fáciles, principalmente por las pujas constantes entre Antel y SeCIU. “En Antel había una visión de que internet iba a competir con la telefonía básica. Cuando me dijeron eso, les dije ‘y sí, el motor compitió con la carreta, ¿qué le vamos a hacer?’. Algunas veces, aunque uno no quiera, la realidad te cambia o te cambia. Si no, uno no puede vivir en el mundo”.

Pero estas dificultades no frenaron a Ida ni para encontrar el “enlace directo”, que hizo posible que Uruguay pudiese finalmente tener internet, ni para conseguir el dominio UY, que hoy ya tiene 23 años. “Cuando empezamos con internet acá nos miraron con una cara rarísima, me acuerdo que los abogados nos decían que internet no podía suceder porque no había dueños ni reglamentos, aseguraban que era anárquico. Pero sucedió y de una manera que nadie esperaba. No sabemos qué va a pasar dentro de 10años, pero el mundo avanza y la aceleración con lo que lo ha hecho en estos últimos 20 años es impresionante”. En el año 1994, internet dejó de ser exclusivamente académico y nació lo que hoy se conoce como internet comercial. “El correo electrónico e internet fueron una explosión”, dice la mujer que vivió todos los cambios y la evolución informática en Uruguay. “Precisamente esas explosiones tecnológicas son las que vislumbran un mundo en el que todavía no sabemos lo que va a pasar”. Inevitablemente la entrevista se convierte en charla y se torna peculiarmente amena. Ya envuelta en sus palabras, me hace caminar hacia el Ceibal. “Una cosa que a mí me emocionó mucho fue el Plan Ceibal, me hizo sentir que vamos hacia un mundo mejor. Te das cuenta –me dice absolutamente apasionada– que cuando estos chicos terminen la secundaria y salgan al mundo van a ser otros. Una generación diferente. Lo lindo del Ceibal fue, es y seguirá siendo la inclusión social. Estamos logrando que todos los niños vivan una situación a la que no hubieran podido acceder sin este proyecto. Y a mí me gusta que Uruguay cambie en este sentido, me gusta un mundo que avance hacia la igualdad. No sabés cuánto me gusta y cuánto me emociona”.

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