Islas Galápagos: el día después
Hagan silencio. Observen. Sumérjanse. Exploren. Floten. En estas islas verán lo que no vieron nunca
Hagan silencio. Observen. Sumérjanse. Exploren. Floten. En estas islas verán lo que no vieron nunca
No voy con un paquete todo incluido, porque no tengo demasiado dinero y porque me vuelve loca que me digan dónde, cuándo y cómo tengo que estar en un sitio. El ingreso a las islas Galápagos está antecedido de varias normas lógicas para preservarlas del impacto humano. Previo al embarque es necesario pasar por los puestos de control del Consejo de Gobierno de Régimen Especial de Galápagos que está en el aeropuerto. Allí se chequean minuciosamente las maletas (no pueden llevarse frutas o verduras desde el continente) y se pagan 20 dólares para obtener la Tarjeta de Control de Tránsito (que debe conservarse porque la piden al salir de las islas). Al llegar a Galápagos es necesario además pagar una tasa de 50 dólares (eso porque Uruguay pertenece al Mercosur, para otros ciudadanos extranjeros el costo es de 100 dólares). En la fila no parece haber demasiada ansiedad; nadie habla, algunos leen. Mientras tanto, yo intento comportarme y reprimir la adrenalina que me está subiendo por la garganta. Da la sensación de que el cielo está demasiado bajo y no puedo sacarme de la cabeza el deseo insistente de ver sobre ese camino rojo repleto de cactus alguna tortuga, iguana o ave gigante que me advierta que ya llegué, que estoy acá. Pero solo veo el paisaje a través de la ventana del bus que va desde el aeropuerto Seymour de Baltra (donde aterrizan la mayoría de los aviones) a la embarcación que llegará a Puerto Ayora, en la isla Santa Cruz, mi primera parada. Tomo otro bus y me bajo en la mitad de una ruta. Enfrente hay un cartel: Petrel. Así se llama el campamento educacional en el que voy a hospedarme. Camino por un sendero de tierra hasta que la veo. Quedo casi que petrificada, me saco los auriculares, la observo como pocas veces observé. Ahí, una tortuga gigante. Me acerco un poco más pero tras hacer un sonido similar a un suspiro profundo (de tortuga gigante) esconde la cabeza. Quiero llorar de emoción, quiero abrazar a alguien pero no lloro ni abrazo. Agarro con fuerza las tiras de mi mochila y retomo el paso en medio de un estallido interno y de un pasadizo con árboles de naranjas. Más adelante está el campamento.