31 de agosto de 2019 5:00 hs

Años atrás, mientras tomábamos una cerveza Prestige en una isla caribeña adonde fuimos a participar en un simposio de escritores, un novelista y periodista estadounidense, que había tenido un triunfal paso como reportero del New York Times, me dijo que nada lo desesperaba más que no saber la causa del deceso de alguien sobre el cual debía escribir su obituario. Cuando le dije que la mayoría del periodismo hispanoamericano raras veces informaba sobre las causas del fallecimiento, salvo que la figura en cuestión hubiera sido asesinada o muriera en un accidente, quedó desconcertado. “¿Pero cómo puede ser?”, exclamó, y agregó que “entonces presentan la información incompleta”. “¿Por qué no informan de las causas?”, preguntó con insistencia genuina. Le respondí que no sabía, pero que estaba en total desacuerdo con esa práctica de información incompleta. Entre las posibles hipótesis que barajé para intentar darle una explicación figuraban la falta de rigor para informar de manera detallada, y el falso pudor ante la enfermedad y sus consecuencias, lo cual parece ser una de las características de la cultura hispana. De lo que le pasa al cuerpo se informa lo menos posible. La enfermedad y la muerte siguen siendo tabú.

En otras partes es muy diferente. La sección de obituarios de los principales diarios anglosajones, principalmente los de Gran Bretaña y Estados Unidos, suele ser la que tiene mayor cantidad de lectores. Hay periodistas especializados en escribir obituarios, y en mi biblioteca tengo varios libros que reúnen las crónicas de “obituaristas” publicadas entre otros diarios, en el NYT, que ha hecho del periodismo de los decesos casi un arte. Recuerdo una, por haberme impactado la calidad de la escritura y el detallismo al servicio de la precisión empleados, que hacía un recuento de lo sucedido, desde el día en que el fallecido había enfermado y el proceso vivido durante su enfermedad. Era una pequeña novela de la muerte escrita con mil y pico de palabras.

La relación entre la vida, la enfermedad y la muerte tiene interpretaciones diferentes según las culturas y de acuerdo a los tiempos. Hoy en día, con la rápida circulación en redes sociales de la información –no siempre fidedigna– el tratamiento de la enfermedad, sobre todo cuando atañe a figuras reconocidas, es menos recatado que antes. Una información que se hace pública no siempre está confirmada y puede surgir como mero rumor respecto al estado de salud de una persona, lo cual obliga a esta a desmentirla o confirmarla, aunque no quiere decir que el desmentido tenga a la verdad como principio rector. Hay casos de artistas que, seguramente para no afectar su carrera, desmintieron estar enfermos, pero al poco tiempo murieron de la misma enfermedad que decían no tener. Pasa lo mismo, y con similar frecuencia, en la política y en los altos mandos del poder.

En una columna referida al anuncio que hizo el presidente uruguayo del cáncer de pulmón que padece, y publicada en este diario el pasado 21 agosto, Gonzalo Ferreira afirmaba en el párrafo final: “Vázquez demostró con la actitud de esta semana que tiene clarísimo que, al ser presidente, no es una opción ser opaco en el manejo de esa información. Y esa transparencia deja muy bien parado a un país que en muchos aspectos sigue teniendo una democracia modelo”. Correcto. La enfermedad de un presidente es un tema complicado que suele convertirse en desafío mayor a la hora de informar sobre el mismo, incluso en democracias consideradas “transparentes” en este aspecto, como la estadounidense, que no siempre quedan bien paradas, una vez que en determinado momento del proceso comienza a prevalecer la postura de “eso mejor no se habla”. 

John F. Kennedy solía salir sonriente en todas las fotografías, como si estuviera regalando salud. Durante el tiempo corto que fue presidente representó la juventud en estado de intensidad, y fue de esa imagen que la mayoría de la población estadounidense se enamoró. Sin embargo, Kennedy era un hombre enfermo, con una salud delicada que mantenía en guardia a sus médicos obligándolos a inyectarle medicamentos en forma casi diaria, habiendo llegado incluso a temer por su continuidad en el cargo, en caso de que los problemas físicos se agravaran. 

Que el mundo conociera el verdadero estado de salud del presidente en tiempos de plena guerra fría, hubiera sido terrible para la imagen del poder político estadounidense, hasta podría haberla debilitado justo cuando se necesitaba todo lo contrario. Kennedy murió derrochando una imagen de salud y bienestar, incluso las últimas fotos que le tomaron antes de que tres balas le atravesaran el cráneo lo muestran sonriente, en la plenitud física de su vida.  

El sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson, un texano de complexión fuerte, también tuvo problemas de salud de los cuales durante su presidencia el periodismo habló poco, porque la información provista por la Casa Blanca era mínima, inexistente más bien, y porque ese tema no era políticamente correcto en tiempos bélicos, algo que ya se había establecido como práctica común en tiempos de Franklin Delano Roosevelt, durante la segunda guerra mundial. Johnson, quien había tenido un ataque al corazón ocho años antes de asumir la presidencia, era consciente de que la presión y las preocupaciones asociadas al cargo que ocupaba iban a hacer mella en su cuerpo y que podría morir en cumplimiento de sus funciones. Una de las razones por las cuales no buscó la reelección fue precisamente por el debilitamiento de su salud.

De ahí hasta el presente, la salud de cada presidente ha mantenido su historia de recato y secretos, habitando espacios blindados, porque la palabra enfermedad es un tabú de permanente vigencia. El blindaje durante la presidencia de Donald Trump ha sido incluso más impenetrable por decisión del propio implicado, maestro a la hora de ocultar información sobre sus impuestos y sobre su salud. Sobre esta se ha informado poco y nada, generando permanente sospechas respecto a la verdadera condición física y mental del mandatario, más allá de que ha ganado peso, seguramente por su continua ingesta de hamburguesas y Coca Cola (varias botellas chicas por día), condición que ahora lo coloca en la categoría de “obeso técnicamente”.

El ser humano encara los asuntos relativos a la salud y a las enfermedades con un doble estándar. Está permitido tomarle una foto a una figura pública que luce bronceada y gozando de la vida en una playa, sin embargo, en un caso de deterioro físico la situación es radicalmente diferente, y en muchas ocasiones la empatía de los medios de comunicación con el enfermo lleva a retacear información sobre su verdadero estado de salud. ¿Por qué? Resulta difícil entenderlo, pues en definitiva tanto la plenitud como el deterioro forman parte de la misma historia de cada individuo. Informar sobre la enfermedad o la muerte de alguien, sea estrella de cine, futbolista famoso, presidente de un país, o ciudadano común del que nunca hablarán los diarios, ayuda sobre todo a humanizar más la vida, a verla en su real dimensión de milagro carente de explicación.

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