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La historia de "Las Patronas": las 12 mujeres que alimentan a los migrantes que viajan en los techos de los trenes

Cuando pasa "la bestia", le lanzan comida

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16 de agosto de 2018 a las 09:38

El diluvio casi bíblico no detiene a Norma en su misión: llevar paquetes de comida y agua a los migrantes indocumentados que pasan por México, desvalidos, montados sobre el lomo de "La Bestia", un tren de carga que llega hasta la frontera con Estados Unidos.

Colgando como racimos de los vagones del ferrocarril, cerca de 300 migrantes atraviesan como un relámpago la noche en Las Patronas, una pequeña población del peligroso estado de Veracruz, en el este de México.

Durante años, Norma Romero pensó que estos hombres eran mexicanos aventureros que necesitaban viajar a bajo presupuesto. Pero un día, "La Bestia" se descompuso quedando inmóvil sobre las vías, y los hombres descendieron suplicando ayuda.

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"Tenían un acento de Centroamérica", recuerda Norma, quien a sus 48 años es una de las 12 mujeres -conocidas como "Las Patronas"- que distribuyen comida a los migrantes gracias a donantes y voluntarios ocasionales.

"Me pidieron que les diera el pan y la leche que acababa de comprar. Tenían hambre", relata.

Norma fue a contarle a su madre, quien inmediatamente hizo suya la causa de alimentar a estos viajeros clandestinos que huyen de la pobreza y la violencia en sus países.

Y así, desde hace 23 años, "Las Patronas" preparan diariamente refrigerios para los migrantes y acuden a las vías para dárselos o lanzárselos al paso estrepitoso del tren.

Al divisar a las benévolas, los migrantes se inclinan peligrosamente tratando de atrapar al vuelo una de las bolsas de comida. Algunos incluso bajan del tren y corren a su lado mientras recogen su botín.

La escena dura los escasos instantes que tarda el ferrocarril en pasar, antes de desaparecer en la oscuridad de la noche. A lo lejos, queda replicando el eco de los gritos: "¡México!", "¡Gracias madre!".

"Nos sentimos felices de verlos continuar su viaje con comida, pero al mismo tiempo tristes", comenta Julia Ramírez, una "Patrona" viuda, al igual que Norma.

"También sentimos rabia de ver a estos jóvenes con talento abandonar sus países y tomar riesgos. Es injusto", dice Norma, secándose las lágrimas.

Muchos migrantes han sido mutilados por las ruedas de "La Bestia" cuando intentaron montar abordo o cuando cayeron por haberse quedado dormidos de cansancio.

También son constantemente blanco de criminales e incluso de policías corruptos que los extorsionan y asesinan.

Veracruz es territorio de sanguinarios cárteles de narcotraficantes que se disputan el territorio y se financian secuestrando o reclutando de manera forzada a los migrantes.

"Nos atacan muchas veces en los túneles", asegura David Ramírez, un hondureño de 23 años.

Loncheras, mapas y folletos

Desde que asumió su misión, Norma convirtió su casa en un modesto albergue para migrantes. En uno de sus muros está pintada la virgen de Guadalupe entre vagones de tren y en otro, un mapa de México que traza la ruta ferroviaria.

Hace tiempo, unas 20 mujeres formaban el grupo de "Las Patronas", pero varias desistieron cuando oyeron que ayudar a indocumentados es un delito.

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"Tenemos una misión de amor", subraya Norma.

Cada día, preparan cientos de botellas de agua limpia y bolsas con una porción de arroz, frijoles, pan y atún.

"Algunos días cocinamos 40 kilos de arroz", cuenta Julia, al explicar que un supermercado de Córdoba les dona el pan, y otros comerciantes el resto de los ingredientes.

A veces pueden darse el lujo de una rebanada de pastel, y nunca falta un folleto con información sobre derechos del migrante y un mapa que localiza todos los albergues del país.

Gracias a donaciones, Norma pudo agrandar su casa-albergue y construir una pequeña capilla donde los migrantes descansan sobre colchones al ras del piso antes de continuar su peligroso periplo.

"Cuando estamos sobre el tren, a veces la gente nos avienta piedras", asegura Santos Delgado, un hondureño de 45 años que ha sido dos veces deportado de Estados Unidos.

Su plan es llegar nuevamente a la frontera y pasar a través del desierto para buscar a su hermana, desaparecida hace cinco años y cuya foto atesora en un bolsillo colgado al cuello.

"Aquí no nos hace falta nada. Nos dan de comer y ropa", comenta David, mientras dos pequeños niños juegan sin zapatos en el patio y una madre amamanta a su bebé.

La preparación de la comida en grandes cantidades, su empaque y distribución en las vías es posible gracias a la ayuda de los mismos migrantes que están de paso en el albergue.

Pero no todos los viajeros que pasan sobre el lomo de "La Bestia" logran atrapar los paquetes de comida.

"Pese a todo, al vernos, se van con esperanza", se reconforta Norma.

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