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La nueva Argentina de Fernández

En un sainete tanguero, el gobierno peronista se autoconvence de que el mundo cruel lo persigue y quiere cambiar las reglas que no sabe cumplir 

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, durante una conferencia de prensa en la Quinta Presidencial de Olivos

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12 de mayo de 2020 a las 05:03

Quienes peinan canas, o no peinan nada, recordarán cuando Juan Perón, en su segunda presidencia, acuñó el eslogan de “La nueva Argentina”, que venía forjando desde 1949 con sus noticieros cinematográficos “La Argentina de hoy” y sus charlas semanales en la CGT.  Se basaba en la famosa tercera posición, que el líder había tomado de su amigo Francisco Franco, una especie de imposible equilibrio ideológico y político entre extrema izquierda y extrema derecha, entre el nazismo y el mundo libre, entre el comunismo y el capitalismo.

La nueva Argentina de Perón, como la llamó la maquinaria de propaganda, se parecía demasiado al fascismo en todos sus aspectos, y marcó para siempre no sólo al peronismo sino a la sociedad en general, que aún hoy siente demasiada admiración por la prepotencia como sinónimo de autoridad, por el estado paternalista, corporativo y protector, por el subsidio, el permiso, el acomodo, la trampa y el seguimiento ciego a líderes o padrinos. El fascismo y la mafia tienen componentes afines.

El jefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, el presidente argentino, Alberto Fernández y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicilloff, en una conferencia de prensa en la Quinta Presidencial de Olivos

Apoyada en una línea ideológica gestada en las organizaciones internacionales que responden a la concepción socioeconómica de la Unión Europea – finalmente con un ADN fascista -  Cristina Kirchner hablaba del nuevo contrato social, una ensalada de buenismo que suponía que el mundo (el ser humano) abandonaría su egoísmo y se dedicaría a promover el bienestar universal. Y por supuesto, su nueva Argentina seguiría ese faro de progreso.

La pandemia (¿o las reuniones secretas con su vice?) parecen haber dado coraje e inspirado al presidente Fernández a pergeñar su Nueva Argentina propia. El discurso unificado con su ministro de Economía para torcer la mano de los bonistas pérfidos y crueles tiene los mismos ingredientes y formatos históricos del justicialismo, que, ante la discapacidad de no poder jugar con las reglas universales, insiste en cambiarlas y jugar con sus reglas propias inventadas sobre la marcha.

En esa tesitura, se recurrió al camino unilateral de plantear una negociación prepotente y poco técnica con sus defraudados acreedores, a conseguir apoyos inútiles, desde el Papa a los actores, de economistas y académicos rentados o a sueldo del estado de bienestar europeo, que agoniza desde mucho antes del virus. Además, con un plan tramposo. El resultado, como vaticinó esta columna el mismo día en que Guzmán anticipó la propuesta, fue un merecido cachetazo, un miserable 13 a 17% de aceptación, que se oculta con vergüenza.  Aunque más grave es la idea de querer modificar las reglas luego de los hechos, de querer aplicar un nuevo contrato cuando el viejo no conviene. Una nueva realidad a medida.

Además del cierre de la justicia y el Congreso, un verdadero confinamiento a la república, Fernández, al igual que su amigo Rodríguez Larreta, ha intentado varias acciones que exceden el marco de la pandemia, que fueron frenadas o limitadas por el furor de la opinión pública o por las redes.

Una de las últimas invenciones es la app “Cuidar”, una suerte de chip que se implantará en todos los celulares de modo obligatorio para quienes quieran trabajar en la limitada y compleja apertura que empezó ayer. Imposible no recordar el televisor que vigilaba a los ciudadanos para controlar la entrada y salida de sus casas, que imaginó como una exageración Orwell en su 1984. Por supuesto que la explicación es que tal recurso es para cuidar a la gente, también como en Orwell, o en el feudalismo. El problema no es la app. Es quién y cómo la usa. Aún más preocupante es el mamotreto de 200 páginas que ha empezado a circular en las redes con el formato de documento oficial denominado “El futuro después del COVID-19” que contiene trabajos de conocidos ideólogos kirchneristas y de otros intelectuales sin filiación, pero maleables, donde se plantea, en el escenario de un mundo de bienestar, justicia, generosidad y equidad “que se viene”, una nueva Argentina idílica, financiada por impuestos infinitos, o por Dios. 

El presidente argentino, Alberto Fernández, junto a la vicepresidenta Cristina Fernández

Resulta difícil su lectura sin vincularlo a Perón, a Cristina y a los mecanismos fascistas que caracterizaron al Movimiento, que nuevamente insiste en imaginar un mejorado Brave new World, al decir de Huxley, una tercera posición, una Nueva Argentina de Fernández.

Más difícil es entender cómo se logrará aumentar el gasto público a los niveles que propone el documento - basado en tautologías y no en evidencias empíricas- cómo se llegará a eliminar la pobreza y a sacar a la gente de los asentamientos sin inversión, sin financiamiento, aumentando impuestos, rompiendo con el Mercosur, incumpliendo los acuerdos, encerrándose, sojuzgando la libertad y la república y demostrando un resentimiento y un odio hacia el sistema digno de un adolescente drogado y díscolo.

Fernández ha manifestado en su última aparición pública que es hora de que los recursos se destinen a la auténtica producción, no a la especulación financiera. Evidentemente no ha analizado las cifras globales de los últimos 100 años. Tampoco ha analizado la gestión y la acción de su propio partido en los últimos 20 años, que culmina ahora con la muerte de todas las Pyme, que no resucitarán.

La nueva Argentina de Fernández será un país sumido en la miseria, por mucha propaganda goebbeliana que se use. Conseguirá adeptos despistados y votantes trémulos de miedo, pero no inversiones, ni producción ni crédito ni bienestar ni equidad. No puede, no sabe y no quiere hacer otra cosa. 

Una vez más, es un modelo a no imitar. Por eso, cada vez que los orientales tengan dudas sobre el camino a seguir, deben mirar al vecino y hacer todo lo contrario. 

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