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La pobreza crece en América Latina y devora a Argentina

Un ajuste interminable y el eventual regreso del peronismo

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10 de abril de 2019 a las 05:00

La pobreza vuelve a aumentar en América Latina desde 2015, después de haber caído mucho durante al menos una década.

La pobreza extrema afecta a más del 10% de la población regional, debido al débil desempeño de las economías, estimó un informe de la Cepal divulgado en enero. Otro 30% de la población latinoamericana vive en la pobreza. Total: más del 40%, casi 250 millones de personas.

Los extremos de mayor miseria se hallan en Nicaragua, Bolivia, Honduras y Guatemala. Por el contrario, el menor porcentaje de pobres históricamente lo han tenido y lo tienen Uruguay, Chile, Costa Rica y Argentina.

El caso uruguayo

La pobreza cayó en Uruguay de manera vertical entre 1985 y 1999; repuntó en gran forma durante la crisis con epicentro en 2002, hasta superar el 35% de las personas; y volvió a caer a partir de 2004, hasta afectar a poco más del 8% de la población, más en Montevideo que en el interior del país. 

La pobreza y otros indicadores socio-económicos se miden mediante encuestas continuas.

El año pasado la pobreza creció algo en Uruguay según la medición oficial. Esa tendencia debería consolidarse debido a la languidez económica y a la caída del empleo y de los ingresos. Se considera que el 29% de la población uruguaya es vulnerable: podría caer otra vez en la pobreza.

Las cifras varían mucho según los métodos de cálculo. De hecho, las mediciones suelen realizarse según ingresos: la cantidad de dinero promedio por cabeza. Es un método cuestionable, ya sea porque esa cantidad de dinero es muy baja, o bien porque la pobreza tiene una dimensión socio-cultural y material bastante más compleja que la simple medición del ingreso.

Así, por ejemplo, el método de las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) es más completo para evaluar el desarrollo de un país. Mide un conjunto de indicadores que se consideran esenciales para asegurar una calidad de vida mínima: vivienda (calidad constructiva, hacinamiento, saneamiento, agua potable, etc.), acceso a la enseñanza y a la salud, nivel de instrucción, capacidad de subsistencia familiar. 

De todas formas, medida por el ingreso promedio, la pobreza cayó de manera sustancial en casi todos los países de América Latina en las primeras décadas del siglo XXI. Las economías de la región vivieron al menos una década de bonanza gracias a una firme demanda internacional por sus materias primas: desde cereales a petróleo, pasando por frutas, carnes o mineral de hierro y cobre.

En promedio, la pobreza y la pobreza extrema, esa que ni siquiera da para suficientes alimentos, bajó en el subcontinente de 61% de la población a menos de 40% entre 2002 y 2014. 

Pero pronto muchos Estados comenzaron a tener graves problemas debido a sus gastos excesivos, ya insostenibles, y la caída de la actividad económica. 

El principio de ahorrar en tiempos de vacas gordas no suele aplicarse en América Latina, por lo que rápidamente se pagan las consecuencias en cuanto llega el tiempo de las vacas flacas.

Desde 2014 o 2015 la pobreza —medida por ingresos— aumenta. Cada vez más personas viven de la basura y duermen en las calles, desde Rio de Janeiro a Montevideo. 

La inflación, especialidad argentina

El caso más notable de empobrecimiento es el de Venezuela, cuya población se hundió en un abismo insondable (90% bajo la línea de pobreza); y luego, en menor escala, el de Argentina, que fue el país más próspero del área al menos hasta mediados del siglo pasado.

El índice de pobreza en Argentina se elevó a 32% de la población —14 millones de personas—, incluyendo al 6,7% en estado de indigencia, toda una debacle para un país que siempre fue considerado rico. 

Argentina atraviesa una grave recesión económica, una crisis cambiaria y de deuda pública provocada por el gran déficit fiscal, desempleo creciente y una inflación de 50% anual, una de las más altas del mundo. El gobierno debió pedir auxilio al Fondo Monetario Internacional, que le prestará 56.000 millones de dólares hasta 2020 a cambio de un drástico plan de equilibrio fiscal.

El déficit en las cuentas públicas se ha reducido de 6% del PIB en 2015 a 2,4% en 2018, a costa de estimular una recesión que parece perpetua. 

Argentina padece serios problemas con la inflación, en forma cíclica, desde 1952, cuando el primer período de Juan Domingo Perón. El desbarajuste monetario se inició en la década de 1930; pero durante el primer peronismo se volvió hábito aumentar en gran forma el gasto público y financiarlo en parte con montañas de billetes nuevos.

El sábado el diario La Nación recordó que en 1989, cuando renunció el presidente Raúl Alfonsín, en medio de una inflación que superó el 3.000% anual, la pobreza alcanzaba al 38,3% de la población argentina. En 2002, después de la más profunda crisis de la historia moderna, la pobreza trepó hasta alcanzar al 47,8% de sus habitantes.

“La inflación no es un fenómeno natural ni una peste que llega del exterior —editorializó el diario—. Es resultado de un exceso de gasto público por encima de la productividad de la economía. Es consecuencia de emitir dinero para cubrir el bache de ingresos y refleja la reacción de la gente, que pierde confianza en los billetes. Pero la inflación también es un fenómeno político. Casi imposible de reducir por ser bastión de los intereses creados y sustento de líderes populistas, políticos clientelistas, gobernadores desaprensivos, seudoempresarios parasitarios del Estado y sindicalistas incorregibles. También de millones de buenas personas que tomaron lo que en la Argentina ‘se daba’: empleos redundantes, jubilaciones sin aportes, pensiones de favor, horas extras prebendarias o suplencias injustificadas”.

Una década perdida

Habrá elecciones nacionales el próximo 27 de octubre, en las que el presidente Mauricio Macri —quien gobierna desde diciembre de 2015— pretende la reelección. Será desafiado por la ex presidenta Cristina Fernández, o por alguien que la represente en mayor o menor grado.

La economía caerá este año, según estimaciones oficiales. Y ya había caído 2,5% durante todo 2018. La recuperación iniciada en 2017 se frustró con la crisis cambiaria del año pasado. La industria sólo trabaja con la mitad de su capacidad instalada. En los hechos, la economía argentina no crece desde 2008: una década perdida.

Y es improbable que aumente la inversión en los próximos meses. Antes todos desean saber si los gobiernos populistas regresarán a Argentina.

La retracción del consumo alcanza a todas las clases sociales, según sus posibilidades, desde lo básico a lo superfluo. Disminuyó mucho el consumo de carne vacuna, antes el más elevado del mundo, y aumentan las huelgas y “piquetes”. El ingreso de turistas argentinos a Uruguay este último verano mermó alrededor de 30%, en tanto la venta de vehículos nuevos se retrajo 49,5% en el primer trimestre de 2019.

Poético, Mauricio Macri dijo hace unos días que en ningún momento hay más oscuridad que un segundo antes de amanecer. Pero, después de más de tres años de gobierno, lo suyo se parece a un naufragio. Sólo el próximo gobierno podrá recoger los beneficios de estos años de ajuste, pero bien puede ser que no sea el suyo, sino el de sus más enconados adversarios: peronistas y kirchneristas.

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