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Lo que tiene que saber sobre los bitcoins, una moneda que no para de valorizarse

En una semana pasó de costar US$ 9.000 a US$ 11.000

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01 de diciembre de 2017 a las 05:00

Una semana antes de que el bitcoin superara los US$ 11.000, cuatro personas diferentes me hicieron la misma pregunta. Dos clientes, el editor de un diario y una estudiante de medicina. Los cuatro, las mismas palabras: "¿Qué sabés sobre bitcoins?".

La historia de esas cuatro preguntas o, mejor dicho, el origen de esa interrogante y la motivación de cada uno para hacerla hablan mucho de la historia misma del bitcoin y explica en cierta medida el vertiginoso ascenso de los precios.

Primero, algunos números. El bitcoin nace en 2009 y su precio operó por debajo de los US$ 10 hasta 2011. No alcanzó los US$ 100 hasta 2013 y no fue hasta principio de este año que superó los US$ 1.000. El miércoles llegó a operar por encima de los US$ 10.000 la unidad, aunque no soportó ese precio y al momento de escribir esta crónica –última hora del jueves– cotizaba apenas por encima de los US$ 9.800.

Por más que el saldo a lo largo del tiempo es de un vertiginoso incremento en los precios, la historia del bitcoin no es de subas una a continuación de la otra, sino que está marcada por una fuerte volatilidad. Aumentos bruscos han sido acompañados por caídas de hasta 30% en el precio. Hasta ahora cada uno de esos retrocesos fue compensado por subas posteriores, pero los fundamentos detrás de la moneda etérea y la historia universal de las finanzas no aseguran que esa sea una constante necesaria.

Cosa de locos

"¿Qué sabés sobre bitcoins?". Así me recibió un empresario constructor interesado en el desarrollo de un software de inteligencia artificial aplicada a su negocio. La misma pregunta me formuló el contador de una empresa tecnológica durante la negociación de un proyecto de internet de las cosas. El bitcoin y una de las principales tecnologías que subyace detrás –el conocido pero menos popular blockchain– no es ni inteligencia artificial ni internet de las cosas. Pero entra en el selecto grupo de tecnologías que están alterando en poco tiempo las dinámicas de negocio de diferentes sectores de actividad y de un tiempo a esta parte acaparó la atención de las personas de negocios que buscan oportunidades en las nuevas tecnologías.

Ambos ejecutivos estaban evaluando proyectos de inversión vinculados con criptomonedas. Uno en Argentina, otro en Uruguay. Ambos tenían que ver con la llamada "minería", granjas de servidores conectadas a internet y dedicados exclusivamente al procesamiento de transacciones de bitcoins u otras criptomonedas.

Entendamos de qué se trata todo esto. El bitcoin es una moneda descentralizada. Esto es, no es emitida por ningún Banco Central. Ningún país o institución tiene el control de su oferta. Nadie puede generar un nuevo bitcoin por su propia voluntad. No hay un individuo o entidad a quien consultar si Fulano tiene el saldo suficiente para pagarle a Mengano. No hay cuentas almacenadas en tablas de ningún servidor superseguro en el subsuelo de un banco. El bitcoin es el paradigma de la ubicuidad llevado al terreno financiero. Quizás por eso genera tanta fascinación en el mundo tecnológico y tanta resistencia entre economistas y expertos en finanzas.

¿Pero cómo es posible algo así? Pongámonos tecnológicos por un momento. El blockchain es la tecnología de base de datos transaccional replicada que permite sostener un sistema de esas características. ¿Menos tecnológicos? Cada usuario de bitcoins tiene una llave de seguridad encriptada, que le da acceso al sistema y le permite realizar operaciones. Los mineros son los encargados de validar las transacciones que se realizan. La operación de un usuario envía a un número importante de mineros una orden. Para validar la operación, los mineros deben resolver una serie de problemas matemáticos simples, pero que exigen importante fuerza bruta de cálculo. El primero en lograrlo, es el que anota en sus registros la operación y la distribuye al resto de los mineros. Por ese logro se lleva una recompensa, que es ni más ni menos que un premio en bitcoins.

El sistema replicado –muchos servidores compiten a la vez por quedarse con la operación, en conocimiento de todos los otros– hace que las transacciones sean seguras, que las listas de agregación sean inalterables y que los cambios sean imposibles de deshacer. Los protocolos involucrados garantizan que nadie de afuera pueda manipular la información, simplemente porque no hay manera de que logre sortear el proceso de validación por réplica.

El problema es que conforme aumenta el número de transacciones, la dinámica asociada al proceso de minería y validación se vuelve cada vez más costosa en términos de energía. Se calcula que hoy en día, el consumo de una transacción equivale al de un hogar medio estadounidense en una semana y en un año, supera el consumo de toda Irlanda. Todo un desafío para la sostenibilidad del negocio atrás de la minería de criptomonedas.

El interés de los ejecutivos uruguayos en el tema y sus ganas de entrar a este negocio, ilustra una fase que el bitcoin transitó en los últimos años y hoy ya más que novedad es historia económica. En un punto, las criptomonedas dejaron de ser una cuestión de excéntricos del mundo tecnológico y pasaron a ocupar el tiempo y los recursos de empresarios, de inversores que miden el riesgo, calculan rentabilidad y apuestan por tecnologías innovadores. Que muchas veces no entienden muy bien cómo funciona la magia, pero huelen el potencial detrás de todo esto. El bitcoin pasó de ser cosa de locos a una apuesta fuerte de inversores que no le temen al riesgo.

Los escépticos

"¿Qué sabés sobre bitcoins?", me preguntó también la semana pasada un editor de El Observador. Y de esa charla surgió la idea para esta crónica. No estaba interesado en invertir. Él venía siguiendo la historia del bitcoin desde hace un tiempo, maravillado por una moneda que no para de romper barreras inverosímiles en la escalada de sus precios. Entendía que era hora de que un público más diverso –no solo el especializado– comprendiera los pormenores detrás de esta tecnología y sus implicancias.

La tercera etapa, luego de excéntricos tecnológicos y los inversores más osados, fue la de los expertos y entusiastas de las finanzas. El bitcoin obsesionó a los profesionales de los números, muchos de ellos con una visión muy escéptica sobre el futuro de las criptomonedas. No es raro encontrar hoy referencias recurrentes al bitcoin en las páginas de Economía y Finanzas de los diarios. The Economist le dedicó ya más de una portada.

Analistas económicos y financieros tienen opinión formada. Entienden los riesgos y las potencialidades de una moneda que nació para desafiar las actuales reglas de juego y deja en un lugar incierto a los distintos agentes del mercado financiero, pero también a los Estados en su rol de reguladores y dueños absolutos de la capacidad de acuñar moneda.

A diferencia de los expertos tecnológicos, los analistas financieros miran con desconfianza al bitcoin. Será porque ven a las criptomonedas no como una innovación disruptiva sino como un ensayo más en la constante evolución de los medios de pago. Y no se dejan sorprender por la escalada de precios y la creciente demanda, porque conocen antecedentes de activos financieros que vivieron igual fenómeno, pero que de forma abrupta cayeron en picada. Grandes exponentes de las finanzas internacionales como Nouriel Roubini alertan sobre las características del bitcoin que encuadra en un diagnóstico fatal: el de burbuja financiera.

Un salto de fe

"¿Qué sabés sobre bitcoins?". La cuarta pregunta me la hizo una amiga a través de WhatsApp. "Estoy pensando en entrar", me dijo. Ella no es empresaria tecnológica ni economista ni nada que se le parezca. Estudia una especialización en medicina. Tiene un ingreso medio y jamás en su vida se había detenido a evaluar opciones financieras complejas. No sabe lo que es una Letra de Regulación Monetaria. Ni siquiera usa tarjetas de crédito.

Su motivación para comprar bitcoins no era otra que la percepción como cierto de un escenario en el cual el comportamiento reciente de los precios se siga replicando en el futuro cercano. Es simple. A ella no le importa el bitcoin como medio de pago, como depósito de valor o como unidad de cuenta. Su apuesta ciega –en el sentido de que al igual que el mayor de los expertos, no tiene la información suficiente como para asegurarlo– es que el bitcoin seguirá apreciándose frente al dólar.

¿Y lo hará? La suba de precios depende de que otras tantas personas como mi amiga empiecen a demandar un activo cuya oferta es relativamente estable. Y al mismo tiempo, que los actuales tenedores de bitcoins no decidan vender sus posiciones y volver al dólar, al euro o al peso uruguayo. El problema es que si la decisión de retener sus activos está sujeta a la percepción de aumento indefinido de los precios, la actual tendencia alcista tiene los días contados.

Alcanza con que una cantidad relevante de actores en el mercado decidan vender sus monedas para que los precios caigan rápido. Muy rápido. Y el efecto contagio sería incontrolable. Al mismo tiempo, el volumen de transacciones demoraría su procesamiento y eso haría que salirse del bitcoin no sea tarea sencilla, lo que aceleraría aun más la caída de los precios. Desde la fiebre de los tulipanes holandeses del siglo XVII hasta la más reciente crisis subprime de 2008, las burbujas financieras se caracterizaron por subas de precios rápidas basadas en factores especulativos, seguidas por caídas abruptas a partir de una fuga masiva de inversores. El bitcoin parece seguir, como en un manual, cada uno de los patrones que desencadenaron estos fenómenos.

Los fundamentos detrás del bitcoin son difíciles de determinar. Nadie sabe cuál es el precio justo a pagar por una unidad. Por más que se trata de una tecnología con un alto potencial disruptivo –la aplicación del blockchain va mucho más allá del bitcoin y puede llegar a transformar por completo las dinámicas burocráticas de la administración pública y el sistema financiero, entre tantos otros usos en fase de estudio–, no es fácil determinar un precio objetivo para las criptomonedas. Si US$ 10.000 es caro o barato, lo determinará el mercado por oferta y demanda –principalmente por demanda–. Apostar al alza es una opción tan válida como arriesgada. Lo es hoy al igual que lo era hace un año o hace un lustro. Los valientes del pasado obtuvieron una enorme recompensa. Los valientes de hoy podrían replicar su suerte o perderlo todo. No estamos ante el triunfo de la tecnología sobre el sistema financiero. Al final del día, la apuesta por el bitcoin no es otra cosa que un salto de fe.

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