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María José Siri: talento, suerte y tenacidad

El canto es su religión, las partituras su biblia, su hija su adoración y el escenario su paraíso. El destino dijo “presente” en momentos claves de su vida para acercarla a lo que sería su gran pasión: cantar

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30 de octubre de 2014 a las 18:06

La habitación del hotel parecía una foto de otra época. Con empapelado celeste, sillones un tanto descuidados en el mismo tono y adornos de marina no le hacía justicia a la imponente vista del piso 12 que parecía vigilar al Teatro Solís. Luego de servirse un vaso con agua, María José se acomodó en el sillón, cansada pero bien dispuesta a conversar. La consigna implícita era no demorar, el peor enemigo para un cantante es hablar mucho y al día siguiente tenía función. Sin embargo, la entrevista ya había comenzado dos horas antes desde el momento en que María José ingresaba con su elegancia y sencillez por la puerta de atrás del Solís (por la que entran los artistas). La charla empezó con el grabador apagado, pero la memoria encendida.

María José Siri es soprano lírica. Nació y creció en Tala (Canelones), donde sus padres tenían un supermercado y desde 2006 vive en Verona con su hija Sofía. Es una de las mejores voces del momento en Europa y su agenda hasta agosto de 2015 incluye actuaciones en Italia, España, Monte Carlo, Bélgica y Brasil. De voz dramática y carácter alegre, supo hacerse un lugar en la elite de cantantes y en agosto de este año se hizo un huequito para volver a su país y debutar en el rol de Manon Lescaut de la ópera con igual nombre de Giacomo Puccini, en conmemoración de los 10 años de reapertura del Teatro Solís.

Cuando llegó al teatro, recorrimos el laberinto tras bambalinas para acceder a los camarines. Se detiene. Unas fotos enormes en los pasillos que mostraban las distintas etapas del Solís llamaron su atención. El encargado de comunicación del teatro tuvo la amabilidad de hacernos una breve reseña de cada una. María José estaba fascinada. Previa foto con el celular, la recorrida continuó hasta llegar a un camarín bien iluminado, de estilo moderno y con un cartel con su nombre en la puerta. De Verona a Montevideo le perdieron la valija. No importaba. Lo que realmente importaba era conseguir una cámara y un permiso para filmar la última función de Manon que era al día siguiente y que no había sido filmada como estaba previsto. Lamentablemente no se pudo conseguir cámara ni quien la sostuviera, por lo que su debut como Manon Lescault quedará grabado solo en el recuerdo de quienes la vieron. Cosas de la burocracia que a veces se come al arte…

Su incursión en el canto fue de la mano de su padre haciendo tangos y folclore, él tocaba la guitarra y ella cantaba. Su primer amor fue el piano. La María José de 4 años no se conformaba con el pianito de juguete que le habían regalado sus padres, así que lo rompió y esperó a que llegara uno grande de verdad. Cuando llegó, comenzó a estudiar piano y aprendió a leer música antes que letras. Con el piano también comenzó el camino que la llevaría a profesionalizarse en música, aunque lo del canto lírico apareció de casualidad… o no. Por un error en un acto escolar donde se olvidó de sacarle el requinto a la guitarra descubrió que podía “cantar alto”, es decir, que tenía facilidad para las notas agudas. Estudió piano en Tala hasta que pudo y luego vino a clases en Montevideo, pero cuando decidió iniciar la carrera de piano en la Escuela Universitaria de Música apareció una dificultad: no era capaz de aprender las cosas de memoria. “Yo estaba resignada con el piano, la música pasaba por ahí cuando chica. No me imaginé que iba a pasar esto que pasó después”.

El gran descubrimiento

Decidió inscribirse en Audem (Asociación Uruguaya de Músicos) para estudiar saxofón tenor y un día que no tenía clase, por error entró a una de canto. Lo primero que escuchó fue Convien partir, un aria de ópera de Bellini –eruditos de la música culta, no me odien por esto, pero para que se entienda, un aria es una canción–. En Audem conoció a su primera maestra, Gilda Dolara. “Arranqué las clases con Gilda y me dijo: ‘Mirá, esto es complicado porque antes de estudiar tenés que entender la respiración’. Pero yo ya tenía varios meses de saxo y la respiración es la misma, era el apoyo lo que tenía que aprender y en eso la profesora Gilda insistía mucho”. Mientras practicaba la técnica, la profesora le daba para cantar boleros, pero María quería el plato fuerte. Luego de insistir, empezó a mandarle ejercicios de vocalización que practicaba todos los días. Por sus “gritos” al ensayar en su casa, sus vecinos creían que sus padres tenían encerrado a un perrito que lloraba y no que albergaban a una futura soprano profesional. “Había algo dentro de mí desde ese día que escuché cantar que me decía que tenía que llegar a eso, que tenía que poder cantar eso: un aria de ópera”, cuenta María José.

“No tengo un momento de estabilidad de decir ‘estoy acá y estoy en el lugar donde quiero estar’. Siempre aspiré a más, nunca me conformé, porque yo soy así, soy curiosa, siempre quise profundizar”

A los 21 años entró en el Coro del Sodre, aspiración de todo estudiante de canto, ya que el coro no solo representa un ingreso fijo por pocas horas, sino que es la llave para participar en óperas o conciertos. “La mitad del puntaje de la prueba para entrar era por lectura musical (ahí sabía que tenía todas las de ganar, porque estaba acostumbrada a leer). En la parte de canto estaba más bien baja y ahí me preparé. Estaba tan desanimada que no fui ni a ver los resultados, había un solo lugar de soprano. Mis padres y mis amigos me seguían tomando el pelo, yo era la única que creía en mí ese momento. Ni mi profesora me tenía fe, me decía: ‘Vos hacelo pero no te hagas ilusiones’. Y resulta que saqué el primer lugar”. En dos semanas tenía que estar en Montevideo y no tuvo más remedio que dejar su querido pueblo y a sus padres para mudarse a la capital.

Pasito a pasote

“Nunca me adapté a vivir en Montevideo, estuve unos años hasta que me fui para Atlántida donde mis padres tenían una casa en la playa y allá me quedé, hice base y eché raíces”. Siguió varios años como coreuta del Sodre, pero por un tiempo tuvo que alejarse de su pasión porque se embarazó y le afectó un poco la voz. “Cuando algo te gusta mucho y lo estás haciendo aunque te cueste y sea difícil, si lo dejás de hacer como por un año después volvés con las ganas reforzadas y yo volví con todo”. Cuando se enteró que existía la Escuela Nacional de Arte Lírico (ENAL) que era –y sigue siendo– gratuita, decidió inscribirse. “Ahí estudié con la maestra Amelia Veiga y empezamos a trabajar duro, porque las clases eran de otra manera. Me puse las pilas, estaba renovada. Ya era mamá, ya tenía que hacer cosas más en serio y empecé a prepararme por si había algún concursito o algo. También empecé a cantar zarzuela con los Scorza”.

Para hacer carrera en el mundo de la lírica un cantante tiene que audicionar para los roles, participar en concursos para ir haciéndose un nombre y tener experiencia sobre las tablas. Con la zarzuela María José se subía a un escenario por primera vez. ”Lo que estudiás en la clase te sirve pero hasta cierto momento. Terminás de asimilar el aprendizaje cuando lo podés poner en marcha sobre el escenario”. Finalmente llegó el día en que ganó su primer concurso en Uruguay. “Gané el segundo premio, 3.000 dólares me parece que eran y dije: voy a ir a Europa”. Y allá marchó. El primer concurso al que se presentó fue en Andorra y perdió en la primera vuelta. Perdió pero ganó, porque en el jurado estaba la gran soprano rumana Ileana Cotrubas, quien se ofreció a darle lecciones gratis. Así que dos o tres veces al año viajaba por ellas: “Todavía estaba en la ENAL lo cual me traía inconvenientes, porque ella me cambió el repertorio y la técnica. Ya era la tercera vez que cambiaba de técnica”. Porque como dice el dicho: cada maestro con su librito.

“Había algo dentro de mí desde ese día que escuché cantar que me decía que tenía que llegar a eso, que tenía que poder cantar un aria de ópera”

Continuó presentándose a concursos internacionales y empezó a ganar uno tras otro, lo que le dio la confianza suficiente para presentarse a audiciones por roles. “Siempre una cosa me tiró a la otra. No tengo un momento de estabilidad de decir ‘estoy acá y estoy en el lugar donde quiero estar’. Siempre aspiré a más, nunca me conformé, porque yo soy así, soy curiosa, siempre quise profundizar”. Su búsqueda actual está enfocada en la interpretación y en ampliar su repertorio que últimamente está más focalizado en óperas del período romántico, especialmente de Giuseppe Verdi y Giacomo Puccini.

Haciendo carrera

La Scala de Milán, la Arena di Verona y el Metropolitan Opera House (MET) son las mecas para cualquier cantante lírico. Si bien el MET aún está en su debe, a las otras dos salas ha asistido con asiduidad y no como espectadora. El año pasado tuvo el honor de participar en la gala Centenario de la Arena di Verona donde compartió escena con Plácido Domingo y Andrea Bocelli, entre otros grandes artistas. “Fue un lindo reencuentro y una noche realmente mágica. El año pasado para mí fue muy importante a nivel de mi carrera”.

Aida de Giuseppe Verdi es el rol que más veces ha interpretado en su carrera e incluso llegó a cantar la ópera ambientada en el antiguo Egipto, en un gran concierto frente a las mismísimas pirámides de Gizeh y la esfinge. “Fue muy fuerte interpretar la ópera ahí en las pirámides, darte vuelta y ver la esfinge y las pirámides… Por dios, impresionante. Son esos regalos que te da la vida, esas oportunidades que vos decís ‘gracias, gracias de corazón con toda mi alma’. Sin embargo la princesa etíope esclavizada en Egipto, no es su rol preferido. “No encuentro el personaje de Aida un personaje interesante, lo defiendo con capa y espada igual –no es que defienda lo indefendible porque tiene lo suyo– pero como personaje realmente no me cierra, no me convence. Vocalmente es muy bonito de hacer, muy exigido, pero muy bonito”.

Encontrar el personaje

María José no es solo una máquina de emitir sonidos bonitos y afinados, es una actriz, una intérprete y trabaja para serlo. “Para mí es todo uno: la palabra, la escena y el canto; si no es un concierto donde me pongo un vestido lindo y canto como María José. Me parece que no, que el canto funciona cuando es con la escena, con el movimiento”. Nunca fue a clases de actuación. Aprendió de sus maestras, en especial de sus profesoras en Buenos Aires, Ana D’Anna y María Kallay de Schwartz. “Las clases que tuve de teatro fueron de ellas, como indicaciones, el abecé. Digamos que lo mío es mucha intuición y mucho trabajar con el director escénico, con el regisseur”. El proceso de preparación del personaje empieza por leer el libro, es que muchas de las óperas están basadas en novelas. Admite que no suele mirar videos de otras sopranos a la hora de estudiar un rol, estudia ella sola con el piano y al leer el libro o el libreto su atención se centra más en los otros personajes que en el propio para entender las interacciones y reacciones. Pero la forma en que va a caracterizar un personaje no depende solo de ella, el director de escena tiene su parte en el asunto y no siempre su visión coincide con la de la intérprete. Ha llegado a llorar de frustración cuando un personaje no le salía como se lo pedían: “Cuanto más crueles son, menos me rindo y más me motivan. Cuando vienen los directores que no tienen la más pálida idea de qué se trata la ópera, que inventan, me cuesta mucho respetarlos cuando me piden algo”. Por suerte esta puesta en escena de Manon le gustó mucho porque le propuso un tinte distinto: “Me hubiera gustado tener una semana más de ensayos para madurar un poco más la idea, pero igual llegamos bien. Estoy muy contenta del resultado general”.

Un día “normal” de la Siri

“Estoy muy poco en mi casa. Cuando la tengo para mí hago de contadora, de jardinera, me cebo mate, doy vueltas, toco el piano, canto dos frases y sigo. Si es un día normal que estoy en otra ciudad y hay ensayo, voy al ensayo, después como y me voy al hotel. Si es un día libre el plan es otro, salgo a conocer la ciudad y a observar a la gente”. En sus escasos ratos libres siempre está estudiando algo nuevo. Es reikista, cree mucho en la energía y ahora se está preparando para ser entrenadora de Psych-Key, que es una terapia que trabaja con el subconsciente. “Nosotros manejamos solo la conciencia, pero si podemos conectar con el subconsciente hay muchas respuestas a muchas cosas que nos pasan, incluso de la salud. Tengo mucha curiosidad por toda esa temática, sobre todo cuando está vinculada con resultados directos a la salud”. Su tiempo lo reparte entre el canto, sus estudios, y por supuesto, su hija Sofía de 16 años con la que tiene una relación muy especial. La adaptación de Sofía a Verona al principio no fue fácil, pero ahora que ya es más independiente se queda pupila en un colegio cuando María José está de viaje por mucho tiempo y en algunos casos la acompaña. Los viajes hacen que se vean poco, que no siempre coincidan en sus cumpleaños o que los pasen en lugares pintorescos como Mónaco, Copenhague o San Petersburgo con -25ºC. “Es bastante complicado poder manejar la vida privada y el trabajo y estar presente”.

La previa

“Me gustaría que un día pusieran una cámara para que vean las cosas que hago detrás del escenario. Salto, me estiro, hago chistes, bailo, todo como para sacar y estar tranquila, pero me llevó tiempo encontrar mi manera”. Una hora y media o dos antes de la función María José va al teatro pero la preparación para la actuación empieza desde temprano. “Generalmente duermo lo más que puedo sin despertador, como, espero tres horas, me distraigo, (no estoy estudiando ese día) hago yoga y después me voy para el teatro. Acá seguir esa rutina es difícil porque tengo que hacer notas y me cansa mucho la voz y la concentración, pero bien, porque hay que hacerlo y lo hago con mucho amor”. Y con eso me sentí un poco culpable, miré la hora y traté de no hacerla hablar mucho más. No quería ser la responsable de que al otro día no cantara de manera brillante.

Lejos de sentirse una diva de la ópera (es más, se ríe con la pregunta de si se siente una) aclara que aún existen divas y divos en el ambiente. “Todos somos parte de un proyecto que es un espectáculo, sin el técnico de la luz, sin un músico de la orquesta, sin la vestuarista o sin el coro no se puede hacer. El divo creo que piensa que él es el espectáculo y no lo es. A mí me gusta estar cerca de la gente, es la gente la que se aleja de mí y eso es triste. Trato de generar un buen clima de trabajo, pero cuando no hay silencio, por ejemplo, me pongo histérica. Si hay mucho ruido no puedo con mi carácter y hago callar a la gente, pero no porque yo sea asquerosa, es porque yo no tengo la capacidad de concentrarme si no hay silencio y eso es un problema porque alimenta todo lo que se crea en torno a la soprano”.

Lo trascendente pasa en Uruguay

Su mejor y su peor experiencia en un escenario las vivió cantando de local. “La peor experiencia fue acá el año pasado que estuve enferma cuando se hizo Aida en el Sodre. Llegué en condiciones pésimas y no pude recuperarme físicamente para darle al público otra función. Fue la peor experiencia porque sufrí. Sufrí por tener que abandonar el escenario por no tener ya más baterías. Esa fue la situación más fea en mi carrera porque nunca tuve que cancelar y que me pasara en mi país me dolió más”. Por suerte su mejor experiencia también la vivió acá, en la gala de reapertura del Teatro Solís en 2004. “Ese concierto con gente que admiraba muchísimo como Raquel Pierotti, con todos esos cantantes y en mi país; era como el examen de graduación. Fue fuerte para mí en ese momento, me latía tanto el corazón que pensé que no iba a poder cantar de los nervios. Ese momento fue realmente muy emocionante”. La carrera operística la mantiene lejos de su adorado país, pero siempre que su agenda y el repertorio se lo permiten, vuelve para deleitar a sus compatriotas. La charla se extendió pese a que el grabador ya no era cómplice. No era necesario mirar por la ventana para percibir la majestuosidad del Solís que ahora estaba iluminado por la ciudad y nos vigilaba. Las anécdotas podían continuar, pero había que descansar la voz. Bajé el ascensor con la sensación de haber conversado con una amiga y con la convicción de que tenía que escuchar más ópera.

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