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Mariana Enríquez, la escritora argentina que explotó el horror rioplatense y puso a todos a temblar

Entre Stephen King y la magia negra, la ganadora del premio Herralde habla de su nueva novela, el terror en el continente, sus obsesiones y hasta el orden de sus lecturas

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02 de febrero de 2020 a las 05:00

Mariana Enríquez está cómoda en las penumbras. Y está claro desde el principio. Ya en su primera novela –Bajar es lo peor, un torbellino de vampirismo, cocaína y desenfreno rabioso–, la por entonces veinteañera autora argentina impuso la crudeza y el horror como su marca registrada. Desde La Plata habló de cementerios, de las heridas de un horror político que no cierra, de cuerpos mutilados, fermentó el gótico rioplatense y generó una andanada de cuentos macabros que se entremezclaron con novelas cortas y causaron estupor y adicción en las letras argentinas. Aun cuando ella misma asegura que sus primeras intenciones literarias fueron golpeadas, la semilla, a la sombra, germinó con fuerza.

Hoy Enríquez tiene 47 años, dirige el suplemento cultural Radar de Página/12, publicó en Granta, The New Yorker y varias revistas más, y aunque sigue prefiriendo la oscuridad de sus historias se ha acostumbrado a la luz. La luz, claro, es una metáfora para resumir el alcance que hoy tiene su nombre a nivel mundial: su obra se ha publicado en decenas de idiomas, es una de las figuras de la literatura del continente, referentes de las letras como Patti Smith la siguen con atención y lo muestran en Instagram, cada nuevo libro suyo se espera con expectativa y, sobre todo, a fines del año pasado se ganó uno de los premios literarios más importantes de las letras hispanas. Con el Herralde, otorgado por la editorial Anagrama a su última novela Nuestra parte de noche, Enríquez alcanza un pico literario que, a diferencia de lo que pasa con su querido Stephen King, logra unir el beneplácito de la crítica con el aplauso de los lectores.

“Lo que más me entusiasmó, más allá del reconocimiento, es que se lo dieron a un libro que no es un tradicional premio Anagrama –dice Enríquez desde Buenos Aires–. Creo haber ganado un premio con un texto muy mío, sin ningún tipo de compromiso, donde hago lo que a mí me gusta hacer, en el que está mi voz y que es una novela de género”.

En efecto, Nuestra parte de noche es una novela pura de horror, pero Enríquez va más allá. Toma uno de sus mejores cuentos –La casa de Adela, presente en la magistral colección Las cosas que perdimos en el fuego– y lo desarrolla hasta generar un texto enorme, denso como las selvas de Misiones en las que se ubica, con algunos de sus mejores personajes a la fecha y con una pata bien firme en la magia negra y el ocultismo regional. Tiene, además, todas sus obsesiones: están las drogas, el sexo, los poetas malditos, el dolor físico, la música, los estragos de la dictadura y hasta la sordidez de la década de 1990, esa época en la que firmó su compromiso con la oscuridad. Un compromiso que nunca traicionó y que hoy la pone en lo más alto.

¿El Herralde marca que se está tomando más en serio al horror?

Creo que, desde la década de los 2000, los escritores que somos adultos y que estamos escribiendo ya no tenemos el prejuicio de pensar que hay géneros que son más legítimos o literarios que otros. Somos una generación que, por ejemplo, creció leyendo a Stephen King, que nunca entendió las críticas hacia él, y que leyó de otra manera, porque fuimos influenciados por la literatura, pero también por el cine, por la música y en los últimos años hasta por internet. Entonces, lo que cambió es la percepción de los géneros como menores en todo sentido. Si se piensa lo que pasa a nivel masivo con el cine y la televisión, las películas y las series que la rompen son todas de género. A mí no me gustan las películas de superhéroes, me parecen malas, pero es el mainstream. Y eso tiene que ver con la época. Obviamente hay muchísimos y muy buenos escritores escribiendo realismo o autoficción, que es otro signo de los tiempos, pero el cambio está en que un escritor de esos tranquilamente mañana puede escribir una novela de ciencia ficción.

¿Cómo ve la situación del género en Latinoamérica?

Hay mucho más de lo que había. A excepción quizá del Río de la Plata, porque justo es una zona que rompió con el realismo, porque acá siempre hubo mucho fantástico. O autores muy raros. Yo no diría que Felisberto Hernández o Silvina Ocampo hacen fantástico, pero, ¿qué hacen? Así que, exceptuando esa tradición, me parece que hay un redescubrimiento del género, hay muchos escritores que lo están escribiendo. Pienso en Ramiro Sanchíz en Uruguay, y acá estoy yo, Samanta Schweblin, Luciano Lamberti, Leonardo Oyola, Martín Felipe Castagnet. En el resto de América Latina también hay más apertura. Se da una mixtura biográfica y literaria de los autores de hoy que hace que la rigidez de los géneros haya quedado atrás. Igual hay círculos, sobre todo de escritores de terror, en los que se sacan antologías, que tienen editoriales especializadas y cosas así. Está bueno que exista esa especie de laboratorio especializado, porque ahí están los que se leen todo y que luego producen una literatura muy border. Y eso me gusta. Hay algo muy punk ahí.

En Nuestra parte de noche el horror sobrenatural se encuentra con el horror de la historia reciente del continente. ¿Buscó que se complementaran?

Mi manera de escribir terror se basa en que, cuando surge el terror sobrenatural por hiperviolencia u otra manifestación, surge a partir de una situación real, que puede ser particular o personal. Puede ser un cuento, por ejemplo, sobre la anorexia que va hacia un lugar menos fantástico, o hacia lo político y lo social, que es algo que hago más. En Nuestra parte de noche lo que traté de hacer fue una especie de juego de espejos. Lo trabajé más que en los cuentos, en los que comienzo con algo bastante realista y de a poco lo voy descomponiendo hacía lo fantástico o hacia el terror o el gore. Acá busqué que fuera un diálogo. Que los horrores de lo fantástico tuviesen su correlato en los horrores reales, o que pudieran mirarse y se vieran invertidos.

Estos horrores, además, se heredan de padre a hijo, de Juan a Gaspar, los personajes principales. ¿Le interesaba explorar esa relación?

Sí, la herencia y la posibilidad de cambiarla. ¿Podemos realmente cambiar las condiciones que nos fueron dadas o es un destino inalterable? Todo el libro es una pregunta sobre eso, basado de alguna manera en el vínculo filial. Y ese vínculo me surgió claramente después de haber leído La carretera de Cormac McCarthy. Es muy diferente lo que está planteando McCarthy en esa historia, pero algo me resonó y quise retomarlo. Es una novela sobre la pregunta de la pertinencia de la paternidad, o de la continuación de la humanidad, si querés.

En su obra el cuerpo humano se mutila, se enferma, se corta, está presente. ¿Por qué le interesa mostrarlo así?

Siempre consideré el cuerpo como un espacio sumamente narrativo. Con sus accidentes, sus imposibilidades, sus miedos; la enfermedad como una narrativa poco explorada. Leí muchísimos libros en los que los cuerpos eran maltratados por otros, pero no tenían demasiada presencia propia. Hay mucha literatura de la enfermedad desde la no ficción y desde el ensayo, pero hay pocos personajes enfermos, y siempre me resultó llamativo. Recuerdo que me sorprendí con El ruido y la furia de Faulkner, que es uno de mis autores favoritos, porque de pique tiene el monólogo de un idiota, que es una voz con una psiquis distinta, y en el último episodio al personaje le duele permanentemente la cabeza. En el gótico sureño eso pasa mucho. En el sur de Estados Unidos hay una literatura donde los cuerpos reflejan la decadencia de esa geografía y la condena de la historia a la que están atados. Quería que mis cuerpos reflejaran eso. Estos cuerpos están enfermos porque los escritores están pensando en el sur como un lugar enfermo. Yo lo trabajo en ese sentido.

Los personajes adolescentes son frecuentes en sus historias. ¿Ese interés en retratarlos se debe a que son más fértiles a la hora de indagar en cuestiones oscuras?

Sí. Esa época además es la época en la que te constituís como lector, y como lector de este género en especial. Pero me interesa porque son etapas formativas. Encuentro a estos personajes más abiertos, con mucho más futuro, y me resulta más fácil manipularlos. Si bien en Nuestra parte de noche hay gente de todas las edades, pongo mucho énfasis en el momento de la juventud porque te forma. Y además un protagonista joven va a estar más cerca de la muerte, está más loco. Se atreve un poco más, tiene menos obligaciones. Como escritor es más divertido ir hacia ellos. Y hay una parte de la escritura en la que a mí me gusta pasarla bien.

La mitología del continente está muy presente en toda su obra y también en Nuestra parte de noche. ¿Está continuamente investigando sobre esos temas?

Son conocimientos que traigo. Me interesan los rituales paganos, las mitologías en general, y me parece que las de esta parte del mundo son riquísimas y quedaron muy pocas en la literatura. Es diferente de lo que pasa con la tradición inglesa y las ghost stories, que son un género dentro del terror. Acá no pasó eso. No me interesa usarlas como un rescate antropológico, porque en ese caso no funcionaría, pero sí cuando vienen al caso. En la novela tenía personajes que estaban muy conectados con lo esotérico de la región, así que necesariamente iban a estar conectados con las tradiciones que preceden a las creencias cristianas. O con personajes como San Güesito o San La Muerte. Son santos populares y paganos, pero también son parte de la tradición del lugar donde están mis personajes. A la Orden (NdR: los “malos” de Nuestra parte de noche), por ejemplo, la pensé como gente muy jodida, que está en la tradición de los antropólogos místicos ingleses, que eran absolutamente colonialistas pero totalmente curiosos de las tradiciones de los lugares que hacían mierda. Y hay una parte en la que aparece la brujería de Chiloé, que me interesaba mostrar para que se viera que esas cosas no solo ocurren en sociedades secretas de la Inglaterra victoriana. Al final se trata de revalorizar un poco todo eso. Y además, son cosas que leí siempre, que son parte de mi formación personal. Yo tenía libros de mitos y leyendas de la región que leía al mismo tiempo que los mitos griegos.

Recientemente también se publicó Ese verano a oscuras, una historia que ilustró la artista Helia Toledo. ¿Cómo se lleva con la mirada externa que trabaja a partir de su obra?

Me divierte mucho. Creo que una vez que uno termina un trabajo está para eso, para ser interpretado. Y que lo hagan profesionalmente es muchísimo más interesante.

¿Le gustaría que su obra se tradujera en otro tipo de medio? ¿Cine, tal vez?

Me gustaría, la verdad. Nuestra parte de noche sería una locura porque tendría que ser una superproducción, pero hay cuentos que son más modestos. Me gustaría que sucediera. Y me gustaría no interferir. Antes hablábamos de Stephen King y él odia El resplandor, que es la mejor adaptación de una de sus novelas. Por lejos. Así que claramente el autor no debe interferir (risas).

Hay un capítulo en la novela que es una crónica periodística. ¿Cómo vive entre esos dos mundos: el literario y el periodístico, que también la incluye?

Me gusta escribir un periodismo con influencias literarias, como pasó en el libro de Silvina Ocampo (NdR: La hermana menor, un ensayo sobre la escritora publicado en 2019), o con un libro de viajes a cementerios que se llama Alguien camina sobre tu tumba. Como en la novela hay muchas cosas que me interesan –los poetas malditos, la enfermedad como relato, el ocultismo, la política, la música o la cuestión gay–, quería que estuviese también el periodismo, para completar una especie de inventario propio. Pero quería que fuese lo más ficcional de todo, y ahí queda clara mi relación con el periodismo. Para mí, es algo que se hace para el lector, y en la literatura no necesariamente es así. Pensás en el lector, sí, pero no de la misma manera; no tenés que ser responsable ni tenés que manejar datos. Para el libro de Silvina Ocampo hice un montón de entrevistas, investigué, creo que leí diez veces más que para Nuestra parte de noche. Pero si lo pensás en otros términos, para Nuestra parte de noche leí más, pero a lo largo de 40 años. Las cosas que leí las profundicé. Me pasó con la magia británica, de la que tengo varios libros pero que revisaba determinado conjuro o cosas así. Usé mis lecturas al servicio de la imaginación y la historia que estaba construyendo. Cuando hago periodismo, en cambio, trato de ser lo más rigurosa y veraz posible. En la literatura no lo necesito.

La poesía ocupa un lugar de peso en la novela. ¿Y en su vida?

Me gusta, la leo mucho. Leo mucha poesía cuando escribo, además. Trato de que en la prosa se cuele algo, que no sea todo tan poco lírico y rígido. No soy poeta, y creo que nunca va a pasar, pero me encanta. No entiendo a los escritores de prosa que no la leen. Hay una dimensión del lenguaje, que tiene que ver con la belleza, que dispara imágenes. Y hay algo sugerente en la poesía, al igual que en la música, que va más allá de la propia intención del poeta o de lo que se trata el poema. Es muy sensorial. Hay sensaciones que aparecen leyendo poesía que creo centrales para el ejercicio de la literatura y la imaginación. Para mí, la poesía y la música están muy cerca la una de la otra en las influencias literarias.

¿Cómo es como lectora?

Cada vez estoy más organizada y sé hacía dónde voy. Hay géneros como el terror o el fantástico que leo siempre, pero no quiero leer solamente eso. Es como que tengo un plan. Elijo diez libros próximos. Y esa selección siempre tiene algún contemporáneo, un libro de poesía y también un clásico contemporáneo o más antiguo que releo, revisito o descubro. Trato también de combinar los orígenes, que no sean todas literaturas latinoamericanas o anglosajonas, que son los dos idiomas que manejo. Había una época que leía libremente porque me parecía que el tiempo era infinito, pero cuando me di cuenta de que hay muchos libros y tenía que elegir cuál iba a ser mi formación literaria, me puse más sargento.

¿Cuándo sabe que una idea hay que bajarla al papel y es un camino seguro por el que transitar?

Nunca lo sé completamente y tardo mucho en ir al papel. Pienso mucho las historias en mi cabeza antes. Puede haber anotaciones, pero las ideas, las líneas generales y los personajes los retengo mentalmente, y recién ahí lo bajo. A veces funciona y a veces no; la mayoría de las veces sí, y con distorsión. Cuando las ideas pasan a la palabra cambian muchísimo. No tengo una gimnasia de escritura diaria, ni demasiadas anotaciones; me baso más bien en obsesiones mentales, historias y personajes que después terminan en algo.

¿Descarta muchas historias?

Sí. Pero no me frustra, y creo que es parte del proceso de la literatura. A veces escucho a escritores decir que sufren, y no creo que sea así. Lo que creo es que requiere mucho trabajo, porque te cansás, te hartás, te gustaría que te saliera todo fácil. Pero eso no es necesariamente sufrimiento, es lo que implica un trabajo de estas características.

Entonces no sufre con la literatura. Más bien todo lo contrario.

Exacto. Es más, me causa muchísimo rechazo ese sufrimiento. El escritor es un privilegiado en todo sentido. 

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