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Más cerca de los dioses

Aparna Soni y Navdeep Solanki son indios y cocineros y repasan, a través de su vínculo con la comida, el tradicional festejo hindú del Diwali

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16 de noviembre de 2018 a las 23:31

La ceremonia de Diwali está por comenzar en este apartamento de la calle Miguel Barreiro, en Pocitos. Comienza el año 2075 para el calendario hindú.

En el aire se respira una mezcla de incienso, olor a frito y una combinación de especias que se vuelve indescifrable para las narices poco entrenadas. Las cuerdas del sitar introducen la melodía de alguna canción y las campanas marcan el ritmo, desde YouTube.

En una cocina donde dos personas estarían incómodas trabajando hay cinco hombres que se pasan de mano en mano la masa de los puris, unos pequeños pasteles fritos de harina integral. Están cocinando como para 17 personas y un poco más: lo primero que sale va en una bandeja para los dioses.

En un cuarto separado de la cocina, los invitados esperan a que todo esté pronto mientras preparan el altar. En una mesa de luz están los dioses hindúes Ganesha, Lakshmi y Saraswati. Alrededor hay flores, dinero, velas, incienso, frutas, granos de arroz y más comida. El primer paso es purificar y limpiar el lugar. En India, el trabajo para recibir un nuevo año comienza días antes al Diwali. Se limpia, hasta se pintan las casas, se compra ropa nueva y regalos y se preparan recetas típicas según la región. El festejo dura cinco días y se conoce también como el festival de las luces.

Navdeep Solanki (32) viene de Ahmedabad, al este de India, pero sus amigos son del norte. Si bien en la provincia donde vive los festejos se hacen en el segundo día del festival, en Montevideo va a comenzar el primero. Su amigo Chandrakant Tiwari es el encargado de decir los primeros mantras. En la habitación hay poca luz, salvo en el altar, donde se concentran un par de lámparas de mesa improvisadas que iluminan a los dioses. Los que no aparecen en figuras están impresos en las paredes.

“Es la fiesta más grande que tenemos en India”, dice Solanki. Aquí, la comunidad está formada mayoritariamente por empleados de TATA Consultancy Services o exempleados que decidieron quedarse. Son unos 400, estiman. El miércoles 7 de noviembre celebraron su año nuevo como dicta el calendario lunar y este domingo el festival será público. La cita es a las 19 horas en Avenida Brasil y Rambla M. Gandhi.

Drama de larga distancia

Festejan para reconectar con el pedazo de patria que les quedó en la otra punta del mundo, para recordar las tradiciones familiares o para revincularse con su espiritualidad. Lo que prevalece durante estos días es el concepto de que la luz triunfará la oscuridad.

Por eso, lo que hace Aparna Soni (35) cuando avanza la noche del primer día de Diwali es colocar velas en todos los rincones de su restaurante, Moksha. La puerta es fundamental, se repite a sí misma ofuscada con el viento: no puede quedar sin luz. La primera noche de Diwali también incluye un altar, amigos y comida. Arroz para que la comida nunca falte, un coco para la buena suerte y figuras en miniatura de algunos dioses: están Ganesha y Lakshmi, Shiva, Parvati, Maa Durga y Krishna.

Moksha queda a pocas cuadras del apartamento donde Solanki celebra con sus amigos, también en Pocitos, y abrió hace varios meses al público. Es el gran logro de Soni y la historia que la trajo hasta Montevideo tiene mucho que ver con esto.

Cuando Soni habla, se le mezclan conceptos que no puede traducir al español como el de long-distance relationship con un muy rioplatense “re contentos” y los so anglosajones con los dale locales, . Y la ye. Siempre la ye, a la uruguaya. Esta cocinera india de lengua cosmopolita llegó a Uruguay después de dar una batalla en su país.

“En India somos programados para vivir una vida. A los tres años tengo que ir a la escuela, cuando tengo 17 termino el liceo, a los 23 voy a tener mi máster y a los 25, con dos años de experiencia, me voy a casar”, cuenta. Y así lo hizo: licenciatura en ingeniería en biotecnología, hecho; especialización en enfermedades autoinmunes, hecho; primeros años de experiencia laboral, hechos.

Era la primera hija mujer y su padre había esperado toda la vida el momento del matrimonio. En sus planes, el casamiento de su hija no podía ser con alguien fuera de la casta Soni, a la que pertenece la familia. Sin embargo no contaba con Abhishek Bahuguna. Lo había conocido a través de la red social Orkut, tras confundirlo con un amigo suyo que tenía el mismo nombre. La relación fue un secreto durante dos años hasta que, cuando el padre de Soni quiso casarla, llegó el día de blanquear y arremangarse para dar la pelea. A pesar de pertenecer a estratos sociales diferentes, pensaban casarse.

“Yo ya tengo un novio”, recuerda que le dijo a su padre. El “no se puede” le llegó en todos los tonos de voz posibles.

A Soni y Bahuguna les llevó estar un año fuera de India, él en Nueva York y ella en Alemania, para reafirmar la idea de volver y presionar a sus familias. Tras llorar como nunca antes en su vida, intentar razonar, discutir y persuadir, le dijo a su padre que hiciera una hoja de Excel con todas las cualidades que esperaba para un marido, pero que no incluyera en ella a la casta. Abhishek llevaba un tick en todas.

Sabiendo que la profesión la llevaría por varios países, su madre advirtió que mejor sería que se casara con un hindú a alguien sin religión. Soni largó la carcajada solo de pensar lo que habría sido su vida de enamorarse de un europeo blanco y ateo.

Así logró convencer a su padre de reunirse con su ahora esposo. Luego, claro, tocó asamblea con él y su familia y en último lugar solo con la familia. Al final, el casamiento se concretó. Tres años después de haber contado a sus familias de la relación, finalmente podían formar una familia.

Soni creció en Jhansi, una ciudad considerada pequeña para las dimensiones de la India, aunque tiene medio millón de habitantes. Por tradición en los hogares indios conviven varias generaciones que se mantienen muy unidas y su familia no era la excepción. “La ley dice que podemos casarnos con cualquier persona, pero para nosotros la familia siempre va primero”, relata.

Una vez casados, a Bahuguna le surgió una oportunidad de trabajo en Uruguay y Soni estuvo de acuerdo desde que escuchó la palabra playa. Habían vivido en varios lugares y lo que necesitaban en ese momento de sus vidas era tranquilidad. Nada mejor que Uruguay. “A mí me dicen que van a la India para hacer meditación y yo me pregunto por qué, si Uruguay es un lugar ideal para meditar, ¡no tiene casi gente!”, se sonríe Soni.

Fue en Uruguay que pasó a ser cocinera. “Le dije a mi esposo: ‘yo voy a ser como una esposa trofeo, voy a pintar mis uñas, voy a mirar series’… ¡pero a los dos meses me quería morir! Yo era una adicta al trabajo”, señala. La cocina se había convertido en una forma de reforzar el vínculo con su familia desde la distancia. Retomó las recetas familiares, se trajo especias e ingredientes de sus visitas a la India y llamó una y otra vez a su madre para que la guiara en cómo replicar los platos. En algún nivel, los 15.000 kilómetros que la separaban de su familia se volvieron más cortos a través de cada olor, textura y sabor.

Cuando quiso acordar tenía a amigos y conocidos pidiéndole platos para sus fiestas o para comer el fin de semana, luego empezó a vincularse con cocineros locales, a ofrecer su comida a domicilio y finalmente llegó a Moksha, su propio restaurante. El nombre que le puso no es casual ni accesorio. Es un estadio similar al Nirvana de los budistas y representa el desencadenamiento del alma al ciclo de reencarnaciones. Es la liberación.

Negocio en las venas

Solanki buscaba independencia cuando a los 22 se fue a vivir a Chennai desde su Ahmedabad natal. Su familia no vio con mucha simpatía la mudanza y mucho menos pudo anticipar que sería el primer paso para una separación más larga, pero lo apoyó. “Si no, iba a ser siempre dependiente”, expresa Solanki.

El costo de la independencia fue convertirse en uno de los pocos empleados en una familia dedicada al comercio y los negocios. Y eso fue lo que lo trajo a Uruguay.

Que se juega al fútbol, que es un país chico y poco más sabía antes de pasar por migraciones en el Aeropuerto de Carrasco. Solanki tuvo solo dos semanas para prepararse antes de emigrar a Montevideo para trabajar como ingeniero informático en TATA. Era su primer viaje internacional, tenía 25 años y ganas de conocer otras culturas.

En la empresa conoció a su novia, Daniela Chiappini, con quien está en pareja hace seis años. Sin grandes actos de rebeldía ni provocación a la autoridad de sus padres Solanki hizo viajar la noticia a la India y al tiempo la invitó a conocer sus raíces. Ella trabajaba en la misma multinacional como líder de proyecto y ya conocía el encanto del país asiático. Si bien al principio fue un pequeño drama familiar, sus padres terminaron aceptando e incorporando a su pareja. 

En India la diversidad cultural es tal que a Solanki no le costó acostumbrarse a los hábitos de una uruguaya. Lo que importa, afirma, es la conexión. Ella es católica, él hindú pero ambos son poco creyentes. A ella le gustan las especias pero no el picante, así que cuando cocinan agregan de todo menos chile. 

Solanki no sabía preparar comidas para muchas personas, tampoco tenía una afición especial por la gastronomía. Sin embargo, a pesar de la distancia, no pudo escapar a la tradición familiar. Al cabo de un tiempo en Uruguay supo que iba a llegar el día de tener su propio negocio. La oportunidad surgió de la mano de un amigo con quien empezó haciendo encargos. La demanda creció y un día se decidió a dejar de ser empleado para emprender y fundar su propio restaurante, al que llamó The taste of India. 

Si estar en Uruguay le ha enseñado algo es a respetar las diferencias culturales. A no asombrarse porque alguien coma carne de vaca –mascota sagrada de los dioses en India– a sentir la libertad de vestirse con ropa más cómoda para el clima local y a cocinar, por supuesto, con poco picante.

Un año que empieza entre mantras, canciones y luces de bengala

Cuando Soni cocina para el Diwali, no puede probar nada de lo que hace hasta que haya reservado las primeras cinco porciones para los dioses. Mientras amasa, piensa en cuando era niña y sus tíos le llevaban kilos de bombones llamados besan laddu para su deleite.

Los días de celebración son los que se siente más apagada y triste. “Acá no tenemos a la familia de verdad. Por eso siempre invitamos a gente, para sentirnos como si fueran familia”, dice. 

En la noche del Diwali, entonces, hay varios comensales esperando a ser servidos en una sala reservada especialmente para el festejo. Después de los mantras, las canciones, la repartida de velas por todo el restaurante y el momento de compartir unos bombones hechos para la ceremonia, Soni y su esposo presentan ante todos el dum aloo, una receta de papas que primero se fríen y luego se cocinan a fuego lento en una salsa con curry y otras especias. Va acompañada por dahi vada, un buñuelo de lentejas cubiertos por una salsa a base de yogurt especiada.

Si mira para atrás, Soni se enorgullece de lo que logró. Consiguió la libertad de hacer lo que quiso con su vida y desde entonces no planifica nada por más de seis meses. Su primer logro gastronómico en Uruguay, dice, es haberse convertido en la india que cambió el paladar de varios uruguayos. Poco a poco logró introducir el picante en un país donde hasta la pimienta se ve con recelo.

Lo va forjando en su pequeño rincón de patria, uno que armó con sus propias manos y que piensa hacer crecer.

 

Los platos
El gulab jamun es el dulce estrella del Diwali. Se trata de una bola de masa hecha a base de leche en polvo y agua de rosas y cardamomo que, luego de fritarse, se deja reposar en un jarabe o almíbar. Se suelen servir con pistachos molidos o almendras. Es uno de los dulces que se le suele ofrecer al dios Ganesh.
Laddu es sinónimo de bombón para los indios y sus recetas pueden variar.  El elegido por Aparna Soni para festejar Diwali se llama besan laddu  y se cocina con harina de garbanzo, ghee –manteca clarificada–, azúcar y cardamomo, entre otros ingredientes. En India, cuenta Soni, cuando un vecino está cocinando Laddus es imposible ignorarlo: el olor se cuela por toda la cuadra.
Los puris son pequeños panes fritos de harina integral. Suelen servirlos de acompañamiento en el plato junto al resto de las preparaciones o como refrigerio. Es típico del norte de la India y se suele fritar en aceite o ghee. Es habitual en las ceremonias religiosas.
Dahi vada es, según Soni, un buñuelo de lentejas que va acompañado por una salsa fresca hecha a base de yogurt. Es la combinación perfecta para una receta más picante o con curry ya que contrarresta el efecto fuerte de las especias.
Las gujiya son unas pequeñas empanadas dulces rellenas de frutos secos, coco rallado, khoya –un lácteo típico del sudeste asiático– y un poco de sémola. Según en qué región se preparen serán los ingredientes que lleve dentro.
Chana masala es un plato típico del norte de la India. Son garbanzos en una salsa de tomate especiada con curry, chile, cilantro, cúrcuma, cardamomo, jengibre, entre otras especias que varían según la receta, al igual que los vegetales que acompañan la salsa. Para adaptarlo al paladar local, Navdeep Solanki lo prepara con poco picante.
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