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Rick Rubin y Paul McCartney llevan al espectador por un repaso musical de la obra del exBeatle

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McCartney 3,2,1: un viaje por los secretos de los Beatles del que es imposible salir sin una sonrisa

La miniserie McCartney 3,2,1 propone un repaso íntimo, didáctico y feliz por la obra y las historias detrás de las canciones del exBeatle

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10 de octubre de 2021 a las 05:05

Paul McCartney es fan de los Beatles. Le encantan sus canciones, como suenan, como están compuestas. Se maravilla encontrando detalles a los que no les había prestado atención, se sorprende con el sonido de una guitarra, con una línea de bajo, con un ritmo de batería. Y se hace una pregunta que debe haber pasado al menos una vez por la mente de cualquier persona que haya escuchado a la banda y le haya prestado atención: “¿cómo hacían esto?”.

Claro, si hay alguien que tiene la capacidad para develar esa receta, esos secretos, es él. Que ahora que el cuarteto hace ya cincuenta años que no existe más y dos de sus integrantes tampoco, que la obra ya está cerrada y completa, es un fan, pero que antes fue Beatle. Y aunque Sir Paul no tiene la respuesta, sí puede arrojar un poco de luz sobre los procesos, los trucos, juegos, casualidades, rivalidades y genialidades que alumbraron la obra cumbre de la música pop moderna.

Y sobre eso (pero no solo sobre eso) es la miniserie McCartney 3,2,1, que se puede ver desde hace algunos días en la plataforma Star+. A lo largo de su carrera solista, el músico británico publicó tres discos titulados solamente con su apellido, una trilogía no oficial que tuvo su entrega más reciente en 2020. Esta serie viene a plantearse como un complemento, y como el título avisa, plantea una regresión, una vuelta al pasado musical y vital de su protagonista, que descorre la cortina detrás de sus canciones más famosas.

La puesta en escena es muy sencilla. La serie hace gala de una economía de recursos visuales que solo sirve para enfatizar el clima íntimo que la atraviesa y para evitar distracciones de lo que realmente importa, la música. Están McCartney, algunas luces que hacen sus juegos cada tanto, una guitarra y un piano, para que el músico toque e ilustre lo que está contando, unos rieles por los que circula la cámara, y el otro protagonista, el productor musical Rick Rubin, un ilustre en su rubro que ha trabajado con Beastie Boys, Red Hot Chili Peppers, Mick Jagger, Tom Petty, Johnny Cash, Adele, Shakira y Ed Sheeran, por nombrar a algunos. Son ellos, su charla, la música, y un blanco y negro riguroso solo cortado por algunas imágenes y video de archivo.

Rubin manipula controles y perillas en su consola de estudio, en la que suenan las cintas originales de las canciones de los Beatles, Wings y el McCartney solista, y ejerce de guía por la conversación. A pesar de su pinta de gurú sabio, Rubin se maravilla como un niño (o como un fan) cada vez que McCartney cuenta alguna perlita, alguna anécdota, alguna explicación sobre como alcanzó tal o cual sonido. Su frase más repetida a lo largo de la serie es “wow”.

El tono íntimo de la serie es uno de sus puntos más altos

Y la verdad es que en varios momentos de la charla se hace difícil no decir wow. Sobre todo en aquellos momentos que revelan la cualidad casi accidental o casual de algunas de las creaciones de los Fab Four. Algunas son más conocidas que otras, como que la melodía de Yesterday se le apareció en un sueño. Otras menos, como que All my loving la compusieron en un ómnibus, durante una gira. O que Come Together obtuvo su ritmo característico porque el original era muy parecido a una canción de Chuck Berry.

El fanático obsesivo de los Beatles, ese que se sabe de memoria hasta la versión del quinto ensayo que está en el compilado Anthology, no encontrará, quizás, tanta información nueva. Pero hasta los que tienen buenas chances en una trivia Beatle descubrirán algo sobre la forma de trabajo del grupo. McCartney cuenta, por ejemplo, que al no tener los dispositivos de grabación portátiles de hoy, la clave para darse cuenta que una de sus composiciones era buena era que se la acordaran al día siguiente. Si no se la acordaban, chau, no servía.

También ensalza el trabajo del productor George Martin, que sabía cómo potenciar cada composición de la mejor manera, y la genialidad de sus tres compañeros. Pero también hay margen para lo opuesto: Rubin le lee una frase de John Lennon en la que lo describe como el mejor bajista de su era, y McCartney, emocionado, es el que se queda diciendo “wow”.

Los intercambios entre el productor y el músico son tan genuinos como entrañables

Más allá del repaso por influencias, historias de estudio y memorias de Liverpool, el gran diferencial de la serie está en los momentos en los que Rubin y McCartney se paran ante la consola y analizan los detalles de las canciones. La posibilidad de escuchar solo las alucinantes armonías vocales, los solos de guitarra, los instrumentos invitados o las melodías al piano o al bajo de Paul permite una nueva escucha de esas canciones que se conocen hasta de canto, y que de tan célebres que son hacen difícil pensar en cada parte separada.

El repertorio de los Beatles ocupa la amplísima mayoría de las tres horas de charla divididas en tramos de media hora, que se van rapidísimo y dejan pidiendo un bis. La charla es tan cálida, McCartney tan didáctico y amoroso con su acento de Liverpool, sus "you know" y el orgullo por su trabajo que muestra siempre, pero al mismo tiempo se lo ve humilde y consciente de que más allá de la genialidad, también las circunstancias en las que creó su obra la hicieron tan perdurable y magnífica. Y también de que a veces era infumable para sus compañeros.

McCartney 3,2,1 es una serie de la que es difícil no salir con ganas de ver más, de pensar un ejercicio similar con otros artistas, cariño hacia Paul McCartney y una sonrisa en el rostro.  Sin caer en un tono de panegírico en vida, es un testamento de su genialidad y su talento, y una oportunidad de volver a sorprenderse con un puñado de canciones tan metidas en nuestro imaginario colectivo que a veces nos podemos olvidar lo increíbles que son.

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